domingo, 30 de noviembre de 2008

Un hombre en silencio (un instante mínimo)

Muchas mañanas de otoño baja temprano a la playa, cuando el sol apenas despunta haciendo brillar la cúpula de la catedral y las blancas torres.
Un día lo ve allí, a lo lejos.
El pequeño iglú de fina tela en medio de la arena.
Y conforme se acerca, sorteando las pozas que dejó la marea, adivina dentro la sombra de un hombre sentado, inmovil, mirando al horizonte.
Al cabo del rato, cuando regresa del paseo solitario, sigue allí, impasible, sin que se haya movido un pelo o un grano de arena.
Durante tres días se repite la escena, tan solo cambian las nubes y las luces sobre las lejanas azoteas.
Los perfiles del hombre, jóven, de barbas y cabellos largos y rubios, de gesto tranquilo y, siempre, inmovil, en silencio, se van haciendo más precisos cada día.
Luego, el quinto día, ya no está.
Y en la playa, en medio de la arena, se siente un hueco, un vacío que la marea se ocupará de borrar.

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