martes 27 de octubre de 2009

Lo Personal es lo Político






Este fin de semana pasado hemos celebrado en Zafra el Quinto Encuentro de Educación para la Participación, VE(s)PA.
Esta nueva ocasión -como las anteriores en Cádiz, Cáceres y La Laguna- ha sido una auténtica fiesta de encuentros -con nuevas y viejas amistades-, de afectos, de emociones, de reflexión -comprometida con la construcción de un mundo mejor-, de aprendizajes...
Más que nunca en encuentros anteriores, la creatividad ha sido el vehículo de la reflexión colectiva : la plástica, la música, la fotografía, la expresión corporal (incluido el Qi Gong)... se trataba de poner en funcionamiento todos los sentidos, aprender por todos los poros, generar nuevas miradas, nuevas músicas, nuevos gestos, nuevas expresiones... desde los cuales observar, interpretar y tratar de entender esta realidad confusa, caótica, en la que vivimos y trabajamos, esta realidad que queremos transformar.
Todos esos lenguajes creativos han sido los medios para reflexionar sobre la pregunta que nos trajo a Zafra: "cómo incorporar la subjetividad, la afectividad, las emociones... a nuestras prácticas de educación y transformación social".
Si, tenemos claro -aunque tal vez eso sea lo único que tenemos claro- que para transformar el mundo, la realidad, es imprescindible transformar (nos) las personas que lo habitamos.
Y esa transformación no será nunca el resultado de un proceso exclusivamente racional, reflexivo, de convencimiento intelectual... si no toca los afectos, la sensibilidad, las emociones, si no llegamos al corazón de las personas.
Porque vivimos y percibimos la realidad -para sufrirla y para disfrutarla- con todos los sentidos, no solo con la cabeza.
Intuimos que no hay fronteras, barreras, contradicciones... entre lo subjetivo y lo social, entre lo personal y lo político.
Nuestros miedos, pesadillas, incertidumbres, tristezas, inseguridades, soledades personales... no son sino el reflejo de un modelo de sociedad y de vida insostenible, desigual, injusto, competitivo, violento, deshumanizado...
Nuestros sueños no son sino el retrato de ese Otro Mundo Posible que queremos construir.
Cambiar a las personas significa cambiar el mundo. Cambiar el mundo significa cambiar a las personas.
Pero esta nueva percepción del cambio, de la transformación social -en mi opinión, revolucionaria- nos pilla en plena siesta, instalados en la acomodación, en la resignación, sin entrenamiento en el ejercicio de nuestros sentidos, en el compartir nuestros sentimientos y emociones, en la práctica de crear y construir nuevos sueños y utopías.
Quienes trabajamos en el ámbito de la intervención social transformadora, desde los movimientos sociales, desde los colectivos que quieren cambiar el mundo, y venimos de una cultura de la militancia, la disciplina sectaria, el discurso monolítico, la culpa... tenemos grandes dificultades -personales y colectivas- para abrirnos y aprender esos nuevos lenguajes necesarios, para incorporar nuevas formas y nuevas prácticas liberadoras, realmente alternativas, transformadoras, creadoras, innovadoras.
Para poder aportar algo significativo a la transformación social, nos toca -a nosotros y nosotras- empezar por cambiar, radical, profundamente. Desde el corazón.
Ese es el reto (personal y político). Apasionante.

