Este pasado fin de semana concluíamos un curso sobre "Redes Asociativas" que ha durado cerca de tres meses y se ha desarrollado mediante tres encuentros presenciales y 10 semanas de formación virtual. Lo iniciaron 25 personas, miembros de asociaciones y colectivos solidarios de diversas partes de Andalucía, y han llegado hasta el final 15 de ellas. Se trata de un buen porcentaje de "fidelidad" al curso, teniendo en cuenta los altos niveles de deserción habituales en la formación asociativa, y más en cursos tan prolongados y que exigen un grado tan alto de participación y un buen manejo de las TIC. En estos resultados sin duda ha tenido mucho que ver una metodología de formación activa y participativa, en la que el protagonismo principal es de los miembros del grupo de aprendizaje y de su experiencia cotidiana, y las aportaciones de las personas formadoras se subordinan a esta dinámica de intercambio y construcción colectiva. Pero las personas participantes, sin menospreciar la importancia de la metodología o el interés de los temas trabajados, destacan en sus evaluaciones el buen rollo, la construcción de un buen clima de relación, el conocimiento mutuo, la confianza y el desarrollo de lazos de afecto entre quienes han formado el grupo. Tienen razón, se trata de algo que hemos cuidado y cuidamos siempre, con el máximo mimo, en estos cursos. Por un lado, tenemos comprobado que la articulación de "lo colectivo", el fortalecimiento de los engranajes de interacción, el desarrollo de "el grupo"... resulta fundamental para hacer posible el intercambio de experiencias y el diálogo de saberes, la construcción colectiva de conocimientos. Esto es doblemente importante cuando los procesos formativos incorporan una parte virtual (cosa que será cada vez más frecuente), pues la "virtualidad", el no "verse las caras", puede convertirse en una dificultad, en un obstáculo insuperable para lograr esa interacción pretendida. Pero además -como ya hemos comentado en alguna ocasión anterior- es que en esta Sociedad de la Comunicación y el Conocimiento nos sentimos muy solas, necesitamos compartir con otras personas, ser y sentirnos parte de algo, de un grupo, de una colectividad, en la que seamos reconocidas y escuchadas, donde podamos compartir nuestras necesidades, las alegrías y las tristezas, los logros y las dificultades. Creo que, además de ser una clave fundamental de la formación que viene, aquí se encuentra también una clave de futuro de las asociaciones, que hemos de revalorizar: nuestra condición de espacios (¿en extinción?) para poder compartir y hacer cosas juntas, para construir nuestros afectos y, desde ellos, por su efectos, construir un mundo mejor para todas y todos.
El otro día, en una parada de autobús, un señor airado -porque el bús no llegaba- me dijo aquello de "con Franco esto no pasaba" y lo otro de "todos los políticos son iguales". Estuve a punto de soltarle un exabrupto, de montarle un pollo, pero me contuve a tiempo, acordándome de mi cardiólogo y sus recomendaciones de "sobre todo, no se irrite, tómese las cosas con calma". Así que, sin decirle nada, le miré con cara de pena y me fuí caminando hasta la siguiente parada. Pero confesaré que me resulta difícil mantener la calma, y que en estos días sigo con "bronca" a cuenta de los temas de la Participación Ciudadana y sus frustraciones. Creo que se me nota bastante, y es que soy incapaz de disimular los cabreos. No solo porque -en clave personal- es mucho tiempo peleando estos temas para descubrir que -después de más de 30 años de democracia- hemos avanzado poco. Es, sobre todo, porque creo -y he creido siempre- que en ello nos jugamos el futuro. No es posible soñar un futuro mejor, otro mundo posible, que no pase por la participación social y la profundización de la democracia, por la inteligencia colectiva y la construcción colectiva de espacios de "poder social". Pero, mientras tanto, crece la desafección popular hacia la democracia, crece el abstencionismo y el cinismo político, la percepción social de que "todos son iguales", el "pasar" de la política para dejarla en manos de sujetos como el impresentable Berlusconi (al que, al menos en su pretensión de impunidad, le están saliendo muchos imitadores por estos lares). Las instituciones políticas, los partidos, no se atreven -¿no pueden?¿no saben?¿no quieren?- a meterle mano al asunto, a producir las transformaciones necesarias que el viejo sistema precisa. Ello implicaría cambios profundos en su propia casa, en sus propias organizaciones, en sus valores y en sus prácticas políticas. Hace algunos años, en Burgos, conseguí escandalizar a algunos concejales y políticos locales cuando defendí en unas jornadas la necesidad de apostar por la democracia participativa (y por la ética política), "aunque sea a costa de perder las próximas elecciones". Aquello no les entraba en la cabeza, preferían ganar elecciones, aunque la gente abomine de la política.
