lunes, 12 de mayo de 2008

Cambiar a los 90

Ayer enterramos las cenizas de mi madre en Arroyo Frío, un lugar bellísimo de la Sierra de Guadarrama, cerca de Navacerrada, donde ella quería descansar, probablemente porque allí también se encontraban algunos de sus mejores recuerdos de juventud.
Nos dejó el 3 de marzo, un día antes de cumplir los 92, y, hasta hace poco tiempo, era una persona un tanto adusta, más bien seria, bastante quejosa, de aquellas que siempre ven la botella medio vacía. Quizás fueron las circunstancias de su vida, en un entorno familiar formal y rígido, las que la hicieron así.
Hace cuatro años tuvo un grave accidente de coche, volviendo de vacaciones con mi hermana, y, aunque solo sufrió algunas contusiones y golpes, pensó que era el final.
El caso es que su mirada cambió profundamente, descubrió un nuevo sentido de la vida, una nueva razón de ser.
Y se dedicó a repartir generosamente su ternura. En la residencia de día de Rota, donde pasaba buena parte de la jornada, entre las monjitas y cuidadoras, haciendo suya la soledad de Don José, su amigo y compañero de gimnasia, o las penas y dolores de las otras ancianitas y abuelos a quienes intentaba animar y transmitir su afecto. O en la residencia de Jerez, donde pasó sus últimos meses y llegó a hacerse querer por tanta gente.
Unos pocos días antes de su muerte, en una larga y entrañable conversación que conservo en mi corazón como un tesoro, se lamentaba de que "no nos había educado bien", porque no nos había dado todo el cariño y la atención que hubiera deseado. Yo la consolé y le decía que no valía la pena lamentar un pasado que no se puede cambiar, pero ella me respondió: "me lamento por lo que yo me he perdido."
Esta es solo una de las muchas lecciones de vida, de bondad y ternura que he recibido de mi madre en estos últimos años.
La más importante, tal vez, ha sido comprobar que no hay edad para cambiar, cualquiera es buena. Que a los 90 también se puede descubrir el valor de la vida, de la ternura y el cariño, de la entrega a las demás personas.
Me he acordado mucho de esa hermosa canción de Jorge Drexler que dice en su estribillo: "Cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da. Nada es más simple, no hay otra norma, nada se pierde, todo se transforma". Pues eso.
Un gran beso para ti, madre, y millones de gracias.

Esta foto, de las pasadas Navidades, que le hicimos a traición, me hace recordarla con una sonrisa dulce

1 comentario:

  1. Siento una especie de pudor al hablar de mi relación con Marina; mi suegra, mi madre. Como diría un andaluz "pa mi se queda".
    Y se queda un calor que la muerte no enfría, una certeza íntima y sencilla de verdad y entendimiento de lo que somos. La importancia del amor como una fuerza que transforma.
    Te siento, madre, muy viva en mí. Y, discretamente, sin que nadie nos mire nos mantenemos abrazadas bajo las ramas, mirando el horizonte por el que van llegando entre risas todos los que te amaron.

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