Hace algunos días participaba en una nueva concentración ciudadana.En este caso se trataba de protestar por la forma en que los gobiernos abordan la crisis, salvando a los bancos y las grandes empresas con ayudas multimillonarias, mientras se desboca el desempleo y la miseria de muchas personas.
Eramos cerca de un centenar de personas, casi las mismas que -casi siempre- en Cádiz nos concentramos para cualquier reivindicación o protesta.
La reunión derivó, como casi siempre, en una sucesión de intervenciones de representantes de las distintas organizaciones sociales, pequeños partidos de izquierda y sindicatos, que suelen convocar estos actos.
Los discursos sonaban también muy parecidos a los de otras veces, nos reunamos para protestar por la situación en Palestina, por las muertes de inmigrantes en el Estrecho, por el aumento del paro, la falta de vivienda digna, o por cualquier otra causa: la crítica al gobierno, a los grandes capitales, al neoliberalismo y el imperialismo, la lucha de clases, la movilización social permanente...
Al final de la concentración, de regreso a casa, un amigo me preguntaba por mi impresión. Le contesté que, una vez más, aquella parecía una ocasión para la "reafirmación militante". Se diría que nuestro interés fuera comprobar que estamos todas las personas que habitualmente nos encontramos, que no ha faltado nadie, más que sumar a otras.
De otra forma, no se explica nuestro empeño en insistir en los mismos discursos, en las mismas maneras obsoletas, en los mismos tipos de convocatorias y concentraciones que hemos venido haciendo -con los mismos escasos resultados- durante los últimos (¿veinte, treinta, cuarenta?) años.
Creo que, si vamos a cambiar el mundo, será porque logremos reunir una mayoría social que quiera hacerlo.
Saul Alinsky, de quien ya he hablado en estas páginas, reprochaba a los jóvenes del 68 que parecían creer más en la "revelación" que en la revolución.
Algo de eso nos ocurre.
Resulta ingenuo pensar que, el día menos pensado, las gentes van a caer del guindo y van a ver la luz, van a descubrir la razón de nuestros discursos, van a sumarse espontaneamente a nuestras protestas.
Si realmente queremos cambiar el mundo, la primera tarea que nos corresponde es cambiar a nosotros mismos, nuestras organizaciones, nuestros discursos, nuestros métodos, nuestras formas de acción...
Tenemos que empezar por aceptar que las viejas formas no sirven, que los cambios llegarán cuando aprendamos a construir -entre todos y todas, partiendo de nuestra diversidad- el "mínimo común multiplicador" capaz de transformar el mundo.
Y eso significa que el principal valor que hemos de ejercitar no es el discurso, sino la escucha.
Escuchar a las otras personas, a las otras organizaciones, a las otras sensibilidades e ideas. Aprender de ellas, hacerlas nuestras.