Andamos estos días con mucho trabajo, tratando de poner en pie una experiencia que llamamos la Escuela Itinerante y que, básicamente, consiste en poner al alcance de las asociaciones y organizaciones solidarias, en las distintas poblaciones de la Bahia de Cádiz, un espacio abierto de encuentro. En plena Sociedad de la Comunicación una de las principales amenazas para las organizaciones solidarias es el aislamiento, el espejismo del "juanpalomismo", creer que estamos solas, que hemos de conseguir -con nuestras únicas fuerzas- los objetivos de cambio y transformación social que se proponen nuestras organizaciones. Misión imposible. Promesas de frustración. O somos capaces de sumar fuerzas -sin renunciar a la diversidad- o nuestro futuro se llama "insignificancia social". Nuestro diagnóstico es que ahí está una de las necesidades más básicas de los colectivos y movimientos sociales: poder expresarse, escucharse, conocerse y reconocerse. Parece elemental, demasiado básico, pero es clave, imprescindible para poder alcanzar otros niveles de intercambio y cooperación, para poder llegar a "trabajar en red" Pero es muy dificil. Las asociaciones, ONGs, colectivos solidarios, etc., estamos sostenidas por muy pocas personas, tenemos demasiadas tareas, cada vez más complejas, nos falta tiempo. Lo urgente devora lo importante. Y nuestras prioridades son otras. Y nuestros valores siguen siendo -a menudo- individualistas, competitivos, sectarios, excluyentes... No tenemos tiempo -ni, muchas veces, ganas- para encontrarnos con otros colectivos y organizaciones solidarias. Y la pescadilla se muerde la cola sin que seamos capaces de romper esa lógica perversa.
El cuento zen dice que había un hombre cuya fama de sabio llegaba tan lejos que un erudito viajó una gran distancia para conocerlo. Durante varios días observó como aquel hombre realizaba las tareas cotidianas más corrientes, sin escuchar una sola enseñanza suya. Al fin, se atrevió a preguntarle: "Dime, por qué tienes fama de sabio y sin embargo no sale una sola enseñanza de tu boca". A lo que el hombre sabio respondió: "Es que, yo cuando como como, y cuando duermo duermo."
El cuento viene a cuento porque aquella percepción de la sabiduría que consistía en estar -a tope- en lo que estás, con toda tu atención, parece cosa del pasado.
Hace algunos días comentaba con un amigo mis dificultades crecientes para "alimentar" regularmente este blog y seguir los blogs de otros amigos y amigas, para aportar notas al Caralibro (léase Facebook, o Feisbu) y conocer las mil cosas interesantes que se reflejan en él (más cuanto más "amigos" se suman a la lista), para trabajar todos días, y hacer vida de familia, y cultivar las relaciones con los amigos, y leer buenos libros, y pasear por la playa, y... ¿Cómo? ¿Cuando?
En plena Revolución Tecnológica, resulta apasionante tanta información y tanta comunicación, pero tendría que dedicarle todo el tiempo a "estar al día".
Y eso que mi participación en los nuevos medios y redes de comunicación es más bien "modesta", al menos en comparación con otros amigos y amigas que parecen vivir conectados permanentemente a la Red.
Por mi parte, leo por encima, me entero superficialmente, tengo una visión general... pero no me pidas detalles.
Mi amigo me habla de las "lecturas de guerrilla" y del "zapping mental".
Y yo tengo la sensación de estar haciendo todo... sin profundizar en nada.
Otra amiga me dice que es imposible "cuidar" algo o a alguien sin dedicarle el tiempo necesario, y que por eso -en este tiempo nuestro- acabamos descuidando las relaciones y los afectos, que son insatisfactorios y superficiales.
Creo que necesitamos encontrar el "punto medio", el equilibrio entre tanta dispersión, para dar sentido a lo que hacemos.
