
Ya he contado alguna vez que
me encanta leer. Me gustan todos (o casi) los géneros, la ciencia ficción, la novela histórica, el realismo mágico, etc., que he frecuentado con distinta intensidad según los momentos de la vida, porque los gustos literarios -al menos en mi caso- van y vienen, conectados con los estados de ánimo.
Pero si ha habido una constante en mis gustos esa ha sido la novela policiaca.
Siendo muy joven leí a
Agatha Cristie, con sus míticos detectives, la señorita Marple y el sofisticado Hércules Poirot, y también a
Georges Simenón, con su fascinante comisario Maigret.
Algún tiempo despues conocí los clásicos americanos de la novela negra, a
Dasiell Hamet y su detective Sam Spade, y a
Raymond Chandler y su fantástico Philip Marlowe, paradigma del detective privado, que quedarán asociados siempre a la imagen de Humphrey Bogart que los inmortalizó en el cine.
También disfruté mucho en mi juventud con las novelas de
Francisco García Pavón y su Plinio, jefe de la policía local de Tomelloso y todo un personaje -en la España rural de los tiempos de Franco- que merecería incorporarse al panteón de los mejores detectives literarios.
Seguí con pasión las aventuras de
Pepe Carvalho, a través de las cuales Manuel Vazquez Moltalbán nos ayudó a comprender muchas de las cosas que nos estaban pasando en el final del franquismo y la transición a la democracia.
Y devoré las novelas de
Paco Ignacio Taibo II -de las que me proveía mi hermano Carlos Nuñez Hurtado- que no han sido muy difundidas en España a pesar de que PIT2 ha sido promotor y director de la Semana Negra de Gijón, tal vez porque sus fabulosos detectives, el Jefe Fierro, Héctor Belascoarán Shayne o la periodista Olga Lavanderos son tan chingadamente mexicanos que alguien pensó -equivocadamente, en mi opinión- que no serían comprendidos por el público español.
El descubrimiento de
Juan Madrid fue más tardío, pero su personaje Toni Romano, un expolicía y antiguo boxeador medio sonado, me parece uno de los más originales y logrados de esta novela que nunca fué tan negra.
También he seguido a algunos de los autores europeos del género.
He leido todas las novelas de
Henning Mankell y su detective Kurt Wallander, en una Suecia tan lejana en su clima, sus costumbres y el caracter de sus gentes que, tal vez por todo eso, me parece tan sugerente.
Más cercano me resulta el mundo del siciliano comisario Montalbano, creado por
Andrea Camilleri, y cuyo nombre es un homenaje a Vazquez Montalban
. Este nos muestra una Sicilia y una Italia donde la corrupción campa a sus anchas. El mismo entorno ético donde se desarrollan las aventuras del veneciano comisario Brunetti, creado por la americana
Donna Leon que, entre otras virtudes, me transporta a una hermosa Venecia por la que siento una antigua nostalgia que se curará el día que pueda recorrerla.
La lista podría ser más larga, incluyendo al sueco
Stieg Larsson y su exitosa Trilogía de Millenium, pero la cerraré -por ahora- con las dos inclusiones más recientes y cercanas.
Por un lado,
Lorenzo Silva, autor de las aventuras del sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro de la Guardia Civil, que probablemente han hecho mucho por la mejora de la imagen social de este cuerpo.
La última novela policiaca que he leido recientemente ha sido "
La playa de los ahogados", de Domingo Villar, otro autor a seguir, con su inspector Leo Caldas y los hermosos paisajes gallegos como escenario de sus aventuras. Me ha gustado mucho, y además me ha sugerido un proyecto personal a copiar: el padre de Caldas apunta en un cuaderno, que llama el
Libro de los Idiotas, los nombres de las personas de esta condición que conoce. Me parece una excelente forma de exorcizar a esos fantasmas con los que a veces nos cruzamos en la vida.