lunes, 15 de diciembre de 2008

FANATISMO

Miro a mi alrededor -este "alrededor global" que nos toca vivir- y me asusta ver tanto fanatismo suelto.
Están los fanáticos de la religión, de la política, del nacionalismo, de la patria (grande o chica), de la pureza de la raza (la que sea), de la revolución o la contrarevolución, de la tradición, de las más diversas "causas sagradas"... pero también los de mi equipo de futbol, las fiestas de mi pueblo, el potaje manchego, la Guerra de las Galaxias, el grupo musical de moda...
Cualquier cosa sirve para convertirla en bandera, en dogma, en algo indiscutible por lo que -si hiciera falta- se le parte la cabeza al que se ponga por medio.
Pareciera que, cuando fallan los paradigmas y no tenemos donde agarrarnos en medio de tanta incertidumbre y desconcierto (¿llega el "Fin del Mundo"?), fuera imprescindible buscarse una tribu con la que atrincherarse en la primera cueva a mano.
Se diría que necesitamos establecer fronteras y líneas divisorias: los mios... y los otros, los extraños, los ajenos.
Los fanatismos -cuanto más "fundamentales" peor- son a menudo crueles, negativos, ignorantes, excluyentes...
Y lo son tanto más cuanto más minúsculas son las causas que escogen para depositar su fe ciega, cuanto más irracionales, cuanto más pueblerinas y catetas.
Son incompatibles con el pensamiento crítico, con pensar por cuenta propia, con cualquier forma de pensamiento.
No pretenden convencer, reclaman adhesión incondicional.
Y, si no te adhieres, entonces estás enfrente, eres mi enemigo, tengo que eliminarte.
Los fanatismos no saben escuchar, ni saben mirar, son sordos y ciegos a todo lo que no sea como ellos.
Pero, precisamente porque vivimos tiempos difíciles, hoy más que nunca necesitamos sumar y no restar.
Necesitamos reconocer que nadie posee la verdad, que todos tenemos una parte, solo una parte, mínima.
Necesitamos escucharnos y comprendernos en nuestra diversidad, necesitamos juntar nuestras razones para construir otras en las que podamos reconocernos todos.

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