Por mi parte, me hago el propósito de -sin resistirme a ellos- no intentar perseguir la velocidad de los cambios. No estaré en más redes sociales, ni buscaré más "amigos", ni me obligaré a escribir nuevas "entradas" a plazo fijo, dejando que broten solo aquellas que sean sentidas, cuando tengan que brotar.
Intentaré poner toda mi atención en cada momento, sin prisas, sin ansiedades, comer cuando como, dormir cuando duermo.
Aunque existen gloriosas excepciones, resulta bastante común encontrarse con departamentos administrativos -entiéndase consejerías, direcciones generales, concejalías, etc.-, o con eventos diversos -tales como congresos, jornadas, seminarios, etc.- y con ocasiones varias -del tipo publicaciones, campañas, proyectos, etc.-, que dicen ocuparse de la Innovación, cuando en realidad de lo que tratan es de la incorporación de las TIC a nuestras vidas -es decir, a la educación, a la economía, a la empresa, a las asociaciones y organizaciones sociales, etc.-. Si se mira con detalle, la mayoría de esos departamentos, eventos y ocasiones dedicados a la Innovación, no tienen nada de innovador en su manera de concebirse o desarrollarse. A menudo, su forma de producirse no puede ser más convencional, y, a veces, hasta obsoleta, no significan una manera diferente de mirar, pensar, decir o hacer las cosas, son monumentos al "más de lo mismo". A no ser que las TIC, por si solas, "impriman caracter innovador" a todo lo que toquen. O tal vez la Innovación sea una etiqueta más, otra moda, y la voluntad de transformación y cambio se agota en la incorporación de las TIC. Que cambie algo para que nada cambie, proponía el Principe de Lampedusa (ahora cibernetizado). La Innovación afecta -o debiera afectar- a todos los aspectos y dimensiones de la vida. Y, muy especialmente, de la vida colectiva. Se refiere a la transformación, a la creatividad aplicada, al pensamiento nuevo, a la búsqueda y desarrollo de nuevas maneras de entender el mundo y relacionarse con él. En el momento histórico que vivimos necesitamos nuevas respuestas y soluciones, necesitamos con urgencia renovar nuestras formas de pensar y hacer en todos los órdenes, necesitamos la Innovación para construir otro mundo posible.
Parece que ese fuera el sentido último de la democracia: compartir el poder, que el mayor número de personas intervengamos en la toma de decisiones, en la construcción de las soluciones. No es solo una cuestión ideológica o ética: el derecho a tomar parte, a intervenir en aquello que nos afecta, a ser sujetos y no meros objetos de las decisiones ajenas. Es -además- una cuestión práctica: es mucho mayor la eficacia y la calidad de las decisiones y las respuestas cuando son construidas colectivamente. Si queremos otro mundo posible, es imprescindible que cooperemos en ello, solidariamente, la mayor cantidad posible de gente. Pero ese es tal vez el problema: nuestra dificultad para compartir y repartir, el afán de acumular poder. Son -en primer lugar- los políticos, y las políticas, quienes no quieren compartirlo, quienes más se resisten a desarrollar la participación ciudadana. Lo hacen -paradójicamente- en nombre de la democracia y la buena gobernanza. Pero las resistencias a los cambios en el reparto del poder no se agotan en la clase política y en sus partidos, existen también en las personas, en los colectivos sociales, en las pequeñas y las grandes organizaciones, en una gran parte de la ciudadanía. En muchas personas, predomina la ideología de la delegación, elegimos a los cargos públicos cada cuatro años para que decidan por nosotros y nosotras. Y no queremos saber más. O nos abstenemos de votar, desde la indignación y el desden por la política, produciendo el mismo resultado: son otras personas las que deciden. Pero raramente aceptamos el compromiso de asumir y compartir el poder, de defender activamente nuestro derecho a decidir, de tomar parte activa -a las duras y a las maduras- en la construcción colectiva de una realidad diferente. Inventando otros espacios de poder. No, la ciudadanía es cansada, incómoda, estresante, ingrata. Que le den a la democracia.
(Escribo esta nota bajo los efectos de un nuevo chasco con los procesos oficiales de Participación Ciudadana -repletos de discurso y escasos de práctica- y a la vista de una de las crisis más profundas de la participación social que he conocido.)
