A su alrededor, varias mujeres observan, escuchan y, en ciertos momentos, sonrien.
La escena se desarrolla en un taller sobre asociaciones igualitarias que dinamiza Hilario Sáez.
Por lo general, a los hombres nos cuesta mucho hablar de nuestros sentimientos. Eso es "cosa de mujeres".
Y, sin embargo, cuando logramos romper el silencio surgen las emociones, en el borde de los ojos, en la voz que se quiebra.
A todos nos cuesta mucho aceptar que nos cuiden -decimos-, es como si se pusiera en evidencia nuestra fragilidad, esa debilidad que hemos de disimular para ser fuertes y competitivos, para triunfar en este mundo de machos.
Nos han enseñado que "los hombres no lloran hasta que tienen las tripas en la mano".
Lo de cuidar a otras personas queda en el penúltimo lugar de nuestras prioridades, para cuando nos queda tiempo, después de atender lo importante.
Y, en todo caso, la ideología judeo-cristiana ha incrustado en nuestras mentes la idea de sacrificio junto a la de cuidado. Uno se entrega a los demás, se sacrifica por ellos, se inmola... para ganar el cielo.
Pero esa es también una gran mentira. No solo la del cielo, sino la del sacrificio.
Como saben muy bien quienes cuidan -con y desde el corazón- a otras personas, a menudo es mucho más lo que se obtiene que lo que se entrega. "Cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da", como dice Jorge Drexler en la canción que copio más abajo.
El cuidado es una ocasión para la ternura y el cariño, para la empatía y la con-pasión, y todo ello nos hace mejores personas, más humanos. Es parte fundamental de la vida.
De eso saben mucho las mujeres.
En aquella conversación de hombres yo recordé a mi madre, que descubrió -con 88 años- la satisfacción del cuidado a las otras personas.
Y rememoraba la última conversación que tuve con ella, poco antes de su muerte, cuando -hablando de la ternura, del cariño y del cuidado- se lamentaba por "todo lo que se había perdido."
Yo no quiero perdérmelo, por eso, todas las mañanas, al acabar la meditación, le pido al cielo que abra mi corazón, que lo haga más tierno y sensible hacia las otras personas, que me enseñe a cuidarlas y a dejarme cuidar, y le doy gracias por la vida, por mis amigos, por mi compañera y por mis hijos.
La foto se llama "Ternura" y es una abuelita, con un brazo herido, que habla con un viejo perrito.

