viernes, 30 de julio de 2010

Tiempo de verano

Me gusta escribir estas notas.
Suelo hacerlo -siempre que puedo- los viernes por la tarde, cuando ya se acaba la jornada y la semana laboral.
Son ratitos gustosos en los que me paro a pensar e intento expresar -con una cierta intención estética- esos pensamientos.
Y busco musicas y fotos hermosas que acompañen las palabras.
A veces, el contenido de estas notas ya viene elegido de antemano, porque la coyuntura, las circunstancias del momento señalan con su dedo los temas.
En otras ocasiones, he de mirar adentro de mi, rescatar de allí los sentimientos y las emociones, para trenzar con ellos una imagen, una instantanea.
Trato de pensar con libertad y sentido común, pero escuchando también al corazón, dejando fluir las emociones.
No creas que es tan fácil. Exige constancia y una cierta disciplina escribir todas las semanas.
Pero me siento satisfecho de estas notas, por el solo hecho de tejerlas, de escribirlas.
Me parece todo un lujo, en estos tiempos de prisas, de miradas superficiales, de pensamientos de usar y tirar.
Es como si me regalara a mi mismo un momento especial todas las semanas.
Y la satisfacción crece cuando alguien llega hasta aquí a leer esas notas, a compartirlas.
Y se multiplica cuando uno u otra dejan su huella, su comentario. Cuando mi voz deja de ser un monólogo y se convierte en diálogo.
Entonces merece la pena cualquier esfuerzo.
Pero ahora, como el año pasado, quiero guardar silencio por un tiempo.
Tiempo de verano, como canta Ella.
Será hasta septiembre.
Hasta entonces, siempre, os deseo muchas pequeñas felicidades.

La foto es de Gabriela Cartharius

viernes, 23 de julio de 2010

Sueños

Hubo una larga temporada que no soñaba, dormía profundamente, como un tronco, pero echaba de menos los sueños.
Desde hace algún tiempo los he recuperado, sueño casi todas las noches, con una gran intensidad.
En mis sueños vuelven amigos que perdí.
Les abrazo, reimos, y les digo cuanto les añoro.
A veces, regresa a mis sueños mi madre y su presencia es tan real como si estuviera viva. Cojo su mano, tan cálida y suave, la cubro de besos, y apoyo mi cabeza en su hombro.
Estos no son sueños tristes, cuando despierto lo hago con una sonrisa, agradecido a la vida que me regala estos momentos.
Pero no siempre los sueños son gratos. A veces son oscuros y amargos, me llenan de angustia o miedo, siento sombras inciertas que acechan, o me pierdo en laberintos imposibles. Y me despierto agitado de la pesadilla para refugiarme entre los brazos amigos de Nené.
En mis sueños vuelo.
No como un pájaro que se desliza por el cielo, sino más bien como un pez que nadara en el aire.
Tomo carrerilla, me impulso, me elevo hasta unos tres metros de altura y avanzo impulsado por mis brazos y mis piernas, flotando ligero sobre las cabezas de las gentes.
Es una sensación fantástica, de plenitud.
A lo largo de la historia, en todas las culturas, los sueños han sido considerados como revelaciones, profecías, mensajes o augurios misteriosos.
Para Freud y quienes le han seguido, son una vía privilegiada de acceso al inconsciente y estan llenos de significados ocultos.
No se qué puedan querer decir mis sueños, no me preocupa su significado, aunque se que existen diccionarios para la interpretación de los sueños.
Me basta con soñarlos, y espero la sorpresa que me reserva cada noche.

Os dejo aquí la voz dulce de mi bella "prima", Marina de la Riva, que oportunamente canta "Sonho Meu".

viernes, 16 de julio de 2010

Maledicencias

Uno de los deportes nacionales (junto al fútbol) que más nos unen es hablar mal de otras personas. Incluso sin conocerlas.
Esto ocurre en las mejores familias, en la Administración, en las empresas, en los partidos políticos, y hasta en las organizaciones sociales que pretendemos cambiar el mundo.
Practicamos la maledicencia con quienes decimos que son nuestros compañeros y amigos, y no digamos si, encima, son (o los sentimos como) nuestra competencia (afectiva, profesional, política...).
Hace unos días recordábamos a varios prestigiosos activistas y profesionales del mundo de lo sociocultural, de la participación ciudadana y el desarrollo comunitario, que no pueden verse entre sí, que evitan cruzarse en los mismos encuentros o jornadas, que presumen de ir por ahí arreglando lo que los otros han estropeado previamente.
En opinión de quienes compartíamos mesa y sobremesa, cada una de esas personas, de esos activistas, tienen cosas muy importantes que decir y que aportar a la construcción de una sociedad mejor, como lo han demostrado en sus libros y publicaciones, en sus trabajos, en sus proyectos...
Sus discursos y sus prácticas son diferentes, pero nunca antagónicos sino complementarios, y por esa diversidad doblemente interesantes... si pudieran entrar en diálogo y no en confrontación, si fueran capaces de construir juntos.
Pero tal cosa no suele ocurrir.
El personalismo, la competencia, el protagonismo, la descalificación del otro... prevalecen por encima de la solidaridad y el compromiso con la transformación social.
Hay un grupo de amiguetes en Bilbao, con mucho sentido del humor, que han creado una organización política de nuevo cuño, cuyos fines son "la unidad de la izquierda, a través de la escisión correlativa hasta la extenuación, de manera que la unidad de la izquierda se conseguirá cuando en cada formación política sólo acabe habiendo un único militante o militanta".
Es toda una metáfora, o una caricatura, de nuestra dificultad para entendernos, de nuestro gusto por la maledicencia.
En fin, que como hemos reiterado una y otra vez, el cambio social no llegará si no cambian las organizaciones que han de impulsarlo, y éstas no cambiarán -y aquí está la clave- si no cambiamos las personas que las formamos.
Pero no queremos enterarnos.

