domingo, 31 de mayo de 2009

¿Por qué le llaman "Innovación" cuando quieren decir "Tecnología"?

Aunque existen gloriosas excepciones, resulta bastante común encontrarse con departamentos administrativos -entiéndase consejerías, direcciones generales, concejalías, etc.-, o con eventos diversos -tales como congresos, jornadas, seminarios, etc.- y con ocasiones varias -del tipo publicaciones, campañas, proyectos, etc.-, que dicen ocuparse de la Innovación, cuando en realidad de lo que tratan es de la incorporación de las TIC a nuestras vidas -es decir, a la educación, a la economía, a la empresa, a las asociaciones y organizaciones sociales, etc.-.
Si se mira con detalle, la mayoría de esos departamentos, eventos y ocasiones dedicados a la Innovación, no tienen nada de innovador en su manera de concebirse o desarrollarse.
A menudo, su forma de producirse no puede ser más convencional, y, a veces, hasta obsoleta, no significan una manera diferente de mirar, pensar, decir o hacer las cosas, son monumentos al "más de lo mismo".
A no ser que las TIC, por si solas, "impriman caracter innovador" a todo lo que toquen.
O tal vez la Innovación sea una etiqueta más, otra moda, y la voluntad de transformación y cambio se agota en la incorporación de las TIC.
Que cambie algo para que nada cambie, proponía el Principe de Lampedusa (ahora cibernetizado).
La Innovación afecta -o debiera afectar- a todos los aspectos y dimensiones de la vida. Y, muy especialmente, de la vida colectiva.
Se refiere a la transformación, a la creatividad aplicada, al pensamiento nuevo, a la búsqueda y desarrollo de nuevas maneras de entender el mundo y relacionarse con él.
En el momento histórico que vivimos necesitamos nuevas respuestas y soluciones, necesitamos con urgencia renovar nuestras formas de pensar y hacer en todos los órdenes, necesitamos la Innovación para construir otro mundo posible.

lunes, 25 de mayo de 2009

Compartir el Poder

Parece que ese fuera el sentido último de la democracia: compartir el poder, que el mayor número de personas intervengamos en la toma de decisiones, en la construcción de las soluciones.
No es solo una cuestión ideológica o ética: el derecho a tomar parte, a intervenir en aquello que nos afecta, a ser sujetos y no meros objetos de las decisiones ajenas.
Es -además- una cuestión práctica: es mucho mayor la eficacia y la calidad de las decisiones y las respuestas cuando son construidas colectivamente.
Si queremos otro mundo posible, es imprescindible que cooperemos en ello, solidariamente, la mayor cantidad posible de gente.
Pero ese es tal vez el problema: nuestra dificultad para compartir y repartir, el afán de acumular poder.
Son -en primer lugar- los políticos, y las políticas, quienes no quieren compartirlo, quienes más se resisten a desarrollar la participación ciudadana.
Lo hacen -paradójicamente- en nombre de la democracia y la buena gobernanza.
Pero las resistencias a los cambios en el reparto del poder no se agotan en la clase política y en sus partidos, existen también en las personas, en los colectivos sociales, en las pequeñas y las grandes organizaciones, en una gran parte de la ciudadanía.
En muchas personas, predomina la ideología de la delegación, elegimos a los cargos públicos cada cuatro años para que decidan por nosotros y nosotras. Y no queremos saber más.
O nos abstenemos de votar, desde la indignación y el desden por la política, produciendo el mismo resultado: son otras personas las que deciden.
Pero raramente aceptamos el compromiso de asumir y compartir el poder, de defender activamente nuestro derecho a decidir, de tomar parte activa -a las duras y a las maduras- en la construcción colectiva de una realidad diferente. Inventando otros espacios de poder.
No, la ciudadanía es cansada, incómoda, estresante, ingrata.
Que le den a la democracia.

