El PP está eufórico por su triunfo en las elecciones del pasado domingo y proclama que "el país quiere un cambio".¡Que certero análisis!
Pero, para producir ese cambio que dice representar -¡oh paradoja!- nos propone más de lo mismo.
El PSOE, tras la derrota sin paliativos que atribuye a la crisis económica, al paro juvenil y a una deficiente estrategia de comunicación, dice haber entendido el mensaje.
¡Será por eso que también nos propone más de lo mismo!
Mientras tanto, las plazas de muchas ciudades españolas palpitan llenas de gentes que acampan y se reunen todos los días en asamblea para hablar de política, reclamar su derecho a ser escuchadas, a participar, a ser tenidas en cuenta...
Al mismo tiempo que los viejos partidos -en su autismo y su sordera histórica- hacen sus particulares análisis de la situación, o más bien cuentan lo ganado y lo perdido en términos electorales y de ocupación de sillones -que parece ser lo unico que les importa- la ciudadanía (y muy especialmente la gente más jóven) plantea en las plazas una enmienda a la totalidad de este sistema político y económico que considera su principal enemigo.
"¡Es la democracia, imbecil!", podríamos decir parafraseando la famosa replica de Clinton.
Dos de los lemas más coreados estos días en las manifestaciones y concentraciones callejeras dicen: "le llaman democracia y no lo es" y "que no, que no, que no nos representan".
Ya digo, una enmienda a la totalidad, la reclamación de un cambio radical en la manera de entender la política y practicar la democracia.
El PP se hace el sordo pero entiende pefectamente lo que reclaman, sabe que esas reivindicaciones radicales (que van a la raiz) suponen una clara amenaza para sus ambiciones de poder, por eso cada día es más beligerante y recurre a la descalificación, a razones de higiene urbana y orden público, a los intereses de los pobres comerciantes, para reclamar que se desalojen las acampadas.
No entienden que cada golpe represivo refuerza al movimiento y que, como se ha recordado estos días, aunque la gente abandone las plazas, ya ha aprendido cual es el camino para volver a ellas.
El PSOE está sordo, como boxeador noqueado. No entiende lo que le ha pasado. Con la boca chica parece culpar de la derrota electoral a los votantes que le abandonaron para quedarse en casa u ocupar las plazas.
Es incapaz de reconocer sus errores y sus incumplimientos, de asumir que fué él quien abandonó a sus simpatizantes y votantes.
Confía en que, reprimiendo el debate interno y cambiando -solo un poco- las caras de los carteles electorales, la desmemoria de la gente y el miedo a la derecha hará el resto.
Pero la respuesta a este desencuentro no puede ser otra que la profundización en la participación y en la democracia, política y económica.
No cabe pedir a sus simpatizantes y votantes potenciales que traguen con sus incoherencias (como hace la derecha al imponer la corrupción en sus listas) y les voten aunque sean con la nariz tapada, sino acercarse a ellos y ellas, abrir las orejas para escucharlos con humildad, y hacer suyas sus voces y sus sueños.
La realidad se mueve más deprisa en estos días. Pareciera que ha pasado mucho tiempo desde el 15M, y solo son catorce días. Los esquemas y categorías se quedan desbordados o anticuados por momentos. Hemos de seguir reflexionando. Y, sobre todo, hay que seguir escuchando y observando.