viernes, 9 de julio de 2010

Patriotismo basura

Con la perspectiva de ser Campeones del Mundo de Fútbol -el pulpo Paul ya lo ha predicho o "pretentaculado"- y con las calles llenas de banderas rojigualdas, parece que el patriotismo se cotiza al alza.
Todos y todas vamos a ganar el Mundial.
Si lo pierden serán ellos, los jugadores de la selección, los culpables.
Ya decía Napoleón aquello de que las batallas siempre las ganaban sus generales y las perdía él.
Estoy sorprendido por la enorme afición al fútbol y la devoción hacia la selección nacional que se ha disparado en nuestro país, a juzgar -entre otros muchos indicadores- por las grandes concentraciones humanas en torno a las pantallas gigantes en las plazas de pueblos y ciudades, repletas de camisetas rojas y de banderas nacionales.
Ante tales exibiciones patrióticas me deja perplejo que, terminado el partido, el personal vuelva a sus casas con el corazón exaltado, repleto de emociones y dejando las plazas repletas de basura.
Es un patriotismo semejante al de los gaditanos y gaditanas que se llenan la boca hablando de la belleza incomparable de sus playas, pero no tienen el menor escrúpulo en dejarlas llenas de mierda cualquier fin de semana de verano.
Estoy seguro de que el mismo ejemplo cívico-patriótico ocurrirá en los pueblos y ciudades de muchas de las personas que estén leyendo estas notas.
Patriotismo basura, de charanga y pandereta, que se apunta a la exaltación colectiva, a la ruidosa celebración de los éxitos -sobre todo si el esfuerzo lo ponen otras personas- pero no quiere saber nada de responsabilidades.
Resulta que hay un juez en Getafe que, a las personas inmigrantes que solicitan la nacionalidad española, las examina con una serie de preguntas sobre la cultura española que, a buen seguro, no seríamos capaces de responder la mayoría de quienes hemos nacido en este país.
No me parece mal, porque esto de "ser español" (o española) parece una cosa muy seria como para regalarla así como así, y mucho más si "ganamos" el Mundial.
Lo que propongo es que se nos retire la nacionalidad española a todas las personas aborígenes que no seamos capaces de responder acertadamente a las dichosas preguntitas.
O, todavía mejor, otra propuesta patriótica: el "carné ciudadano" por puntos, que -como en la conducción de automóviles- se van retirando a las personas que demuestren actitudes incívicas o insolidarias.
Entonces veríamos cuantos y cuantas patriotas caminan por nuestras calles.

sábado, 3 de julio de 2010

Elogio de la incertidumbre

Sostiene el sabio Heisenberg, en el principio de incertidumbre, que no es posible obtener certezas respecto a los fenómenos físicos sino solo probabilidades y que las conclusiones que se alcancen sobre ellos dependerán siempre de quien los observa.
En realidad, ese famoso principio tiene mucha más chicha, y una enorme importancia para la física cuántica, como se puede comprobar si buscamos en Google, pero nos basta con este apunte para fundamentar el elogio.
El caso es que me siento confortado al comprobar que la incertidumbre tiene sus principios científicos, y que en la física, como en la vida, "nada es verdad ni es mentira, todo es según del color del cristal con que se mira".
Sin embargo, la incertidumbre nunca ha tenido buena prensa, no es muy popular, genera inseguridad, da miedo.
Necesitamos la tranquilidad de las certezas, pequeñas o grandes verdades a las que agarrarnos.
En estos tiempos llenos de incertidumbres, nadie se atreve a hablar de ellas, a mentar a la bicha.
Si quieres "tener éxito" es preciso mostrar seguridad, convicción, certeza,... o al menos aparentarlas.
Personalmente, desde hace algunos años, me he propuesto -en cualquier exposición o conferencia de las que me toca hacer- señalar sin pudor las contradicciones del presente y las incertidumbres del futuro, denunciar la falsedad de las certezas, de las soluciones milagrosas, alentar la duda.
Me parece que es bueno dudar.
La duda es la antesala del aprendizaje, de la sorpresa, del descubrimiento.
Cuando creemos que ya hemos llegado, nada nos empuja a seguir buscando.
Siempre me han creado desconfianza las personas demasiado seguras de si mismas, cargadas de razón, llenas de certezas. Y mucho más cuando éstas son absolutas. Con mucha facilidad acaban convirtiéndose en fanatismos.
Como en el cuento de los ciegos y el elefante, cada cual -en su ceguera- pretende conocer la totalidad cuando solo palpa una pequeña parte.
Vivir en la incertidumbre no es fácil, o poner en duda las propias percepciones.
Eso nos obliga a prestar más atención a las razones y a las percepciones ajenas.
No es que todo me de lo mismo, o no tenga opinión -o sentimientos- sobre las personas o sobre las cosas, más bien al contrario, pero trato de no olvidar que son "mis" opiniones y sentimientos, que mi mirada está condicionada por mis experiencias, por mi biografía.
Pero, además, con el paso de los años, siento que cada vez son más raras las certezas, más frecuentes las dudas, más cercana y hospitalaria la incertidumbre.
Como el viejo Sócrates, "solo se que no se nada".
Y no me importa.