viernes, 17 de diciembre de 2010

Mi amiga Hanna

El martes pasado se me planteó el dilema de participar en un taller sobre el cuidado de las personas que formamos las asociaciones o hacer de canguro para mi amiga Hanna.
Me apetecía mucho el taller que dinamizaba mi amiga Lita, porque el tema es más que importante (y porque Lita es mucha Lita), pero no lo dudé mucho.
Desde siempre he preferido la compañía de los más pequeños.
En nuestra casa compartida de Huérmeces del Cerro, en los ya remotos veraneos con nuestras familias hermanas, me gustaba comer en la "mesa de los niños", participar en sus juegos, construir cabañas o pescar renacuajos en el rio.
Y más tarde, a lo largo de toda mi vida, siempre he buscado su cercanía.
Algunos de mis mejores amigos no levantaban cuatro palmos del suelo.
Ahora, es mi amiga Hanna -que ya ha cumplido tres años- quien ocupa un lugar destacado en mi corazón.
Ella también, como mi querido Javi hace algunos años, me llama a veces Fernandito y me acepta e integra como compañero de sus juegos. Es muy lista, divertida y cariñosa, y se le ocurren unas ideas alucinantes.
El martes estuvimos jugando a muchas cosas, a las casitas, al escondite, a chocar las palmas, a hacer canciones... y a un fantástico juego surrealista que se inventó sobre la marcha en el que nos "quitábamos" mutuamente las madres para luego "comérnoslas", sin que eso nos planteara ningún problema emocional porque -tal y como me explicó, ante mi inquietud por aquello de que "madre solo hay una"- disponíamos de un amplio stock de madres invisibles.
Esa relación gozosa con mis pequeños amigos y amigas me permite volver a ser un niño, y -como saben bien mis amigos y amigas más grandes- cuando estoy con ellos y comparto sus juegos, pierdo toda inhibición y toda la vergüenza, se me olvidan todas las cosas "serias e importantes".
Como algunos maestros zen, yo también creo que el camino del crecimiento personal, el de la iluminación o el satori, consiste en recuperar la mirada de cuando éramos niños.
Sin duda, entonces estábamos llenos de una ancestral sabiduría que perdemos conforme nos vamos haciendo más mayores, por lo que su recuperación no es precisamente una tarea fácil.
Así que, tal y como contaba al empezar esta nota, el martes me perdí el taller sobre el cuidado de las personas y preferí pasar directamente a la práctica, y cuidar y -sobre todo- cuidarme, con la fantástica ayuda de mi amiga Hanna.

4 comentarios:

  1. Es tan bonita la historia de "comerse a las madres" que se la robaré a tu amiga Hanna para un relato. ¡Que suerte tienes de tener una amiga como ella! Y ella ¡que suerte de tenerte a tí como amigo! Me emociona, me encanta, me da envidia. Es precioso de veras veros juntos.
    ¡Os quiero tánto a los dos!
    Nené

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  2. Creo.... que se nos tendrían que olvidar más amenudo las cosas "serias y importantes" para realmente poder ser capaces de ver con los ojos del corazón.
    Besos y felices juegos

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  3. A mi también me encanta pasar tiempo con esos "locos bajitos" y me suelo sentir más cómoda en su presencia. Pero es que además Hanna es un regalo y roba el corazón de cualquiera.
    Y es precioso verles juntos, tienes toda la razón, Nené. Un abrazo a los dos.
    Nieves

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  4. Gracias a Nené. Espero con curiosidad su relato sobre la "idea original" de Hanna, que será -como todos los suyos- precioso y mágico.
    Gracias al Jardinero marciano, por seguir ahí con esa escucha sensible y cálida.
    Gracias a Nieves, cuyos poemas necesitamos.
    Gracias a todas y todos cuantos leéis estas notas "terapéuticas", escritas para aprender a abrir el corazón.
    Y muchas gracias más a quienes escribís comentarios y construís el hermoso diálogo que, por si solo, justificaría este cuaderno virtual.

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