Hace unos días nos preguntaba José Ignacio Artillo por qué, siendo conscientes de la necesidad de cambiar y conociendo incluso los medios para producir esos cambios necesarios, hay tantas y tantas organizaciones sociales que no nos ponemos a ello.Efectivamente, estamos atravesando momentos difíciles para las asociaciones ciudadanas, para una gran mayoría de ellas.
Por un lado, no corren vientos favorables a la participación social y muchas organizaciones están "en cuadro", sostenidas por muy pocos miembros, sin una base de respaldo social.
Por otra parte, los procesos de profesionalización que han vivido muchas asociaciones, para compensar esas crisis del voluntariado y la participación social, se ven condicionados por la crisis económica.
Se ha cerrado el grifo de las subvenciones públicas, se retrasan los pagos de las administraciones, no hay dinero y ello hace que sea preciso recortar las actividades, los servicios y prestaciones, que sea necesario prescindir del personal técnico que se contrató en el pasado.
Estamos sufriendo el estallido de la "burbuja asociativa", las perversas consecuencias de la dependencia económica de las administraciones públicas que ha sido la norma de los últimos años para un gran número de organizaciones sociales.
Pero, por si el panorama no fuera suficientemente complejo, se están produciendo en nuestra sociedad muchos cambios, de una profundidad y con una rapidez desconocidas.
La revolución de las TIC está cambiando las formas de conocimiento y los hábitos de comunicación y relación social.
Y, mientras tanto, hay muchas asociaciones y organizaciones sociales que, lejos de plantearse los cambios necesarios en sus formas de organizacion, de acción y comunicación, prefieren esperar a "que pase la crisis".
Mantienen la fantasía de que, dentro de poco, las cosas volverán a ser como hace unos años, volverán a abrirse los grifos de las subvenciones y las asociaciones volverán a ser lo que eran.
Pero las cosas no eran, tampoco en tiempos de "vacas gordas", como debían de ser y la subordinación y la dependencia de los poderes públicos nunca fué buena.
Es verdad que, en este espejismo, las organizaciones sociales no son muy distintas a una mayoría social que está haciendo planes para "cuando pase esta crisis".
Pero, en fin, en todos los casos, se trata de esa "zona de confort" que nos recordaba Artillo: el conjunto de creencias, ideas preconcebidas, hábitos adquiridos... que nos dan seguridad, donde nos sentimos cómodos, y que -con mucha facilidad- se convierten en barreras para hacer los cambios que necesitamos.
Hasta que no nos quede más remedio.


