Siento que nos encontramos en un momento de alienación colectiva, de crisis de valores, de los más profundos de nuestra historia reciente.Dice Manuel Cruz, en un artículo titulado "Lo que trajo el ocaso de las ideologías", publicado en EL PAIS de ayer sábado, que "el problema sobreviene cuando la gente se emociona más ante los colores de su equipo de fútbol que ante el sufrimiento ajeno. Y es aquí donde parece que ya estamos."
En esta sociedad nuestra, privilegiada, pudiente y derrochadora -por mucha crisis económica, financiera, medioambiental, etc., que haya- hacemos ostentación de una frivolidad, de una ausencia de valores, que llega a resultar indecente.
Con la que está cayendo, en medio de esas distintas crisis que padecemos (unos más que otros, porque a países como el nuestro -a pesar de todos los pesares- nos toca la mejor parte), las cuestiones que más parecen preocuparnos -o al menos ocuparnos- tienen más que ver con los avatares de la Liga de fútbol, el derecho a emborracharse de los jóvenes, el estilo gótico de las niñas de Zapatero, el último modelo de teléfono móvil, la disputa entre la Campanario y la Esteban, o con cualquier otro tema banal de los que tanto abundan en esta "Sociedad Espectáculo".
Creo que, tal vez por causa de la perplejidad y el desconcierto, a fuerza de huir de las distintas incertidumbres, estamos perdiendo el norte y el sentido de la realidad, adentrándonos peligrosamente en el territorio del surrealismo social, a punto de alcanzar el nivel de "pensamiento cero" sobre el que nos prevenía Saramago.
No me refiero solo a las "masas populares", supuestamente proclives a la alienación y la manipulación.
Estoy pensando en los grupos y sectores sociales más preparados y avanzados, en profesionales y técnicos, en artistas e intelectuales, en activistas y organizaciones sociales, en las asociaciones ciudadanas. En quienes deberíamos destacar por nuestra sensibilidad y conciencia, por nuestro compromiso ético.
Toni Puig, en el primero de los Talleres Intermitentes MIRADAS CIUDADANAS que hemos iniciado en Cádiz, nos reprochaba estos días a las asociaciones que "estamos instaladas en la Santa Gestión de servicios, cuando lo que necesitamos son asociaciones que movilicen a los ciudadanos para transformar la ciudad, el mundo y la vida, con valores."
¿Acaso seguimos enfrascadas en la supervivencia de nuestros chiringuitos, en la defensa de nuestra singularidad insignificante, en la disputa sectaria frente a los otros, a los que no siendo idénticos debieramos ser aliados y cómplices en la construcción de una sociedad y un mundo mejor?
¿Donde está nuestra voz, nuestro grito, nuestra protesta, nuestra propuesta de otros valores y otras formas de pensar y actuar?
Vuelvo a pensar en la Revolución Etica, entendida como la recuperación, el "rearme de valores éticos" que precisa urgentemente nuestra sociedad y nuestro mundo.
Me pregunto quienes van a ser los revolucionarios que la lideren.
Y a pesar del optimismo que me he impuesto, para no caer en el lado oscuro, un escalofrío me recorre la espalda.