(Escribo esta nota bajo los efectos de un nuevo chasco con los procesos oficiales de Participación Ciudadana -repletos de discurso y escasos de práctica- y a la vista de una de las crisis más profundas de la participación social que he conocido.)

martes, 19 de mayo de 2009

Mario Floreciendo en Primavera

Es impresionante, como -en unas pocas horas- se ha poblado de poemas de Mario Benedetti la blogosfera, cuantos amigos y amigas han sentido la necesidad de sumarse al duelo por su pérdida, reproduciendo su voz inmortal, sus palabras hermosas que tantas veces nos han acompañado y consolado, y animado, y conmovido, y movilizado...
Una primavera de poemas, floreciendo.
Quiero ser parte de este homenaje.
El poema que he escogido es "Creo en ti Amigo":

Creo en tí amigo:
Si tu sonrisa es como un rayo de luz
que alegra mi existencia.


Creo en ti amigo:
Si tus ojos brillan de alegría al encontrarnos.

Creo en ti amigo:
Si compartes mis lágrimas y
sabes llorar con los que lloran.

Creo en ti amigo:
Si tu mano está abierta para dar y
tu voluntad es generosa para ayudar.

Creo en ti amigo:
Si tus palabras son sinceras y
expresan lo que siente tu corazón.

Creo en ti amigo:
Si sabes comprender bondadosamente mis debilidades y
me defiendes cuando me calumnian.

Creo en ti amigo:
Si tienes valor para corregirme amablemente.

Creo en ti amigo:
Si sabes orar por mí,
y brindarme buen ejemplo.

Creo en ti amigo:
Si tu amistad me lleva a amar más a Dios
y a tratar mejor a los demás.

Creo en tí amigo:
Si no te avergüenzas de ser mi amigo
en las horas tristes y amargas.

viernes, 15 de mayo de 2009

No hablemos de "ESO"

Me da mucho miedo que la Innovación Social se convierta en una nueva moda -si es que ya no lo es- y se queme con la misma velocidad con que pasan todas las modas, cada día más deprisa.
Me da miedo porque la necesidad de imaginar y construir nuevas formas de relación, convivencia y organización social, nuevas respuestas y soluciones alternativas a los retos y desafíos sociales que enfrentamos -que son un montón, en lo local y en lo global- es verdaderamente urgente.
Como le decía a un amiguete hace no mucho: nos urge inventar el futuro, antes de que el futuro nos invente a nosotros.
Así que, para que no se queme, quizás sería mejor no hablar de ella, encontrar una clave para no mencionarla directamente, evitando así que los cazadores y cazadoras de modas y tendencias se apropien de "ESO" y lo conviertan en otro objeto de consumo, de usar y tirar, hasta que encuentren otra palabra, otra moda, otra novedad con la que entretener su eterno aburrimiento.
No hablemos de "ESO", hagámoslo.
Creemos ocasiones y espacios, busquemos oportunidades en las que sea posible imaginar, soñar cómo queremos que sea nuestra sociedad, nuestras comunidades, nuestros pueblos, barrios y ciudades, dentro de 10 o 15 años.
Oportunidades para imaginar colectivamente, con la participación activa de la gente, de las personas, de los distintos grupos y colectivos sociales, porque esa es -en mi opinión- una condición necesaria de la auténtica Innovación Social.
No es una tarea para personas "iluminadas" o "visionarias", para "expertas" ni para "despotas ilustradas", no es misión para ninguna "vanguardia", no puede serlo, aunque todas las aportaciones y personas sean bienvenidas y necesarias.
Tal vez, en otros ámbitos de la innovación sea posible la búsqueda, la creación individual, pero no en la Innovación Social, donde el objeto de la innovación es -precisamente- lo colectivo, lo relacional, lo que a todas y todos nos afecta. Y donde, para que exista una auténtica innovación, un cambio real, éste debe ser asumido y protagonizado por los ciudadanos y las ciudadanas, no es posible imponerlo.
La Innovación Social es una tarea colectiva y participativa o no será.

sábado, 9 de mayo de 2009

Innovación Social

Mi amigo Asier Gallástegui está "picado" con la Innovación Social y me envía un montón de referencias que seguiré con atención. Pero todo eso me recuerda un artículo que escribí hace tiempo, llamado "Imaginar un Futuro Posible", que -aunque un poco largo para lo que acostumbro- recupero aquí.

