sábado, 26 de noviembre de 2011

Elogio de la contradicción

Dice un amigo que "toda persona tiene derecho al menos a cincuenta contradicciones, siempre que no sean fundamentales."
Por su parte, Unamuno decía que la realidad misma, la vida es contradictoria, "y lo que más le une a cada uno consigo mismo, lo que hace la unidad íntima de nuestra vida, son nuestras discordias íntimas, las contradicciones interiores de nuestras discordias".
Digo todo esto porque a menudo me siento cargado de contradicciones personales, que a veces me hacen sentir mal, que incluso me producen sentimiento de culpa.
Lo de la culpa lo llevo fatal porque no conozco un sentimiento más chungo, más venenoso, más inutil, un callejón sin salida.
¡Fuera culpas!
En todo caso, mejor es sentirse "responsable", porque es un sentimiento que mueve a dar respuesta. Así pues: me siento responsable de mis contradicciones.
Paulo Freire decía que la incoherencia, la contradicción entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos, es lo que nos mueve a buscar la coherencia, a tratar de ser mejores personas.
Porque en la vida cotidiana es imposible la coherencia absoluta, es difícil vivir siempre como se piensa, aunque es preciso intentarlo porque, si no, se puede acabar pensando como se vive (como decían Paul Bourget o Victoria Ocampo, que a ambos se les atribuye la frase).
Total, que uno trata de ser consciente de sus contradicciones, y esa conciencia se convierte en un motor de cambio personal y, además, sirve para ser más tolerante con las contradicciones ajenas, para no juzgar duramente a las otras personas cuando muestran sus incoherencias, propias de la condición humana.
El límite de la aceptación y la tolerancia está -pienso- en esas "contradicciones fundamentales", que dice mi amigo, cuando nuestras incoherencias hacen daño a otras personas, cuando se convierten en coartadas del  privilegio o la injusticia, del abuso o la opresión.
Y también cuando, lejos de tratar de superar la incoherencia, de convertirla en un factor de crecimiento personal y colectivo, hacemos gala de ella, presumimos sin pudor de nuestras contradicciones.
Este elogio de la contradicción no es una invitación a la incoherencia, aunque sí una llamada a la humildad y a la tolerancia: nadie tiene toda la razón, nadie es absolutamente coherente, todas las personas tenemos contradicciones.
Aceptarnos a nosotras mismas -con nuestras contradicciones- implica también aceptar a las otras personas -con las suyas-.


Estas reflexiones tan "filosóficas" me ocupan hoy porque siento que en el momento presente se expresan -al mismo tiempo y con especial virulencia- dos tendencias contradictorias: una profunda intolerancia hacia quienes son diferentes, y la exhibición de la propia incoherencia, de las propias contradicciones convertidas en trinchera.

2 comentarios:

  1. Genial amigo, como casi siempre no deja esa reflexion, yo tambien voy a colabora con mi comentario; Domesticar nuestro demonio interior implica cultura y voluntad porque el cerebro humano ha conservado los circuitos que soportan la rabia y el predominio en los mamíferos:

    Contrariamente a la noción popular de que las neuronas espejo hacen a los primates reflexivamente empáticos, la empatía es una emoción voluble. Se dispara con un niño monísimo, con la belleza, el parentesco, la amistad, la semejanza y la solidaridad. Y fácilmente se suspende o se convierte en lo contrario, la schadenfreude (placer por la desgracia ajena), con la competición o la venganza
    Un besote fernando de un amigo

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  2. Gracias Pedro, por estar siempre ahí, proponiendo reflexiones más que interesantes. Tendremos que trabajarnos la cultura y la voluntad para dominar al demonio interior.( Y a ver cuando nos damos un -pequeño- homenaje). Abrazotes

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