Es impresionante, como -en unas pocas horas- se ha poblado de poemas de Mario Benedetti la blogosfera, cuantos amigos y amigas han sentido la necesidad de sumarse al duelo por su pérdida, reproduciendo su voz inmortal, sus palabras hermosas que tantas veces nos han acompañado y consolado, y animado, y conmovido, y movilizado... Una primavera de poemas, floreciendo. Quiero ser parte de este homenaje. El poema que he escogido es "Creo en ti Amigo":
Creo en tí amigo: Si tu sonrisa es como un rayo de luz que alegra mi existencia.
Creo en ti amigo: Si tus ojos brillan de alegría al encontrarnos.
Creo en ti amigo: Si compartes mis lágrimas y sabes llorar con los que lloran.
Creo en ti amigo: Si tu mano está abierta para dar y tu voluntad es generosa para ayudar.
Creo en ti amigo: Si tus palabras son sinceras y expresan lo que siente tu corazón.
Creo en ti amigo: Si sabes comprender bondadosamente mis debilidades y me defiendes cuando me calumnian.
Creo en ti amigo: Si tienes valor para corregirme amablemente.
Creo en ti amigo: Si sabes orar por mí, y brindarme buen ejemplo.
Creo en ti amigo: Si tu amistad me lleva a amar más a Dios y a tratar mejor a los demás.
Creo en tí amigo: Si no te avergüenzas de ser mi amigo en las horas tristes y amargas.
Me da mucho miedo que la Innovación Social se convierta en una nueva moda -si es que ya no lo es- y se queme con la misma velocidad con que pasan todas las modas, cada día más deprisa. Me da miedo porque la necesidad de imaginar y construir nuevas formas de relación, convivencia y organización social, nuevas respuestas y soluciones alternativas a los retos y desafíos sociales que enfrentamos -que son un montón, en lo local y en lo global- es verdaderamente urgente. Como le decía a un amiguete hace no mucho: nos urge inventar el futuro, antes de que el futuro nos invente a nosotros. Así que, para que no se queme, quizás sería mejor no hablar de ella, encontrar una clave para no mencionarla directamente, evitando así que los cazadores y cazadoras de modas y tendencias se apropien de "ESO" y lo conviertan en otro objeto de consumo, de usar y tirar, hasta que encuentren otra palabra, otra moda, otra novedad con la que entretener su eterno aburrimiento. No hablemos de "ESO", hagámoslo. Creemos ocasiones y espacios, busquemos oportunidades en las que sea posible imaginar, soñar cómo queremos que sea nuestra sociedad, nuestras comunidades, nuestros pueblos, barrios y ciudades, dentro de 10 o 15 años. Oportunidades para imaginar colectivamente, con la participación activa de la gente, de las personas, de los distintos grupos y colectivos sociales, porque esa es -en mi opinión- una condición necesaria de la auténtica Innovación Social. No es una tarea para personas "iluminadas" o "visionarias", para "expertas" ni para "despotas ilustradas", no es misión para ninguna "vanguardia", no puede serlo, aunque todas las aportaciones y personas sean bienvenidas y necesarias. Tal vez, en otros ámbitos de la innovación sea posible la búsqueda, la creación individual, pero no en la Innovación Social, donde el objeto de la innovación es -precisamente- lo colectivo, lo relacional, lo que a todas y todos nos afecta. Y donde, para que exista una auténtica innovación, un cambio real, éste debe ser asumido y protagonizado por los ciudadanos y las ciudadanas, no es posible imponerlo. La Innovación Social es una tarea colectiva y participativa o no será.
Mi amigo Asier Gallástegui está "picado" con la Innovación Social y me envía un montón de referencias que seguiré con atención. Pero todo eso me recuerda un artículo que escribí hace tiempo, llamado "Imaginar un Futuro Posible", que -aunque un poco largo para lo que acostumbro- recupero aquí.
Estamos en plena Era de los Cambios, dicen los expertos. La Revolución Tecnológica, sus consecuencias en todos los órdenes de la vida - las comunicaciones y las relaciones sociales, la cultura, el acceso a la información, el ocio, la economía, etc.- junto a la rapidez de esos cambios, parecen ser –por un lado- expresión de una sociedad global dinámica, en permanente evolución y desarrollo, y plantean –por otra parte- el riesgo creciente de nuevas exclusiones: las de personas, grupos sociales, pueblos que no pueden seguir el ritmo, que se quedan descolgados de quienes tienen acceso a las nuevas herramientas tecnológicas. Una brecha que se agrava cuando se añade a la exclusión social, cuando afecta a quienes ya están sumidos en la pobreza, en la carencia de recursos básicos para la vida.