Estamos en plena Era de los Cambios, dicen los expertos. La Revolución Tecnológica, sus consecuencias en todos los órdenes de la vida - las comunicaciones y las relaciones sociales, la cultura, el acceso a la información, el ocio, la economía, etc.- junto a la rapidez de esos cambios, parecen ser –por un lado- expresión de una sociedad global dinámica, en permanente evolución y desarrollo, y plantean –por otra parte- el riesgo creciente de nuevas exclusiones: las de personas, grupos sociales, pueblos que no pueden seguir el ritmo, que se quedan descolgados de quienes tienen acceso a las nuevas herramientas tecnológicas. Una brecha que se agrava cuando se añade a la exclusión social, cuando afecta a quienes ya están sumidos en la pobreza, en la carencia de recursos básicos para la vida.

Recientemente, el profesor Joan Subirats se preguntaba, en el marco de la V Conferencia del Observatorio Internacional de Democracia Participativa, si estamos ante una Era de Cambios o ante un cambio de Era. Señalaba que los desafíos, los problemas a los que hace frente nuestra sociedad global, el conjunto de la humanidad -en relación con el cambio climático, el reparto de la riqueza, las grandes pandemias, las migraciones masivas, la explosión de la violencia, etc.- permiten afirmar que el mundo que surja de la presente coyuntura histórica no será ya más el que conocemos y conocieron nuestros padres, sino otro muy distinto en el que, muy probablemente, nuestros hijos vivirán peor que nosotros. Y apuntaba también que las estructuras sociales tradicionales –incluida la propia democracia representativa- se muestran anticuadas, insuficientes, incapaces de responder a las necesidades de una sociedad y un mundo tan complejos.

Efectivamente, tanto los gobiernos y administraciones públicas, como las organizaciones y movimientos sociales, al igual que las organizaciones y estructuras económicas, están inevitablemente abocados a una profunda renovación. Es imposible creer en un futuro mejor si los diferentes actores sociales no somos capaces de reinventar nuestras formas de organización y articulación social para adaptarnos a una realidad en permanente transformación.

Necesitamos poner en juego toda la inteligencia colectiva posible, sumar todos los conocimientos, capacidades, esfuerzos y recursos disponibles, para pensar y poner en marcha las mejores soluciones a los retos de nuestro tiempo.

De otra forma, la deriva incontrolada de las preocupantes tendencias actuales, la acentuación de los conflictos, la radicalización de los problemas, pueden llegar a poner en riesgo el futuro de la humanidad y del planeta.

No hay en este análisis ningún catastrofismo: junto a la conciencia de la gravedad de los desafíos que enfrentamos, está la apuesta responsable por la cooperación y la inteligencia colectiva. Podemos elegir entre el futuro como un desastre inevitable o como una oportunidad apasionante para construir colectivamente un mundo mejor.

Pero, tal vez, uno de los obstáculos fundamentales para construir el futuro está en nuestras propias mentes, en nuestro imaginario personal y colectivo.

El pedagogo Paulo Freire decía que la principal victoria del neoliberalismo era el triunfo de la cultura de la impotencia, que nos hace asumir como un hecho irrefutable que este mundo deshumanizado, desigual e injusto, es el único posible, que las cosas son como son y de nada sirve intentar cambiarlas. Solo cabe resignarse y tratar de sacar la mejor tajada posible mientras dure.

Y la aceptación de la impotencia significa la muerte de la imaginación: ¿para qué imaginar otra realidad mejor si nunca será posible?

