viernes, 17 de septiembre de 2010

Lo que los libros me cuentan

Mi madre se lamentaba, en sus ultimos años, porque no nos iba a dejar ninguna herencia. Pero no tenia en cuenta algunos "intangibles", por ejemplo la herencia del placer de la lectura, del gusto por los libros.
En casa siempre los hubo, y mi padre le regalaba a mi madre un libro el 4 de cada mes, para recordar el día que se casaron.
Soy un lector empedernido, mi mesilla está repleta de libros por leer, continuamente estoy leyendo y viajo con alguno siempre encima.
Hace más de tres años decidimos asociarnos a la biblioteca pública, porque ya no había sitio en casa para guardar más libros, porque debíamos ahorrar en nuestra castigada economía y porque creemos firmemente en los servicios públicos y -frente al consumismo feroz- apostamos por la cultura de compartir solidariamente los recursos, también los libros.
El caso es que, desde entonces, se han incorporado a nuestra vida algunos ritos gozosos, como el visitar cada dos o tres semanas la biblioteca para devolver los libros ya leidos, explorar sus grandes estanterías y buscar nuevas lecturas.
Pero, además, junto al viejo y conocido placer de la lectura, han surgido nuevas experiencias y sensaciones ligadas a los libros.
Porque los libros de la biblioteca pública conservan las huellas, la memoria de quienes los visitaron antes.
Esas huellas son, a veces, el resultado de un descuido o un pequeño accidente doméstico. Como las esquinas dobladas de las páginas, que señalaron el lugar al que llegaron en su lectura, o las manchas de unas manos sucias, la grasa de un bocadillo, el café derramado, la ceniza de un cigarro...
En otras ocasiones, son huellas más explícitas, como el subrayado de una frase que captó el interés del lector o una palabra desconocida, o incluso correcciones al autor o a la traducción.
Existen activistas contra el laismo o el leismo, o detectives literarios que buscan cualquier error ortográfico o gramatical que puedan descubrir.
También hay quien anota, en el margen o al pie de página, sus sentimientos o reacciones a lo que están leyendo, su acuerdo o desacuerdo, como si fueran pintadas que ocupan los muros imaginarios de los libros.
Y hay quien persigue incoherencias o contradicciones en el texto, en la trama de la historia, y coloca allí una señal de aviso para quienes transiten esos mismos caminos.
A veces, en mitad de la lectura, no puedo dejar de pensar en ello: ¿quienes fueron los lectores y lectoras que pasaron antes por aquí? ¿como eran?¿cuales eran sus vidas? ¿qué sentían y pensaban al leer estas mismas páginas?
E imagino historias fantásticas, que son un regalo más de los muchos que me hacen los libros.

2 comentarios:

  1. Me identifico con los correctores ortográficos y de traducción (cuando el autor habla inglés), pero detesto cualquier intrusión en un libro que no sea el ex-libris o la famosa mancha accidental. Una esquina doblada es una pequeña mutilación, un comentario al margen egocentrismo (máxime cuando el libro es público). De todas formas, debe ser una bonita aventura imaginar quién pasó por ahí antes.

    Yo tengo otro vicio paralelo al de leer: Leo de noche hasta quedarme dormido, y en ese momento de transición entre lectura y sueño, paseo por la historia observando a los personajes y escuchándoles en conversaciones inexistentes. A veces me despierto y me vuelvo loco intentando encontrar el párrafo imaginario en el que estaba, otras se queda la luz encendida toda la noche. Y en dos ocasiones he descubierto la trama y se la he dicho al protagonista. FiTeTú qué cosas nos dan placer en solitario, con la de pajiller@s que hay en el mundo...

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  2. A mi también me pasa eso, Juaki, lo de dormirme "soñando" la historia que leo.
    Ya te digo, se puede escribir un libro con las cosas -"onanistas"- que nos pasan, que sentimos, que vivimos con los libros.
    Y, personalmente, tampoco me gusta nada que se doblen las esquinas, se manchen las páginas o se traten los libros con descuido, máxime -como tu dices- si son públicos, de todos, pues luego vendrán otras personas a recorrer esos mismos caminos.
    Un besote, viajero.

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