Recientemente, el profesor Joan Subirats se preguntaba, en el marco de la V Conferencia del Observatorio Internacional de Democracia Participativa, si estamos ante una Era de Cambios o ante un cambio de Era. Señalaba que los desafíos, los problemas a los que hace frente nuestra sociedad global, el conjunto de la humanidad -en relación con el cambio climático, el reparto de la riqueza, las grandes pandemias, las migraciones masivas, la explosión de la violencia, etc.- permiten afirmar que el mundo que surja de la presente coyuntura histórica no será ya más el que conocemos y conocieron nuestros padres, sino otro muy distinto en el que, muy probablemente, nuestros hijos vivirán peor que nosotros. Y apuntaba también que las estructuras sociales tradicionales –incluida la propia democracia representativa- se muestran anticuadas, insuficientes, incapaces de responder a las necesidades de una sociedad y un mundo tan complejos.
Efectivamente, tanto los gobiernos y administraciones públicas, como las organizaciones y movimientos sociales, al igual que las organizaciones y estructuras económicas, están inevitablemente abocados a una profunda renovación. Es imposible creer en un futuro mejor si los diferentes actores sociales no somos capaces de reinventar nuestras formas de organización y articulación social para adaptarnos a una realidad en permanente transformación.
Necesitamos poner en juego toda la inteligencia colectiva posible, sumar todos los conocimientos, capacidades, esfuerzos y recursos disponibles, para pensar y poner en marcha las mejores soluciones a los retos de nuestro tiempo.
De otra forma, la deriva incontrolada de las preocupantes tendencias actuales, la acentuación de los conflictos, la radicalización de los problemas, pueden llegar a poner en riesgo el futuro de la humanidad y del planeta.
No hay en este análisis ningún catastrofismo: junto a la conciencia de la gravedad de los desafíos que enfrentamos, está la apuesta responsable por la cooperación y la inteligencia colectiva. Podemos elegir entre el futuro como un desastre inevitable o como una oportunidad apasionante para construir colectivamente un mundo mejor.
Pero, tal vez, uno de los obstáculos fundamentales para construir el futuro está en nuestras propias mentes, en nuestro imaginario personal y colectivo.
El pedagogo Paulo Freire decía que la principal victoria del neoliberalismo era el triunfo de la cultura de la impotencia, que nos hace asumir como un hecho irrefutable que este mundo deshumanizado, desigual e injusto, es el único posible, que las cosas son como son y de nada sirve intentar cambiarlas. Solo cabe resignarse y tratar de sacar la mejor tajada posible mientras dure.
Y la aceptación de la impotencia significa la muerte de la imaginación: ¿para qué imaginar otra realidad mejor si nunca será posible?
El mundo de nuestros días, decía el maestro brasileño, no es el resultado de un destino fatal sino obra de la acción de los hombres y mujeres a lo largo de la historia, y por tanto está en nuestras manos, en manos de las mujeres y los hombres, construir otro mejor. Y decía también que, para poder construirlo, es preciso soñarlo antes. Reivindicaba -en estos tiempos de escepticismos- el derecho a soñar y el deber de luchar para alcanzar los sueños.
Ese es el único camino posible para llegar alfuturo, el que aconseja el sentido común: abrir puertas y ventanas a la imaginación y la inteligencia colectiva, alimentar y fortalecer el compromiso social para imaginar un mundo mejor y trabajar unidos por ese sueño. La sociedad del futuro será la Sociedad de la Imaginación o no será.
Es preciso atrevernos a imaginar nuevas formas de organización social, nuevas maneras de comunicación, relación y cooperación entre los ciudadanos y las administraciones públicas, entre éstas y las empresas, entre las empresas y los ciudadanos. La Sociedad de la Imaginación será, necesariamente, una Sociedad Relacional.
Es preciso atrevernos a experimentar, innovar, crear, probar nuevas soluciones, renunciar a las inercias y rutinas mentales, no tener miedo al error, asumir riesgos, atrevernos a pensar otras formas de hacer y organizar nuestros esfuerzos y recursos.