El mundo de nuestros días, decía el maestro brasileño, no es el resultado de un destino fatal sino obra de la acción de los hombres y mujeres a lo largo de la historia, y por tanto está en nuestras manos, en manos de las mujeres y los hombres, construir otro mejor. Y decía también que, para poder construirlo, es preciso soñarlo antes. Reivindicaba -en estos tiempos de escepticismos- el derecho a soñar y el deber de luchar para alcanzar los sueños.

Ese es el único camino posible para llegar al futuro, el que aconseja el sentido común: abrir puertas y ventanas a la imaginación y la inteligencia colectiva, alimentar y fortalecer el compromiso social para imaginar un mundo mejor y trabajar unidos por ese sueño. La sociedad del futuro será la Sociedad de la Imaginación o no será.

Es preciso atrevernos a imaginar nuevas formas de organización social, nuevas maneras de comunicación, relación y cooperación entre los ciudadanos y las administraciones públicas, entre éstas y las empresas, entre las empresas y los ciudadanos. La Sociedad de la Imaginación será, necesariamente, una Sociedad Relacional.

Es preciso atrevernos a experimentar, innovar, crear, probar nuevas soluciones, renunciar a las inercias y rutinas mentales, no tener miedo al error, asumir riesgos, atrevernos a pensar otras formas de hacer y organizar nuestros esfuerzos y recursos.

Y todo eso implica también –y fundamentalmente- que tenemos mucho que aprender, todos y todas, como personas y como organizaciones, aprender nuevos conocimientos, valores, actitudes... estar dispuestos a desarrollar las nuevas capacidades y habilidades sociales. La Sociedad de la Imaginación es una sociedad en Aprendizaje Permanente.

En este tiempo histórico se hace evidente la importancia estratégica de la participación ciudadana, del Capital Social, que se convierte en el principal e imprescindible recurso para hacer posible un futuro habitable. La participación es necesaria y, además, no parece deseable ningún futuro que no sea incluyente, en el que no participemos todos y todas.

Por ello, es urgente convocar, motivar, movilizar, implicar, comprometer, sumar a todas las personas dispuestas, a todos los grupos y organizaciones sociales, a todas las instituciones económicas, políticas, religiosas... por encima de las diferencias. La Sociedad de la Imaginación es también la de la Participación Social y la Solidaridad.

Y es preciso invertir tiempo, esfuerzo y recursos en sembrar y crear las condiciones -en el seno mismo de nuestras sociedades, de todas y cada una de sus partes, en todas las personas y grupos sociales, en todos los pueblos y ciudades, en todas las organizaciones e instituciones- para que la imaginación, la creatividad social, la innovación, la inteligencia colectiva, la participación, la solidaridad, la cooperación, las sinergias... puedan nacer y dar su fruto.

Sin duda, esa es la mejor inversión en futuro.

lunes, 4 de mayo de 2009

La Sociedad del Miedo

Miedo a la crisis económica.
Miedo a la crisis financiera.
Miedo a la crisis alimentaria.
Miedo a las crisis (todas ellas).
Miedo a la gripe porcina.
Miedo a la gripe aviar.
Miedo a la fiebre de las vacas locas.
Miedo a la precariedad.
Miedo al paro.
Miedo al hambre.
Miedo a la obesidad.
Miedo al SIDA.
Miedo al colesterol.
Miedo a las drogas.
Miedo al sol.
Miedo a la inseguridad ciudadana.
Miedo a la delincuencia.
Miedo al terrorismo.
Miedo al fundamentalismo.
Miedo a las sectas.
Miedo a la inflacción.
Miedo a la caida del consumo.
Miedo a la deflacción.
Miedo al fin de las pensiones.
Miedo a la carretera.
Miedo a los aviones.
Miedo a la inmigración.
Miedo a la emigración.
Miedo a los otros.
Miedo a un desastre nuclear.
Miedo a un desastre ecológico.
Miedo a los huracanes.
Miedo a los tsunamis.
Miedo a las inundaciones.
Miedo a la sequía.
Miedo....al Miedo.

Para ampliar la lista, consultar a Eduardo Galeano.