viernes, 8 de julio de 2011

Por la mañana temprano...

Por las mañanas me despierto casi siempre cabreado.
Dice mi amiga Clara -que entiende de estas cosas- que la razón de ese cabreo es que nací con forceps. Que estaba tan agustito en la tripa de mi madre y no queria salir, cuando se empeñaron en que naciera.
Y esa primera frustración es la que recuerdo cada mañana al salir del sueño y tener que levantarme.
El caso es que, desde hace algunos años, lo primero que hago -tras pasar por el baño- es dedicarle un buen rato a la meditación.
Enciendo una vela. Me siento en mi pequeño taburete de meditación. Cierro los ojos, relajo el cuerpo y centro mi atención en la respiración. Contando mentalmente: uno, dos, tres... las inspiraciones, hasta que llego a seis, o mi mente se distrae con cualquier ruido o cualquier pensamiento, y entonces vuelvo a empezar: uno, dos, tres...
Un monje zen al que le preguntaron, definía la meditación como "sentarse y sentirse".
No hay más.
Al cabo del tiempo, un reloj interior me da un toque de atención y el hormigueo de las piernas entumecidas me avisa de que ha pasado una hora y debo volver a la cotidianeidad.
Lo hago con un nuevo espíritu, reconciliado con la vida, de otro humor mucho más alegre.
Así que debo agradecerle mucho a la meditación, que me ayuda a ser mejor persona o, en todo caso, algo más soportable.
Pero, desde hace unas cuantas semanas, coincidiendo con la llegada del tiempo de verano, más caluroso, he cambiado mi tiempo de meditación -que todavía conservo para los fines de semana y esperando a la llegada de las vacaciones- por la playa.
Nada más despertarme me pongo el traje de baño y bajo a la playa que está muy cerca de mi casa.
A esa hora tan temprana, cuando el sol empieza a levantarse sobre la ciudad, la playa está todavía en sombra, solitaria, silenciosa... si es que puede llamarse silencio -que yo creo que si- al ruido de las olas rompiendo en la orilla.
Me busco un lugar, por lo general junto a la "Piedra Barco", donde puedo dejar mi bolsa, y después de unos ejercicios de calentamiento, realizo una antigua serie de ejercicios de Qi gong, llamada "Las Ocho Piezas del Bordado", el Ba Duan Jin.
En ello, en el movimiento lento y concentrado, pongo toda mi mente y todo mi cuerpo.
Al cabo, me baño en el mar, sobre el que caen los primeros rayos de sol.
No puedo describir la sensación que me llena.Si diré que suelo lanzar gritos -pequeños- de alegría y placer.
Y diré también que todo ello me hace empezar el día con fuerza y con ánimo.
Cuento todo esto, no para dar envidia a quienes puedan leerme (aunque, pensándolo bien, quizás haya algo de eso), sino porque quiero, necesito mejor, compartir esos momentos de plenitud.
La vida es siempre Yin y Yang, pero muchas veces es más fácil -al menos para mi- ver solo su lado oscuro y olvidar su cara luminosa.

5 comentarios:

  1. Me das envidia, y mucha. Al mar (y a su silencio) siempre ansío volver, especialmente si se trata de la playita.
    Yo nací estando mi madre dormida -entonces se llevaba sedar por completo a la parturienta- y también creo que tuvo sus consecuencias.
    Cuando sólo veo el lado oscuro de la vida, el mar siempre me tranquiliza. Igual es porque ese murmullo silencioso nos trae plácidos recuerdos de antes de haber nacido.

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  2. Agradecido y privilegiado de leerte. Me traes al pensamiento "las campanas del templo":
    ¡Y en medio de aquel silencio lo oyó! El tañido de una campanilla, seguido por el de otra, y otra, y otra... Y en seguida todas y cada una de las mil campanas del templo replicaban en gloriosa armonía, y su corazón se vio transportado de asombro y de alegría.
    Si deseas escuchar las campanas del templo, escucha el sonido del mar.

    No tengo recuerdo del parto, quizás por pasar gran parte de mi vida suicidándome las neuronas, pero el silencio me está contando tantas cosas de mí que te puedo llegar a entender.
    Fernando, gracias, nuevamente.

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  3. Me encanta Fer! Recuerdo una vez que quedamos por Cádiz, dijiste que me esperabas por la playa. Al llegar te vi dando un paseo, entre el agua y la arena de la playa, disfrutando del momento. No quise interrumpirte, es el recuerdo más completo de una persona relajada que tengo :-)

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  4. Amigas y amigos, una vez más, gracias por vuestro comentarios.

    A Nieves, comprendo tu añoranza del mar. Él (o ella) te esperan siempre, y cuando se produce el reencuentro siempre es generoso (o generosa). Te enviaré buenas vibraciones por la mañanita temprano, desde la Piedra Barco.

    A Juan Carlos, te pasas de generoso. El privilegio es que gente como tu se pare a leer estos pensamientos en voz alta. No se por qué el silencio tiene -a veces- tan mala prensa. Como tu dices, es una fuente de aprendizajes.

    A Guillermo, si, he quedado a menudo en la playa con los amigos, porque el encuentro y la conversación son allí mucho más satisfactorios. Te compro esa imagen -en la que no llego todavía a reconocerme- de persona relajada, paseando por la orilla.

    Gracias a los tres.

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  5. ¡Qué bueno compartir estas sensaciones! Yo te tengo más cerca y disfruto de tus abrazos al volver de la playa y traerme contigo el frescor del agua y el olor a sal. Admiro tu constancia en la búsqueda de tu paz interior. Espero mejorar mi salud y poder bajar contigo como otros años.... Y si no es así: sígueme trayendo a casa ese trocito de día luminoso y sereno. TQ
    Nené

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