Y todo eso implica también –y fundamentalmente- que tenemos mucho que aprender, todos y todas, como personas y como organizaciones, aprender nuevos conocimientos, valores, actitudes... estar dispuestos a desarrollar las nuevas capacidades y habilidades sociales. La Sociedad de la Imaginación es una sociedad en Aprendizaje Permanente.
En este tiempo histórico se hace evidente la importancia estratégica de la participación ciudadana, del Capital Social, que se convierte en el principal e imprescindible recurso para hacer posible un futuro habitable. La participación es necesaria y, además, no parece deseable ningún futuro que no sea incluyente, en el que no participemos todos y todas.
Por ello, es urgente convocar, motivar, movilizar, implicar, comprometer, sumar a todas las personas dispuestas, a todos los grupos y organizaciones sociales, a todas las instituciones económicas, políticas, religiosas... por encima de las diferencias. La Sociedad de la Imaginación es también la de la Participación Social y la Solidaridad.
Y es preciso invertir tiempo, esfuerzo y recursos en sembrar y crear las condiciones -en el seno mismo de nuestras sociedades, de todas y cada una de sus partes, en todas las personas y grupos sociales, en todos los pueblos y ciudades, en todas las organizaciones e instituciones- para que la imaginación, la creatividad social, la innovación, la inteligencia colectiva, la participación, la solidaridad, la cooperación, las sinergias... puedan nacer y dar su fruto.
Miedo a la crisis económica. Miedo a la crisis financiera. Miedo a la crisis alimentaria. Miedo a las crisis (todas ellas). Miedo a la gripe porcina. Miedo a la gripe aviar. Miedo a la fiebre de las vacas locas. Miedo a la precariedad. Miedo al paro. Miedo al hambre. Miedo a la obesidad. Miedo al SIDA. Miedo al colesterol. Miedo a las drogas. Miedo al sol. Miedo a la inseguridad ciudadana. Miedo a la delincuencia. Miedo al terrorismo. Miedo al fundamentalismo. Miedo a las sectas. Miedo a la inflacción. Miedo a la caida del consumo. Miedo a la deflacción. Miedo al fin de las pensiones. Miedo a la carretera. Miedo a los aviones. Miedo a la inmigración. Miedo a la emigración. Miedo a los otros. Miedo a un desastre nuclear. Miedo a un desastre ecológico. Miedo a los huracanes. Miedo a los tsunamis. Miedo a las inundaciones. Miedo a la sequía. Miedo....al Miedo.
Hace algunos días participaba en una nueva concentración ciudadana. En este caso se trataba de protestar por la forma en que los gobiernos abordan la crisis, salvando a los bancos y las grandes empresas con ayudas multimillonarias, mientras se desboca el desempleo y la miseria de muchas personas. Eramos cerca de un centenar de personas, casi las mismas que -casi siempre- en Cádiz nos concentramos para cualquier reivindicación o protesta. La reunión derivó, como casi siempre, en una sucesión de intervenciones de representantes de las distintas organizaciones sociales, pequeños partidos de izquierda y sindicatos, que suelen convocar estos actos. Los discursos sonaban también muy parecidos a los de otras veces, nos reunamos para protestar por la situación en Palestina, por las muertes de inmigrantes en el Estrecho, por el aumento del paro, la falta de vivienda digna, o por cualquier otra causa: la crítica al gobierno, a los grandes capitales, al neoliberalismo y el imperialismo, la lucha de clases, la movilización social permanente... Al final de la concentración, de regreso a casa, un amigo me preguntaba por mi impresión. Le contesté que, una vez más, aquella parecía una ocasión para la "reafirmación militante". Se diría que nuestro interés fuera comprobar que estamos todas las personas que habitualmente nos encontramos, que no ha faltado nadie, más que sumar a otras. De otra forma, no se explica nuestro empeño en insistir en los mismos discursos, en las mismas maneras obsoletas, en los mismos tipos de convocatorias y concentraciones que hemos venido haciendo -con los mismos escasos resultados- durante los últimos (¿veinte, treinta, cuarenta?) años. Creo que, si vamos a cambiar el mundo, será porque logremos reunir una mayoría social que quiera hacerlo. Saul Alinsky, de quien ya he hablado en estas páginas, reprochaba a los jóvenes del 68 que parecían creer más en la "revelación" que en la revolución. Algo de eso nos ocurre. Resulta ingenuo pensar que, el día menos pensado, las gentes van a caer del guindo y van a ver la luz, van a descubrir la razón de nuestros discursos, van a sumarse espontaneamente a nuestras protestas. Si realmente queremos cambiar el mundo, la primera tarea que nos corresponde es cambiar a nosotros mismos, nuestras organizaciones, nuestros discursos, nuestros métodos, nuestras formas de acción... Tenemos que empezar por aceptar que las viejas formas no sirven, que los cambios llegarán cuando aprendamos a construir -entre todos y todas, partiendo de nuestra diversidad- el "mínimo común multiplicador" capaz de transformar el mundo. Y eso significa que el principal valor que hemos de ejercitar no es el discurso, sino la escucha. Escuchar a las otras personas, a las otras organizaciones, a las otras sensibilidades e ideas. Aprender de ellas, hacerlas nuestras.
