viernes, 3 de septiembre de 2010

Basura moderna

Todos los años, al terminar las vacaciones, antes de retomar la tarea, tengo por costumbre hacer una buena limpieza general de mi espacio de trabajo.
Lo hago porque de otra forma los papeles acabarían sepultándome, echándome de mi sitio, pero -sobre todo- porque me parece una buena forma de iniciar el curso: poniendo orden en el caos.
Dicen que quien ordena "fuera", los armarios, los cajones,... también pone orden "dentro", en su cabeza, en su espíritu. Y yo lo creo, lo he experimentado muchas veces, especialmente en momentos de bajón o confusión profunda.
Asi que, con esas buenas intenciones, este año me propuse profundizar en la limpieza postvacacional, meterle mano a las estanterías llenas de libros, darle la vuelta a los cajones, revisar a fondo los papeles...
La cosa ha durado más de dos días, y eso que no he llegado a los estratos profundos, a las capas más hondas de papeles y cachivaches que se resisten a perecer año tras año, los que llamo "los restos del naufragio".
El resultado de la operación han sido tres carritos llenos de papeles para el contenedor azul.
De repente, en las estanterías han aparecido muchos huecos. He tirado docenas de libros y folletos, de esos que producen sin medida los servicios de publicaciones de las instituciones y que regalan en abultados paquetes a ponentes e invitados de las diversas jornadas y eventos que suelen organizar.
Me pregunto quién leerá esa extensa bibliografía sobre la fauna y flora local, la evolución estadística del uso del cachirulo, la cria de la chinchilla o cualquier otro tema peculiar... y quien compensa los miles de arboles sacrificados a mayor gloria y autobombo institucional.
Conservo algunos cientos de libros "de consulta" que prácticamente no he consultado en los últimos dos o tres años y que, me temo, no voy a consultar mucho en los próximos.
En la actualidad, la casi totalidad de las consultas profesionales las hago a través de Internet, en Google, Wikipedia u otros recursos parecidos. A muchos libros y documentos de interés también puedo acceder a través de la Red. La información alli es tanta (aunque no necesariamente sea buena) que deja poco espacio para los viejos libros.
Y éstos se van quedando reducidos a objetos de valor sentimental que me recuerdan momentos especiales o personas queridas, convertidos en pre-antiguallas.
Otro subproducto de la limpieza general son tres grandes bolsas de plástico llenas de "basura tecnológica", esperando a ser llevadas al punto limpio más cercano.
Ahí están el viejo y estropeado ordenador portatil, teclados que ya no funcionan, un antiguo modem, ratones polvorientos, docenas de cables, cientos de inútiles disketes de 3 y medio...
No imaginaba que se hubiera acumulado tanta cacharrería en unos pocos años. Aunque, pensándolo bien, no es extraño pues estos son objetos producidos para envejecer deprisa, de usar, tirar y cambiar por el último modelo.
Veo en la Red las impresionantes imágenes de los modernos basureros tecnológicos en China, Ghana u otros países, y pienso que estamos perdiendo algún tornillo.

1 comentario:

  1. Yo también tengo en un cajón una colección de teléfonos móviles 'viejos', que no tienen más de diez años,también tengo un viejo casette y un viejo fax. Y miro los aparatos que tengo como futura basura que dentro de nada no servirán para nada ¿Progreso? ¿Modernidad?

    Luis

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