domingo 18 de octubre de 2009

La Sociedad Pasiva

La semana pasada estuve dándole vueltas a la Participación Ciudadana con un grupo de alcaldes, concejales, técnicos y técnicas municipales de una comarca de Extremadura.
La queja era generalizada: "no hay manera de que la gente se mueva", "esperan que todo lo haga el ayuntamiento", "si no hay dinero por medio, por propia iniciativa, la gente no hace nada"...
A mi regreso, una amiga gaditana con un hijo adolescente me contaba entre lagrimas que no sabe qué hacer con el niño. No quiere estudiar, tampoco quiere trabajar ni hacer nada en su casa y no está dispuesto a prescindir de la motocicleta que le compraron hace un año.
"No lo entiendo, no le ha faltado de nada, le hemos dado todo lo que podía desear. Y entonces...¿por qué no quiere hacer nada?"
Siento que las dos situaciones hablan de un mismo problema: las instituciones públicas paternalistas, al igual que los padres y madres sobreprotectores, han conseguido eliminar cualquier sentido de la responsabilidad y el esfuerzo en la ciudadanía o en la juventud, la han "malcriado".
Nos hemos anticipado a sus necesidades, a sus intereses, les hemos dado hechas las cosas, hemos suplido su iniciativa, les hemos ahorrado cualquier esfuerzo, hemos conseguido convencerles de que era tarea y responsabilidad de sus padres o de las instituciones públicas resolver todos sus problemas, satisfacer todos sus deseos.
Los ciudadanos y ciudadanas pensamos -por lo general- que la culpa de la crisis y el desempleo la tiene el gobierno, pero también tiene la culpa de que nieve en invierno y se colapsen las carreteras, o de que la gota fria cause inundaciones, o de que nuestro equipo de fútbol baje a segunda.
Votamos -o no- cada cuatro años y delegamos toda responsabilidad, pública pero también privada, en las personas elegidas, a ellas les corresponde dar solución a todos los problemas, y que tengamos trabajo, y podamos pagar la hipoteca, y encontremos aparcamiento, y...
Hemos conseguido una sociedad donde prima la ideología de la delegación (la culpa siempre es de otros), donde imperan la pasividad y la falta de iniciativa (que piensen y busquen soluciones otros), una sociedad de derechos pero no de deberes, una sociedad de consumidores y consumidoras, pero no de participantes.
Tanto a los políticos y técnicos municipales, como a mi amiga les preguntaba yo: "¿Y qué esperábamos? ¿Por qué nos sorprende? ¿Acaso, educamos a la ciudadanía o a nuestros hijos para otra cosa."

sábado 3 de octubre de 2009

Paños calientes y medias tintas

Históricamente, la derecha, los sectores más conservadores han tenido pocos escrúpulos para defender ruidosamente sus ideas y posiciones, por estrafalarias que estas fueran.
Ahora mismo, quienes nos metieron en esta crisis económica con su defensa a ultranza del capitalismo neoliberal, son los que pretenden imponer las condiciones de salida, haciéndosela pagar a los sectores más debiles.
Quienes reclaman un despido más barato para sus empleados no tienen problema en asignarse indemnizaciones millonarias.
Quienes denuncian la imposición de valores ajenos -como en el caso de la Educación para la Ciudadanía- no tienen el menor empacho en pretender imponer los suyos al resto de la sociedad.
Son solo algunos ejemplos, entre muchos, de esta falta de pudor y de complejos.
Por otra parte, los sectores sociales más progresistas, la izquierda está fragmentada, dividida en multiples tendencias, sin ser capaz de encontrar un mínimo común multiplicador. Pero, además, se muestra acomplejada, sin ánimo de defender en la calle, en los lugares de trabajo y las reuniones familiares, en la vida cotidiana, los que han sido sus valores más apreciados.
Pareciera que, tras la caida del Muro de Berlín y la crisis del socialismo, sintieran una cierta vergüenza por sus viejas posiciones, un complejo de culpa diferido, que les llevara a plantear sus ideas con la boca chica, con muchos paños calientes y medias tintas.
Creo que es un error, un gran error, y que, en ese afán de no molestar y no asustar a otros sectores sociales, la única voz que acaba escuchándose es la de quienes, sin escrúpulo alguno, pretenden que nada cambie a no ser que sea en su beneficio particular.
Pero hay otras voces, otros mensajes que siguen siendo necesarios, aunque puedan -y deban- incomodar a ciertos sectores.
Por ejemplo, aquello de "que paguen más quienes más tienen". Si, que suban los impuestos directos a quienes tienen mucho más de lo que necesitan, para redistribuirlo entre quienes carecen de recursos básicos.
O la defensa de una "democracia participativa", basada en la participación real de ciudadanos y ciudadanas y no solo en el "electoralismo de mercado". Listas abiertas y mecanismos efectivos de participación y control social de la acción política.
Y aquello otro de la "solidaridad y la cooperación", la apuesta radical por el apoyo a los más desfavorecidos, por la desaparición de la pobreza, y el 0,7% para la cooperación con los países empobrecidos.
O lo de que "ninguna persona es ilegal", la defensa de una sociedad multicultural, basada en la convivencia, el respeto mutuo, el mestizaje.
Y la convicción de que con el medioambiente no cabe la especulación, "nucleares no, gracias".
O también aquello otro de "las mujeres paren, las mujeres deciden".
Como éstas hay más ideas, más valores, que es preciso seguir defendiendo con voz clara y alta, si es posible a coro.
Un día despues de publicar esta nota, Josep Ramoneda escribe en EL PAIS DOMINGO un artículo titulado "La Izquierda Atrapada", que habla -con mejor estilo- sobre las mismas ambigüedades.

