miércoles, 23 de junio de 2010

Adios, Don José

"Perdone que le moleste, Don José, solamente quería estrechar su mano y decirle cuanto le admiro."
Había ensayado muchas veces la frase con la que iba a abordarle cuando me encontrara con él. Porque tenía esa fantasía, que algún día, en algún aeropuerto, le vería a lo lejos, y, superando la timidez, sería capaz de acercarme a saludarle.
Mi admiración nació con "La balsa de piedra", a la que llegué por casualidad y que me fascinó desde la primera página, cuando comienza a abrirse aquella grieta en los Pirineos.
Entonces busqué con avidez sus otros libros, el "Ensayo sobre la ceguera", "Todos los nombres"... y seguí fascinado.
Eran sus palabras, tejidas de aquella manera singular, tan cercana y directa, pero también sus historias, inquietantes, llenas de interrogantes para el pensamiento y de ternura para el corazón.
No siempre era fácil leerle, había que hacerlo despacio, saboreando las palabras, desvelándolas una a una, como quien deshace una madeja.
Sus novelas han sido buenas compañeras para mi, hasta la última, "Caín" que me reconcilió con el malo por antonomasia.
Pero más allá de su literatura, admiraba su compromiso con la construcción de un mundo mejor, su palabra limpia, su presencia generosa allí donde fuera necesario denunciar la injusticia, su pensamiento siempre crítico, que no hacía componendas con las incoherencias de "los nuestros".
Y todo eso con la libertad, la irreverencia y la sencillez de los grandes maestros.
Creo que por eso le odiaban tanto, por eso se han despachado con toda su mala baba el diario del Vaticano, l'Osservatore Romano, y otros medios reaccionarios. Por eso son tan poco creibles otros elogios postumos (de alguien a quien Saramago definió diciendo: "no es estúpido, pero se esfuerza mucho por parecerlo").
Creo que a él le hubieran divertido mucho estas reacciones.
Estos días, he leido -y he escrito- muchas veces la palabra gracias.
Gracias por una vida tan generosa.
Traigo aquí un video hermoso, en el que se unen una vieja canción que siempre me emociona y la imagen sencilla de este maestro que se nos ha ido.

jueves, 17 de junio de 2010

Mala memoria


Yo nací en una familia pequeñoburguesa de derechas, de las que ganaron la Guerra.
Mi padre, seguidor de Gil Robles, estuvo preso durante casi toda la contienda en la cárcel de Alicante por "desafecto a la República".
Mi madre pasó la guerra en Madrid y nos contaba de hambre, miedo y bombardeos. Para protegerse, y por consejo de un secretario de Azaña, se afilió a la CNT -con cuyas siglas se formaba entonces un acróstico: "Carcas Nada Temáis, Aquí Ingresáis Todos" (CNT-AIT)- y, efectivamente, los compañeros de la confederación le libraron, pistola en mano, de una detención irregular por formar parte de la asociación pía de San Carlos Borromeo.
No es que en mi familia fueran fanáticos, pero la historia solo tenía una versión: la de los vencedores.
Sin embargo, en los veranos, cuando íbamos de vacaciones a Pontevedra, mi tio Manolo contaba -en voz baja- otras historias, las de la retaguardia nacional: las cuadrillas de falangistas "limpiando" los pueblos, los muertos en las cunetas, las familias quemadas en sus casas, la represión... aquello no cuadraba con la "versión oficial" en la que los malos eran siempre los rojos.
Hasta mucho más tarde no descubrí que el del Frente Popular era el gobierno legítimo de la República, democráticamente elegido, y que "el Glorioso Alzamiento Nacional" había sido en realidad un golpe de estado militar, apoyado por el fascismo y el nazismo.
Y que aquellas brutalidades que me contaban de niño sobre "paseos" y chekas, eran tan solo una parte de la historia, que se repetía aumentada en el bando de quienes decían defender la religión católica y la civilización occidental frente a la barbarie roja.
No pretendo ninguna revancha, mucho menos en mi pequeña historia familiar. Las cosas fueron como fueron y cada cual las vivió como pudo, donde le tocó.
Cualquier guerra civil es una catástrofe y está llena de crueldad y de dolor.
Pero... ¿a qué viene prolongarlo? ¿por qué negar a quienes perdieron sus seres queridos la recuperación de sus cuerpos, de su dignidad, de su memoria? ¿a quién le puede molestar? ¿qué intereses oscuros se esconden tras la negación de la represión franquista? ¿por qué a los energúmenos de este país les escuece tanto?
Siento que, aunque el discurso de quienes se oponen a la memoria histórica sea justo el contrario, en realidad no quieren cerrar ninguna herida, se niegan a asumir la propia crueldad, a reconocer la dignidad del otro, a aceptar que todos fuímos vencidos.

viernes, 11 de junio de 2010

Cuando sea mayor...