Querido Carlos, esta noche has venido a verme, a recordar tantos años de amistad, tanto cariño, tantas anecdotas compartidas... Nos hemos reido un rato y hemos bromeado, pinchándonos y puteándonos un poco, como solíamos hacer cuando estabas vivo. Yo me he metido con tus chistes malos y con tu presunción de "latin lover", bailarin apasionado, conquistador de todas las muchachas guapas que se pongan al alcance. Hemos recordado cuando nos conocimos, hace ya un montón de años, en Alcoy. Y, más tarde, con Nené, en Cartagena, la visita a aquella playa nudista y aquél sabroso arroz al caldero. Hemos revivido aquél verano fantástico en Puerto Vallarta, los baños en la playa de Destiladeras, y las "medusas psicosomáticas" que nos daban picores y nos hacían reir. ¡Cómo se reía Graciela! ¡Cuanto disfrutamos las dos familias aquellas semanas maravillosas! También hemos pasado revista a los años duros, tras la muerte de Graciela, tu viaje a Madrid, tu negra soledad, tu tristeza oscura, los tirones de orejas para que no te hundieras. Y la visita, con toda la saga Nuñez, a la tumba del Che. Los encuentros en Cuba... Tantos recuerdos. Te he mostrado el corcho, sobre mi mesa de trabajo, repleto de fotos tuyas, en tantos momentos, en tantos encuentros, con Ernesto Cardenal, con Mario Kaplún, en Chile, en Cartagena de Indias, en Cádiz,... haciéndonos mayores poco a poco. Ha sido un ratito muy bueno. Me he despertado con una gran sonrisa. Digo yo que has debido venir porque ahora se cumple un año desde que te fuiste. En el sueño, te comía a besos (ventajas de que ya no puedas protestar), porque te he echado mucho de menos todo este tiempo. Fuiste mi hermano mayor (aunque a veces me tocó hacer ese papel a mi contigo), mi maestro, mi amigo. Estabas tan lejos, pero siempre tan cerca. Aún lo estás, en sueños si, pero también en mi corazón castigado. Descansa en paz, amigo, y vuelve a visitarme cuando quieras.
"Contaminame" es el título de esa preciosa canción de Pedro Guerra que habla de la inmigración y el mestizaje. Hace mucho tiempo que creo firmemente que "el futuro es mestizo" (y mujer), y que frente a la globalización mercantilista y homogenizadora, una de las mejores respuestas es la contaminación solidaria, la construcción colectiva de nuevas síntesis que combinen e incluyan la diversidad y las particularidades de cada persona, pueblo, raza, cultura... Creo que estos tiempos que vivimos son de mestizajes, de sumas, de mezclas, de mutua apropiación de lo ajeno para convertirlo en prójimo. Pienso que esto sirve para las personas, que crecemos haciendo nuestras las huellas que las otras personas dejan en nuestras vidas. Y sirve para los colectivos, las organizaciones, las sociedades, que también nos hacemos mejores por vía de la contaminación, observando y aprendiendo de quienes son diferentes. Es hora de abrirnos a nuevas influencias, de superar personalismos, sectarismos, localismos, nacionalismos, etnocentrismos, fanatismos... Pero, eso significa aceptar que no estamos en posesión de la verdad, toda la verdad, que no somos mejores que nadie, que somos seres inacabados y sociedades incompletas, que nos necesitamos mutuamente. Y significa disponernos a cambiar, a poner en cuestión nuestras certezas, a escuchar y aprender de las verdades de los otros, para poder construir verdades comunes. Y eso da miedo, mucho miedo.