sábado 26 de septiembre de 2009

AlieNación

Siento que nos encontramos en un momento de alienación colectiva, de crisis de valores, de los más profundos de nuestra historia reciente.
Dice Manuel Cruz, en un artículo titulado "Lo que trajo el ocaso de las ideologías", publicado en EL PAIS de ayer sábado, que "el problema sobreviene cuando la gente se emociona más ante los colores de su equipo de fútbol que ante el sufrimiento ajeno. Y es aquí donde parece que ya estamos."
En esta sociedad nuestra, privilegiada, pudiente y derrochadora -por mucha crisis económica, financiera, medioambiental, etc., que haya- hacemos ostentación de una frivolidad, de una ausencia de valores, que llega a resultar indecente.
Con la que está cayendo, en medio de esas distintas crisis que padecemos (unos más que otros, porque a países como el nuestro -a pesar de todos los pesares- nos toca la mejor parte), las cuestiones que más parecen preocuparnos -o al menos ocuparnos- tienen más que ver con los avatares de la Liga de fútbol, el derecho a emborracharse de los jóvenes, el estilo gótico de las niñas de Zapatero, el último modelo de teléfono móvil, la disputa entre la Campanario y la Esteban, o con cualquier otro tema banal de los que tanto abundan en esta "Sociedad Espectáculo".
Creo que, tal vez por causa de la perplejidad y el desconcierto, a fuerza de huir de las distintas incertidumbres, estamos perdiendo el norte y el sentido de la realidad, adentrándonos peligrosamente en el territorio del surrealismo social, a punto de alcanzar el nivel de "pensamiento cero" sobre el que nos prevenía Saramago.
No me refiero solo a las "masas populares", supuestamente proclives a la alienación y la manipulación.
Estoy pensando en los grupos y sectores sociales más preparados y avanzados, en profesionales y técnicos, en artistas e intelectuales, en activistas y organizaciones sociales, en las asociaciones ciudadanas. En quienes deberíamos destacar por nuestra sensibilidad y conciencia, por nuestro compromiso ético.
Toni Puig, en el primero de los Talleres Intermitentes MIRADAS CIUDADANAS que hemos iniciado en Cádiz, nos reprochaba estos días a las asociaciones que "estamos instaladas en la Santa Gestión de servicios, cuando lo que necesitamos son asociaciones que movilicen a los ciudadanos para transformar la ciudad, el mundo y la vida, con valores."
¿Acaso seguimos enfrascadas en la supervivencia de nuestros chiringuitos, en la defensa de nuestra singularidad insignificante, en la disputa sectaria frente a los otros, a los que no siendo idénticos debieramos ser aliados y cómplices en la construcción de una sociedad y un mundo mejor?
¿Donde está nuestra voz, nuestro grito, nuestra protesta, nuestra propuesta de otros valores y otras formas de pensar y actuar?
Vuelvo a pensar en la Revolución Etica, entendida como la recuperación, el "rearme de valores éticos" que precisa urgentemente nuestra sociedad y nuestro mundo.
Me pregunto quienes van a ser los revolucionarios que la lideren.
Y a pesar del optimismo que me he impuesto, para no caer en el lado oscuro, un escalofrío me recorre la espalda.