Hace algunos días, mi amigo Cesar me pregunto: "Y tu, si no hubieras sido lo que eres... ¿que te hubiera gustado ser?".
Se me atrangantó el potaje canario que nos estábamos comiendo (en Villaflor, al pie del Teide, los tajinastes florecidos...) y pedí un poco de tiempo para responder.
Para Cesar es fácil, el sabe que es fotógrafo y dentro de unos días inaugura exposición, aunque lleve casi veinte años trabajando de dinamizador juvenil en Los Realejos.
En mi caso, la cosa es más complicada. Para empezar...¿que es lo que soy?
A lo largo de mi vida profesional me he definido de mil maneras: animador, educador popular, educador social, formador, consultor de organizaciones...
Hace algunos años, un periodista que grababa una entrevista para la televisión -en algún encuentro o congreso de los muchos que cargo en mi curriculum- me pidió que explicara claramente mi profesión: "como para que lo entienda su madre", me dijo.
Me tuve que reir. Siempre resultó un problema explicarle a mis padres a qué me dedicaba. Nada de lo que les contaba acerca del trabajo con los grupos, de la formación participativa, del desarrollo de las organizaciones sociales... encajaba en sus esquemas.
Cuando, en sus últimos años le pasé a mi padre alguno de los primeros libros del Equipo Claves, por ver si aquello le aclaraba algo las cosas, conseguí que se quedara más confuso todavía.
Pero, además, como digo, el paso de los años y los cambios de coyunturas sociales y profesionales han hecho que las definiciones variaran. Y, así, los años que trabajé con Peugeot en la formación de sus formadores y cuadros directivos, me tuve que poner el disfraz de "consultor" porque ese era el código que entendían.
Total que, con tantas vueltas, al cabo del tiempo...¿ qué soy yo?
Y, encima, si no fuera lo que soy ¿qué me gustaría ser?
La pregunta de Cesar parecía demandar respuestas sesudas y profundas.
Pasados unos minutos respondí: "No se... algo relacionado con la Comunicación."
Pero fué para salir del paso, y la preguntita siguió dándome vueltas en la cabeza.
Hasta hoy mismo.
En realidad, la respuesta es fácil, siempre estuvo ahí: mi sueño siempre fué ser cantante de boleros, formar parte de un trio musical de esos que se pasean por las mesas de los restaurantes, en Cuba, en América Latina, atendiendo las peticiones de la gente.

viernes, 4 de junio de 2010

Cuando pase la crisis...

Ya hace más de veinte años que Antonio Rodríguez de las Heras nos prevenía de que lo que pasaba no era una "crisis de la sociedad" -como ya se decía entonces- sino que estábamos entrando en la "sociedad de la crisis".
O sea, que las crisis ya no iban a ser nunca más algo circunstancial, coyuntural, sino parte sustantiva de la propia estructura social, de la vida cotidiana.
Que no son algo pasajero, que han venido para quedarse.
Cuando algunas voces anuncian el comienzo del fin de la actual crisis económico-financiera, otras avisan que ya se está gestando la próxima.
Pero, por si no fuera suficiente con la economía, también tenemos crisis ecológica, energética, alimentaria, sanitaria, migratoria, de valores...
No es que falle un determinado aspecto del sistema, es el conjunto del sistema el que está en crisis, o mejor -para seguir jugando con las palabras- la crisis es el sistema.
La cosa se parece mucho a "la Gran Crisis de la sociedad super-productora", que auguraba Ivan Illich.
El sistema se demuestra absurdo, contradictorio, imposible, y como señala hoy mismo Juan José Millas, "la situación es idéntica a una de esas pesadillas en las que corres sin avanzar, caes sin caer, subes las escaleras sin llegar nunca a la azotea o, peor aún, descubriendo que la ascensión conducía al sótano".
Pero lo que más me llama la atención del momento presente no es la creciente evidencia de descomposición del tinglado, como ya anticipaba Ramón Fernandez Durán, sino la ceguera en la que compiten gobernantes, intelectuales, medios de comunicación y ciudadanía en general.
Una de las frases más comunes que se escuchan -en la calle, en los medios- es eso de "cuando pase esta crisis...", como si todo esto fuera efectivamente una pesadilla y en cualquier momento fuéramos a despertarnos de nuevo en la opulencia de la sociedad del consumismo, en medio de la fiesta del crecimiento sin fin.
Por el contrario, quienes miran al futuro pronostican que nuestros hijos y nietos vivirán peor que nosotros.
Esta negación frívola de la realidad, este mirar para otro lado, tiene como consecuencia inmediata la falta de cualquier ejercicio de imaginación para inventar soluciones y respuestas a los problemas.
No se está reinventando la economía, ni las finanzas, ni la política, ni la democracia, ni la ciudadanía, ni la sociedad, ni la ecología... ni nada.
Cuando pase esta crisis, lo que nos espera -si eso fuera posible- es más de lo mismo.
Virgencita, que todo siga exactamente igual que estaba!
Ja.