Hemos pasado unos días, en casa de unos amigos muy queridos, asomándonos un poquito a la famosa Semana Santa de Sevilla. Es impresionante lo que se mueve alrededor de este acontecimiento, empezando por los cientos de miles de personas que, como rios humanos, recorren las calles en busca de una u otra procesión. Los amigos nos avisan de que no debemos confundir la Semana Santa con la religión, aunque "tengan algo que ver", que la cosa va más bien de fiesta pagana, que son muchas las personas que, sin tener creencias religiosas, la viven con plena intensidad y emoción porque forma parte de sus señas de identidad, de las tradiciones populares más arraigadas. Llama la atención la pasión por una u otra virgen (la Macarena, la Trianera...) y la competencia entre quienes las siguen como si se trataran de diferentes equipos de futbol. La Semana Santa y sus cofradías, han subido como la espuma en los últimos años, no solo en Sevilla sino en toda Andalucía y otros muchos lugares del país, al tiempo que descendían los niveles de quienes habitualmente mantienen una práctica religiosa o se declaran creyentes. Todo eso me hace volver a pensar que en estos tiempos que vivimos, en plena Sociedad de la Comunicación, en medio de la Aldea Global, estamos más solos que nunca. Pareciera que, cuanto mayor es la globalización, mayor es también la necesidad de "localización", de refugiarnos en lo más próximo. Pertenencia e identidad, aunque sea alrededor del fútbol, las cofradías, las tradiciones, las aficiones, los bailes regionales,... todo vale, con tal de que nos haga sentirnos parte de algo y nos permita identificarnos frente a quienes son distintos. Se diría que nos da miedo -o vértigo- la pérdida de referentes cercanos, la eliminación de fronteras físicas y mentales, la apertura a lo diferente... y regresamos corriendo a la tribu.
Hace algunos días un amigo me enviaba un trabajo, analizando la realidad actual, que ha preparado para un congreso de Trabajo Social. Era demoledor: la colección de diversas crisis que tenemos encima (económica, financiera, ambiental, alimentaria...), la inoperancia de los gobernantes, la apatía social, las perspectivas de un futuro chungo, lleno de malos augurios... Un diagnóstico certero... y terrible. Mi amigo cree que es preciso despertar a la gente, aunque sea sacudiéndole por las solapas, para que tome conciencia de la grave situación que vivimos, reaccione y se movilice para producir el cambio social que necesitamos. Me he acordado de aquello que decía Saul Alinsky de que nadie se mueve para cambiar lo que no se puede cambiar. Preferimos evadirnos, negar la realidad, y por eso el primer objetivo de quienes pretendemos transformar la realidad debe ser convencer-nos de que el cambio es posible. También me he acordado de la novela y la película de Zorba el Griego, cuando le preguntaba al Inglés por qué se empeñaba en abrir los ojos de la gente del pueblo si no tenía nada mejor que mostrarles. Y, por otra parte, creo que viene a cuento lo que dice Eduardo Galeano de que "es preciso dejar el pesimismo para tiempos mejores". Los discursos pesimistas, negativos, desastrosos, agoreros, catastrofistas, llenos de angustia y de culpa colectiva, de mal rollo, que -por otra parte- son tan queridos para un cierto tipo de activistas sociales y políticos, lejos de movilizar a nadie, son capaces de desanimar a cualquiera. Pero, además, esos discursos, como en el cuento de "el monje sensible", se olvidan de hacer visible esa otra parte de la realidad en la que, necesariamente, hemos de apoyarnos para encontrar la esperanza y la fuerza necesaria para poder cambiar el mundo. Creo -ya lo he dicho antes- que necesitamos más que nunca del optimismo, de los nuevos sueños y utopías, necesitamos creer que otro mundo es posible, y hemos de ponerle cara, empezar a dibujar los rasgos de esa realidad mejor que vamos a construir. Y quienes hemos de convencernos de ello, en primer lugar, somos precisamente quienes decimos querer y trabajar por ese cambio social imprescindible. No se trata de maquillar la realidad, de ocultar los problemas, las injusticias, los profundos desequilibrios y desigualdades, se trata de mostrar la realidad desde la esperanza y el pensamiento positivo, afirmando el poder de los hombres y las mujeres para transformar el mundo, haciendo visibles las miles de iniciativas que lo transforman de hecho cada día.