viernes 18 de septiembre de 2009

La condición perpleja

La semana ha abundado en "señales de perplejidad".
Un amigo de Jose se sume en la perplejidad aguda, porque -en medio de la crisis- se le acumulan los problemas, más que los retos. Y el caso es que, por mucho que lo intente y muy bien que lo haga, su pequeña empresa no consigue levantar cabeza.
También Antonio, para inaugurar su blog, nos cuenta como unas amigas y compañeras se sienten tocadas y hundidas, con la sensación de estar siempre empezando.
Hilario, hombre perplejo y lobo de mar vocacional, me escribe: "¿Qué tal la crisis? Yo oigo hablar de ella y me hace sentir como cuando en medio del mar se inicia una tormenta. Nunca se sabe si traerá un temporal o si te dará tiempo a llegar a puerto. Mi sensación es que ahora se nota mucho más claro que hace tiempo que no llevamos ningún rumbo".
Parece que, a cuenta de la crisis, el desconcierto, la perplejidad -como la Gripe A, miedo incluido- está consiguiendo penetrar hasta lo más profundo de la cabeza y el corazón de las gentes.
Recuerdo a aquél viejo profesor escocés que, hace muchos años, nos avisaba de que "la confusión es el estado natural del ser humano."
Tal vez, lo que nos ocurre es que, hasta hace dos telediarios, nos han vendido -y las hemos comprado- conquistas y seguridades que solo eran cartón piedra.
Y ahora nos cuesta asumir que la incertidumbre es condición de la vida.
Comparto la extendida sensación de que nadie sabe por donde vamos ni qué va a pasar.
Nuestros "líderes", sociales, políticos, económicos... tienen menos vista -larga- que Pepe Leches.
En fin, uno esperaría, si no certezas y seguridades, si -al menos- decisión, valentía para proponer nuevos rumbos, nuevas metas.
Pero ésta es también una crísis de imaginación y nadie se atreve a señalar nuevos objetivos y utopías, a plantear cambios ilusionantes, horizontes renovados, aprovechando que el viejo escenario parece derrumbarse.
Toda la preocupación parece reducirse a aquello de "virgencita, que me quede como estaba", que no cambie nada.
Esto de la perplejidad y la confusión, puestos a ser optimistas, también puede tener sus ventajas: quizás -a fuerza de desconcierto- acabemos aprendiendo a pensar por nuestra cuenta, a buscar nuevas soluciones, a inventar nuevas formas de vida.

viernes 11 de septiembre de 2009

Hacer el mono

Dentro de poco vendrá a Cádiz Roberto Tato Iglesias a dinamizar un "Taller Trashumante" cuya pregunta central es: "¿Se puede cambiar el mundo?".
Parece que la "ideología de la impotencia", que denuncia Eduardo Galeano, cunde -con el miedo- entre la gente y nos susurra insistentemente al oído: "No se puede, no se puede, no se puede..."
Me pregunto, en primer lugar, qué entendemos por "cambiar el mundo".
Tal vez nuestra expectativa es demasiado grande, pretendemos que cambie TODO, y que cambie AHORA, que desaparezcan -mañana mismo- las injusticias, la pobreza, la violencia, la opresión, la desigualdad...
Y como es imposible, irreal, mágico... nos causa decepción, frustración, desaliento.
Pero, esa manera de entender los cambios, así, "total", grandilocuente, nos impide percibir los miles, los millones de cambios cotidianos que se producen día a día.
Si, el mundo cambia todos los días, en muchos lugares, por la acción humilde de muchas personas, millones, que modifican su entorno, su cotidianiedad, que influyen en muchas otras personas cercanas, contribuyendo a cambiar su forma de pensar, de decir, de hacer... convirtiéndolas en nuevos actores de nuevos cambios.
El otro día, en un comentario, mencionaba la "teoría del centésimo mono", que sostiene lo siguiente:

Los científicos japoneses han estado estudiando las colonias de monos Macaca Fuscata en las islas de aquél archipiélago desde hace muchos años. En 1952, en la isla de Koshima, dejaban batatas en la playa para que salieran de los árboles a comérselas y, así, poderles observar con mayor facilidad.
Un día una hembra de 18 meses llamada Imo lavó la batata en el mar antes de comérsela. Imo enseñó a sus compañeros y a su madre a hacerlo, y, a su vez, sus amigos se lo enseñaron a sus madres, y cada vez había mas monos que lavaban sus batatas en lugar de comérselas llenas de arena.
Hasta que un día los observadores vieron que todos los monos de la isla lavaban sus batatas. Esto fue significativo, pero lo mas fascinante fue cuando la conducta de los monos del resto de las islas cercanas también cambió a pesar de que las colonias de monos no tenían contacto entre sí: ahora todos lavaban sus batatas.
La “teoría del centésimo mono” sostiene que cuando un cierto número crítico de personas adquiere un conocimiento, y produce un cambio, el campo transformador se fortalece de tal manera que éste se transmite masivamente de unos a otros miembros de la especie.”


