Este fin de semana pasado hemos celebrado en Zafra el Quinto Encuentro de Educación para la Participación, VE(s)PA.
Esta nueva ocasión -como las anteriores en Cádiz, Cáceres y La Laguna- ha sido una auténtica fiesta de encuentros -con nuevas y viejas amistades-, de afectos, de emociones, de reflexión -comprometida con la construcción de un mundo mejor-, de aprendizajes...
Más que nunca en encuentros anteriores, la creatividad ha sido el vehículo de la reflexión colectiva : la plástica, la música, la fotografía, la expresión corporal (incluido el Qi Gong)... se trataba de poner en funcionamiento todos los sentidos, aprender por todos los poros, generar nuevas miradas, nuevas músicas, nuevos gestos, nuevas expresiones... desde los cuales observar, interpretar y tratar de entender esta realidad confusa, caótica, en la que vivimos y trabajamos, esta realidad que queremos transformar.
Todos esos lenguajes creativos han sido los medios para reflexionar sobre la pregunta que nos trajo a Zafra: "cómo incorporar la subjetividad, la afectividad, las emociones... a nuestras prácticas de educación y transformación social".
Si, tenemos claro -aunque tal vez eso sea lo único que tenemos claro- que para transformar el mundo, la realidad, es imprescindible transformar (nos) las personas que lo habitamos.
Y esa transformación no será nunca el resultado de un proceso exclusivamente racional, reflexivo, de convencimiento intelectual... si no toca los afectos, la sensibilidad, las emociones, si no llegamos al corazón de las personas.
Porque vivimos y percibimos la realidad -para sufrirla y para disfrutarla- con todos los sentidos, no solo con la cabeza.
Intuimos que no hay fronteras, barreras, contradicciones... entre lo subjetivo y lo social, entre lo personal y lo político.
Nuestros miedos, pesadillas, incertidumbres, tristezas, inseguridades, soledades personales... no son sino el reflejo de un modelo de sociedad y de vida insostenible, desigual, injusto, competitivo, violento, deshumanizado...
Nuestros sueños no son sino el retrato de ese Otro Mundo Posible que queremos construir.
Cambiar a las personas significa cambiar el mundo. Cambiar el mundo significa cambiar a las personas.
Pero esta nueva percepción del cambio, de la transformación social -en mi opinión, revolucionaria- nos pilla en plena siesta, instalados en la acomodación, en la resignación, sin entrenamiento en el ejercicio de nuestros sentidos, en el compartir nuestros sentimientos y emociones, en la práctica de crear y construir nuevos sueños y utopías.
Quienes trabajamos en el ámbito de la intervención social transformadora, desde los movimientos sociales, desde los colectivos que quieren cambiar el mundo, y venimos de una cultura de la militancia, la disciplina sectaria, el discurso monolítico, la culpa... tenemos grandes dificultades -personales y colectivas- para abrirnos y aprender esos nuevos lenguajes necesarios, para incorporar nuevas formas y nuevas prácticas liberadoras, realmente alternativas, transformadoras, creadoras, innovadoras.
Para poder aportar algo significativo a la transformación social, nos toca -a nosotros y nosotras- empezar por cambiar, radical, profundamente. Desde el corazón.
Ese es el reto (personal y político). Apasionante.
Esta nueva ocasión -como las anteriores en Cádiz, Cáceres y La Laguna- ha sido una auténtica fiesta de encuentros -con nuevas y viejas amistades-, de afectos, de emociones, de reflexión -comprometida con la construcción de un mundo mejor-, de aprendizajes...
Más que nunca en encuentros anteriores, la creatividad ha sido el vehículo de la reflexión colectiva : la plástica, la música, la fotografía, la expresión corporal (incluido el Qi Gong)... se trataba de poner en funcionamiento todos los sentidos, aprender por todos los poros, generar nuevas miradas, nuevas músicas, nuevos gestos, nuevas expresiones... desde los cuales observar, interpretar y tratar de entender esta realidad confusa, caótica, en la que vivimos y trabajamos, esta realidad que queremos transformar.
Todos esos lenguajes creativos han sido los medios para reflexionar sobre la pregunta que nos trajo a Zafra: "cómo incorporar la subjetividad, la afectividad, las emociones... a nuestras prácticas de educación y transformación social".
Si, tenemos claro -aunque tal vez eso sea lo único que tenemos claro- que para transformar el mundo, la realidad, es imprescindible transformar (nos) las personas que lo habitamos.
Y esa transformación no será nunca el resultado de un proceso exclusivamente racional, reflexivo, de convencimiento intelectual... si no toca los afectos, la sensibilidad, las emociones, si no llegamos al corazón de las personas.
Porque vivimos y percibimos la realidad -para sufrirla y para disfrutarla- con todos los sentidos, no solo con la cabeza.
Intuimos que no hay fronteras, barreras, contradicciones... entre lo subjetivo y lo social, entre lo personal y lo político.
Nuestros miedos, pesadillas, incertidumbres, tristezas, inseguridades, soledades personales... no son sino el reflejo de un modelo de sociedad y de vida insostenible, desigual, injusto, competitivo, violento, deshumanizado...
Nuestros sueños no son sino el retrato de ese Otro Mundo Posible que queremos construir.
Cambiar a las personas significa cambiar el mundo. Cambiar el mundo significa cambiar a las personas.
Pero esta nueva percepción del cambio, de la transformación social -en mi opinión, revolucionaria- nos pilla en plena siesta, instalados en la acomodación, en la resignación, sin entrenamiento en el ejercicio de nuestros sentidos, en el compartir nuestros sentimientos y emociones, en la práctica de crear y construir nuevos sueños y utopías.
Quienes trabajamos en el ámbito de la intervención social transformadora, desde los movimientos sociales, desde los colectivos que quieren cambiar el mundo, y venimos de una cultura de la militancia, la disciplina sectaria, el discurso monolítico, la culpa... tenemos grandes dificultades -personales y colectivas- para abrirnos y aprender esos nuevos lenguajes necesarios, para incorporar nuevas formas y nuevas prácticas liberadoras, realmente alternativas, transformadoras, creadoras, innovadoras.
Para poder aportar algo significativo a la transformación social, nos toca -a nosotros y nosotras- empezar por cambiar, radical, profundamente. Desde el corazón.
Ese es el reto (personal y político). Apasionante.













