viernes, 10 de diciembre de 2010

Sin palabras

Cuando era muy joven aprendí a hacer mimo y pantomima.
Me enseñó Antonio Malonda.
Eran los primeros años 70.
Durante el curso estudiaba (o "hacía que") en la universidad y, en verano trabajaba -en los "hoteles-villa" del Club Puente Cultural- organizando actividades para amenizar las vacaciones de familias que, en muchos casos, veraneaban por primera vez junto al mar.
Parece increible que entonces, en aquellos años difíciles, junto a las obligadas fiestas de disfraces, las excursiones o las gymkanas, hicieramos también lecturas poéticas (Machado, Lorca, Miguel Hernandez...), disco-foros, representaciones de teatro independiente y de mimo, entre otras muchas actividades culturales que hoy resultarían completamente insólitas en la programación de cualquier centro turístico.
Pero no era mi intención derivar por el sendero de la nostalgia de un pasado en el que todo parecía posible.
Esta nota quería evocar la magia del mimo, de aquel teatro del silencio.
Era fascinante como lográbamos transmitir tantas emociones, sin palabras, con el puro gesto.
Era sorprendente de que manera tan fácil conectaban aquellas pequeñas historias silenciosas con las mentes y los corazones de las gentes.
Unos pocos años más tarde, algunos domingos por la mañana me iba hasta el parque de El Retiro con mi hija Ana, y montábamos allí nuestro espectáculo mínimo, junto a otros muchos artistas callejeros. Y no se nos daba mal cuando pasábamos la gorra.
Es curioso, porque mi vida profesional fué más tarde, y hasta hoy, todo palabras.
Hablar y hablar y hablar: conferencias, seminarios, ponencias, cursos y talleres.
Me he ganado la vida hablando sin parar.
Y hablando, muchas veces, sin tener nada realmente importante que decir.
En nuestra sociedad y en nuestro tiempo tenemos miedo al silencio, a los silencios, a lo que pueda ocurrir, a lo que podamos descubrir en ellos.
Y por eso, hoy como nunca, el mundo está lleno de "blablablas" sin sentido.
Voces y voces, tapándose unas a otras. Ruido y barullo. Aturdiéndonos.
Hoy comentábamos con Nené la importancia de la escucha, la necesidad del silencio, para darnos la oportunidad de mirarnos adentro.
Y recordé aquellos viejos tiempos, cuando sabía hacer mimo.


6 comentarios:

  1. Como me ha gustado esta entrada!
    Que cierta y acertada en estos tiempos que corren de crisis de todo y hasta de valores.
    Que importante el silencio y que dificíl de gestionarlo en nuestras vidas....a mi una de las cosas que más me gusta es hacer trayectos de coche en los que estamos en compañía y el silencio no nos incomoda, al contrario, me permite estar dos horas pensando y sabiendo que alguien más está pensando y que somos capaces de hacerlo gracias al silencio.
    Pero estos ejercicios a veces necesitan de dosis de confianza para mantenernos en silencio sin incomodarnos, y quizás la confianza sea otro de los ejercicios que también merezca otra entrada.
    Un abrazo

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  2. Descubro, gracias a una noticia de Público, la obra de John Cage "4,33", que copio al pie de la entrada.
    http://blogs.publico.es/eldetonador/381/comprate-un-rato-de-silencio

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  3. Disculpa Fernando que haya publicado mi silencio entre paréntesis en el comentario de tu entrada. Por cierto me ha gustado. En estos días que leo un texto sobre intuición salpicado de notas de Ralhp Waldo Emerson sobre el silencio. Para mi el silencio lleva al amor, porque es en el silencio donde descubrimos lo amados que somos. Y desde ahí podemos pasar a la acción a una acción intuida mínima y esencial. Una cosa es sentir el silencio con los oídos abiertos y otra es sentirlo con los oídos del sordo que además da una mirada silente que percibe mas que lee. Gracias Fernando por confiarnos esta entrada tan intima aderezada de recuerdos entrañables.

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  4. Gracias, Jardinero en Marte, por tus cariñosas palabras. Y si, la confianza es otro tema guapo.
    A Pedro, también gracias, por su silencio entre paréntesis y por tus palabras llenas, como siempre, de sensibilidad y un corazón grande.
    Abrazos para ambos.

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  5. ...
    Pero porque pido silencio
    no crean que voy a morirme:
    me pasa todo lo contrario:
    sucede que voy a vivirme.

    Sucede que soy y que sigo.

    No será, pues, sino que adentro
    de mí crecerán cereales,
    primero los granos que rompen
    la tierra para ver la luz,
    pero la madre tierra es oscura:
    y dentro de mí soy oscuro:
    soy como un pozo en cuyas aguas
    la noche deja sus estrellas
    y sigue sola por el campo.

    Se trata de que tanto he vivido
    que quiero vivir otro tanto.

    Nunca me sentí tan sonoro,
    nunca he tenido tantos besos.

    Ahora, como siempre, es temprano.
    Vuela la luz con sus abejas.

    Déjenme solo con el día.
    Pido permiso para nacer.
    (Pablo Neruda)

    ¡Cúantos recuerdos soleados! Ha sido curioso, porque hace unos días leí este poema y pensé en ese yo tuyo silencioso y profundo. Te amo

    Nené

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