El caso es que, si imitamos a los monos, si vamos sumando -tacita a tacita- las pequeñas acciones de esos millones de personas, si acumulamos masa crítica... parece inevitable que llegarán los grandes cambios.
Aunque tal vez eso requiera paciencia, y constancia. No será tan fácil ni tan rapido como desearíamos.
Me ha tocado, en muchos cursos y charlas, combatir esa "ideología de la impotencia" -que nos dice que "las cosas son como son y el mundo no va a cambiar"- y para ello he recordado, con frecuencia, a aquellas primeras mujeres que reclamaban el voto hace poco más de 100 años, o a los hippies que reivindicaban la paz, el amor y la vuelta a la naturaleza, hace unos 50 años, y tantos y tantos ejemplos como nos ofrece la Historia de pequeños grupos de personas, que como los monos de la teoría, un buen día se negaron a aceptar las cosas tal y como eran, y empezaron a hacer las cosas de otra manera...
¿Cambiaron el mundo o no?

domingo 6 de septiembre de 2009

No Consumo

Cuando estalló esta crisis económica, dejando a la vista de todo el mundo la codicia y la ausencia de cualquier ética por parte de los especuladores financieros y depredadores del capitalismo salvaje, en medio del escándalo, parecía que se abría una pequeña rendija para cambiar el mundo, o al menos cambiar -aunque fuera solo un poquito- el modelo económico capitalista-consumista del que formamos parte.
Mucho se habló de la necesidad de una nueva ética, de ecología, sostenibilidad, solidaridad... como principios que debían fundamentar un nuevo modelo económico y social.
Hoy, aquellas esperanzas se demuestran espejismos, creados por la mala conciencia -pasajera- de quienes mandan y gobiernan el mundo para beneficio de unos pocos.
Se diría que todos los cambios éticos han pasado al olvido, e incluso los tímidos intentos por regular y limitar los beneficios de los grandes directivos financieros, parecen condenados al fracaso.
Cuando se adivina una luz al final del tunel de la crisis, quienes pusieron la mano para recibir las multimillonarias ayudas públicas para salvar sus bancos y sus empresas, recuperan su avidez, se olvidan de los buenos propósitos y nos auguran más de lo mismo: especulación, corrupción, desigualdad, miseria, contaminación...
No es posible.
Es suicida.
Es preciso que, frente a los especuladores, a los poderosos... reaccionemos las gentes de a pie. En lo público y en lo privado.
En lo público, nos toca (no se cómo) exigir a los gobernantes que cambien los usos y costumbres, los viejos valores y principios, que ya no pueden ser los mismos que eran.
Pero no vale echar balones fuera.También se requieren cambios profundos en lo privado, en la vida personal y familiar de cada cual, no cabe hacer como si nada pasara.
No podemos seguir consumiendo y consumiendo y consumiendo... sin ser conscientes de la agresión al planeta que implica, de la injusticia en el reparto desigual de la riqueza, de la violencia global sobre la que se asienta...
Creo, al menos para mi, para mi vida y mi familia, que ese cambio pasa necesariamente por la austeridad, por el No Consumo, por aprender a reciclar, a reutilizar, a compartir, recuperar el gusto por el "hágalo usted mismo", aprender a vivir con menos.
Recuerdo ahora el cuento de "la camisa del hombre feliz" que mi padre me contaba de niño y que acababa con el descubrimiento de que el hombre feliz no tenía camisa.
Pues eso, como dice el viejo aforismo, "no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita".

martes 1 de septiembre de 2009

Regreso del silencio

De vuelta, al trabajo y a las palabras, después de unas vacaciones plenas.
Muchas muchas lecturas, baños en la playa cercana, siestas grandes y pequeñas, una escapada a Huérmeces, para reencontrar viejos paisajes y viejos amigos, Madrid caluroso y mestizo...
En gran parte, he cumplido mi propósito de escucha y de silencio.
Me ha venido bien: es como si las palabras brotaran ahora más frescas, más limpias.
El curso de Qi Gong (en Becerril de la sierra, con el maestro Alain Baudet) ha sido -en ese y en muchos sentidos- fenomenal. Con mucha meditación, inmóvil y en movimiento, con la energía -el Qi- fluyendo y llenando los espacios exteriores y los huecos interiores, con muchos aprendizajes.
Rescato y comparto aquí algunas frases, algunas enseñanzas fundamentales de esos días.
Por ejemplo, "cuanto más profundizamos, más principiantes somos, más conscientes de lo poco que sabemos".
O esta máxima fundamental, "respirar, a fondo, con plena conciencia, con todo el cuerpo, en todas las circunstancias. Respirar siempre."
También, este elogio del bostezo: "aunque nos hayan dicho siempre que es de mala educación, bostezar es importante, abre, dilata los diafragmas."
Y esto otro, que es casi una guía de vida: "soltar, aflojar, desbloquear... y recibir con una sonrisa todo lo que llegue."
Otro más, en la misma línea, "cultivar la mirada del aguila, sin apegos, sobrevolando por encima de los acontecimientos."
En fin, regreso con las pilas cargadas para los próximos meses, dispuesto a "estirar" este estado de ánimo (respirante, bostezante, sonriente, con mirada de aguila...) hasta donde sea capaz.

sábado 1 de agosto de 2009

ETA, DÉJANOS EN PAZ

viernes 31 de julio de 2009

Silencio


"Habla simplemente cuando sea necesario.
Piensa lo que vas a decir antes de abrir la boca.
Si no tienes nada verdadero, nuevo y útil que decir es mejor quedarse callado y no decir nada.
Aprende a ser como un espejo, escucha y refleja la energía.
Tu silencio interno te vuelve sereno."

Texto taoista

Lo cierto es que mi vida está llena de palabras.
Mi trabajo requiere hablar y escribir. Mucho. Continuamente. Desde hace mucho tiempo.
Y, luego, este mundo está repleto de palabras inútiles y vacías, saturado de ruidos.
Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla.
Entre tanta palabra que aturde, a veces es difícil encontrarse.
Tal vez por eso me atrajeron el Tai chi, el Qi gong, la meditación y esos caminos orientales... buscando el silencio interior, la armonía, el equilibrio frente a tanto ruido.
Algo cambió después del infarto.
Creo que me he vuelto más silencioso. Eso dice también mi mujer. O es, quizás, que echo más de menos y valoro más el silencio.
Hoy entiendo mejor lo que dice ese texto taoista.
Ahora me cuesta más hablar frente a un grupo, participar en una charla, soltar un discurso, dejar salir las palabras.
Me pregunto por su sentido y por su verdad. En medio de tanto ruido.
¿Son necesarias, acaso?
A punto de "ponerme" de vacaciones, este es uno de mis planes, darle más tiempo al silencio.
Tiempo para la meditación, para caminar por la orilla del mar, para dejar pasar -sin prisa- el tiempo.
Entre tanto descanso, me guardo cinco días para un curso de Qi gong, que no es sino un pretexto, también, para el silencio, silencio para escuchar y aprender a ser como un espejo.
Y, hablando de silencio (que es un buen oximorón), también guardaré silencio aquí, en este blog amigo.
Hasta septiembre.
Un abrazo en silencio.

viernes 24 de julio de 2009

Enseñando innovación

El amigo Asier cuelga en el Caralibro un pequeño video de un profesor que dice a sus jóvenes alumnos y alumnas: "van a ver lo que es la innovación, nada parecido a lo que ustedes creen, lo vamos a ver ahorita", mientras un alumno prepara el cañón de proyección.
Asier califica la escena de "espeluznante" y, efectivamente, no puede ser más convencional, repleta de suspiros y caras aburridas.
Bien pudiera ser que, una vez más, se confundiera la innovación con el uso de las tecnologías. Y, en todo caso, demuestra que se puede "enseñar innovación" con los métodos más arcaicos.
Esta anecdota, me ha recordado otras dos.
La primera es aquel viejo chiste de Cuadernos de Pedagogía en el que un profesor dice a su clase: "A partir de ahora nunca más volveremos a utilizar métodos repetitivos. Repitan conmigo: a partir de ahora nunca más..."
Me gusta utilizar este chiste en los cursos de formacion de formador+s, para ilustrar la idea de la "coherencia metodológica".
La segunda, también relacionada con la formación de formador+s, es la sorpresa que siguen experimentando en mis cursos muchas personas cuando se encuentran las sillas del aula dispuestas en círculo y sin mesas tras las cuales parapetarse.
Es algo que aprendí hace cerca de 40 años, y que ya venían aplicando muchos educadores y educadoras de personas adultas, en la Educación Popular y la Animación Sociocultural, desde mucho tiempo antes.
Pues bien, despues de más de medio siglo, para mucha gente sigue siendo una novedad, una "innovación formativa", destacada en los cuestionarios de evaluación.
Eso me lleva a pensar que la significación de la innovación está en relación directa con el arcaísmo de la situación. La rueda puede ser innovadora para ciertas tribus primitivas.
También, me confirma en que el reto de la innovación no tiene tanto que ver con la invención de nuevas cosas, con el uso de nuevas herramientas, como con la apertura de las mentes, con la capacidad de atreverse a pensar y hacer las cosas de otra manera.
Y eso parece mucho más difícil de "enseñar".

miércoles 8 de julio de 2009

La mala leche

Aunque me hubiera gustado no haber dañado nunca a otras personas, se que -con toda seguridad- he cometido muchos errores en mi vida, y algunos de ellos -sin duda- habrán afectado y herido a otras personas.
Quisiera creer que la cosa no ha sido grave en ningún caso, pero esto es siempre algo subjetivo.
Así que tengo mis "pedradas", todo un saco de defectos, pero no soy -creo- una persona rencorosa.
A aquellas personas que me hicieron daño, hace mucho que las he perdonado, y hasta olvidado en ciertos casos.
Me gustaría que hubieran hecho lo mismo conmigo quienes sufrieron mis defectos y errores.
Sin embargo, al cabo del tiempo, siguen llegándome de vez en cuando noticias de personas que conservan vivo su rencor hacia mi, en algunos casos convertido en mala leche y en maledicencias.
Mentiría si dijera que no me importa.
Todavía sigue afectándome el desamor, el rechazo de otras personas, especialmente si fueron importantes para mi en algún momento, y creo que ese sentimiento me acompañará mientras viva.
Pero es un sentimiento que pasa y, al cabo de un rato -más o menos largo según sea de intenso el recuerdo de esa persona- se convierte en pena por ella.
No soy capaz de entender como, mucho tiempo después, hay gente que cultiva sus rencores y mantiene abiertas sus heridas. Me parece algo triste. Una desgracia cualquiera.
Lo siento por esas personas.
El odio, el rencor, la mala leche, son sentimientos que envenenan y dañan a quien los siente. No hay nada de constructivo ni creativo en ellos.
Si asumimos que no somos personas perfectas, y aspiramos a recibir el perdón de las demás personas, eso requiere necesariamente que aceptemos la imperfección también en ellas y aprendamos a perdonarlas.

jueves 2 de julio de 2009

Efectos de los afectos

Este pasado fin de semana concluíamos un curso sobre "Redes Asociativas" que ha durado cerca de tres meses y se ha desarrollado mediante tres encuentros presenciales y 10 semanas de formación virtual.
Lo iniciaron 25 personas, miembros de asociaciones y colectivos solidarios de diversas partes de Andalucía, y han llegado hasta el final 15 de ellas.
Se trata de un buen porcentaje de "fidelidad" al curso, teniendo en cuenta los altos niveles de deserción habituales en la formación asociativa, y más en cursos tan prolongados y que exigen un grado tan alto de participación y un buen manejo de las TIC.
En estos resultados sin duda ha tenido mucho que ver una metodología de formación activa y participativa, en la que el protagonismo principal es de los miembros del grupo de aprendizaje y de su experiencia cotidiana, y las aportaciones de las personas formadoras se subordinan a esta dinámica de intercambio y construcción colectiva.
Pero las personas participantes, sin menospreciar la importancia de la metodología o el interés de los temas trabajados, destacan en sus evaluaciones el buen rollo, la construcción de un buen clima de relación, el conocimiento mutuo, la confianza y el desarrollo de lazos de afecto entre quienes han formado el grupo.
Tienen razón, se trata de algo que hemos cuidado y cuidamos siempre, con el máximo mimo, en estos cursos.
Por un lado, tenemos comprobado que la articulación de "lo colectivo", el fortalecimiento de los engranajes de interacción, el desarrollo de "el grupo"... resulta fundamental para hacer posible el intercambio de experiencias y el diálogo de saberes, la construcción colectiva de conocimientos.
Esto es doblemente importante cuando los procesos formativos incorporan una parte virtual (cosa que será cada vez más frecuente), pues la "virtualidad", el no "verse las caras", puede convertirse en una dificultad, en un obstáculo insuperable para lograr esa interacción pretendida.
Pero además -como ya hemos comentado en alguna ocasión anterior- es que en esta Sociedad de la Comunicación y el Conocimiento nos sentimos muy solas, necesitamos compartir con otras personas, ser y sentirnos parte de algo, de un grupo, de una colectividad, en la que seamos reconocidas y escuchadas, donde podamos compartir nuestras necesidades, las alegrías y las tristezas, los logros y las dificultades.
Creo que, además de ser una clave fundamental de la formación que viene, aquí se encuentra también una clave de futuro de las asociaciones, que hemos de revalorizar: nuestra condición de espacios (¿en extinción?) para poder compartir y hacer cosas juntas, para construir nuestros afectos y, desde ellos, por su efectos, construir un mundo mejor para todas y todos.

jueves 25 de junio de 2009

Ganar elecciones y perder la democracia

El otro día, en una parada de autobús, un señor airado -porque el bús no llegaba- me dijo aquello de "con Franco esto no pasaba" y lo otro de "todos los políticos son iguales".
Estuve a punto de soltarle un exabrupto, de montarle un pollo, pero me contuve a tiempo, acordándome de mi cardiólogo y sus recomendaciones de "sobre todo, no se irrite, tómese las cosas con calma".
Así que, sin decirle nada, le miré con cara de pena y me fuí caminando hasta la siguiente parada.
Pero confesaré que me resulta difícil mantener la calma, y que en estos días sigo con "bronca" a cuenta de los temas de la Participación Ciudadana y sus frustraciones.
Creo que se me nota bastante, y es que soy incapaz de disimular los cabreos.
No solo porque -en clave personal- es mucho tiempo peleando estos temas para descubrir que -después de más de 30 años de democracia- hemos avanzado poco.
Es, sobre todo, porque creo -y he creido siempre- que en ello nos jugamos el futuro.
No es posible soñar un futuro mejor, otro mundo posible, que no pase por la participación social y la profundización de la democracia, por la inteligencia colectiva y la construcción colectiva de espacios de "poder social".
Pero, mientras tanto, crece la desafección popular hacia la democracia, crece el abstencionismo y el cinismo político, la percepción social de que "todos son iguales", el "pasar" de la política para dejarla en manos de sujetos como el impresentable Berlusconi (al que, al menos en su pretensión de impunidad, le están saliendo muchos imitadores por estos lares).
Las instituciones políticas, los partidos, no se atreven -¿no pueden?¿no saben?¿no quieren?- a meterle mano al asunto, a producir las transformaciones necesarias que el viejo sistema precisa. Ello implicaría cambios profundos en su propia casa, en sus propias organizaciones, en sus valores y en sus prácticas políticas.
Hace algunos años, en Burgos, conseguí escandalizar a algunos concejales y políticos locales cuando defendí en unas jornadas la necesidad de apostar por la democracia participativa (y por la ética política), "aunque sea a costa de perder las próximas elecciones".
Aquello no les entraba en la cabeza, preferían ganar elecciones, aunque la gente abomine de la política.

miércoles 17 de junio de 2009

Sin tiempo para tejer redes

Andamos estos días con mucho trabajo, tratando de poner en pie una experiencia que llamamos la Escuela Itinerante y que, básicamente, consiste en poner al alcance de las asociaciones y organizaciones solidarias, en las distintas poblaciones de la Bahia de Cádiz, un espacio abierto de encuentro.
En plena Sociedad de la Comunicación una de las principales amenazas para las organizaciones solidarias es el aislamiento, el espejismo del "juanpalomismo", creer que estamos solas, que hemos de conseguir -con nuestras únicas fuerzas- los objetivos de cambio y transformación social que se proponen nuestras organizaciones.
Misión imposible. Promesas de frustración.
O somos capaces de sumar fuerzas -sin renunciar a la diversidad- o nuestro futuro se llama "insignificancia social".
Nuestro diagnóstico es que ahí está una de las necesidades más básicas de los colectivos y movimientos sociales: poder expresarse, escucharse, conocerse y reconocerse.
Parece elemental, demasiado básico, pero es clave, imprescindible para poder alcanzar otros niveles de intercambio y cooperación, para poder llegar a "trabajar en red"
Pero es muy dificil. Las asociaciones, ONGs, colectivos solidarios, etc., estamos sostenidas por muy pocas personas, tenemos demasiadas tareas, cada vez más complejas, nos falta tiempo.
Lo urgente devora lo importante.
Y nuestras prioridades son otras.
Y nuestros valores siguen siendo -a menudo- individualistas, competitivos, sectarios, excluyentes...
No tenemos tiempo -ni, muchas veces, ganas- para encontrarnos con otros colectivos y organizaciones solidarias.
Y la pescadilla se muerde la cola sin que seamos capaces de romper esa lógica perversa.