viernes, 23 de septiembre de 2011

Que le den...(al sistema)

Pertenezco a esa mayoría de la población que no entiende un pimiento de lo que está ocurriendo en el mundo con la economía, por qué un día cae la bolsa, y al siguiente sube la prima de riesgo, y al otro se producen recortes en los servicios públicos, y más tarde baja la calificación de la deuda, y así sucesivamente.
A pesar de este estado permanente de confusión e ignorancia -en el que nos mantienen con ahinco- tengo claras algunas cosas:
  • Que las gentes de a pie vivimos acojonadas, con el alma en un puño, muertas de miedo. Diciendo por lo bajini aquello de "¡virgencita, que me quede como estoy!". Es un sinvivir. Y esto le viene muy bien a quienes manejan el cotarro. O sea, que mientras el personal tiembla es más fácil que no se resista y trague con todo lo que le echen.
  • Que los ricos son cada vez más y más ricos. O sea, que la economía debe ir fatal pero hay algunas personas que en todo el mundo están sacando tajada, para las que no hay recortes, cuyos beneficios crecen y crecen. Seguro que a esas personas -(¡pobrecitas!)- también les están subiendo el precio del caviar,  los maseratti y los yates, y como decía aquella señora -digna del Libro de los Idiotas- sufren mucho porque "¡no tienen cash!", pero el caso es que cada vez son más ricas. ¡Hasta el punto de que algunas de ellas proponen -tímidamente- que les suban los impuestos!
  • Que los pobres son cada vez más y más pobres. O sea, que el pato de la crisis económica, como siempre en la historia, lo siguen pagando los de abajo, y a estas alturas del siglo XXI, las generaciones sucesivas de gentes humildes tienen todas las papeletas para vivir peor que sus predecesores. Vamos pa peor. Y eso vale para las personas y para los países, o sea, que si en Europa lo estamos pasando mal, en Africa ni te cuento.
  • Que con todo este rollo de la crisis económica se acabó lo de preocuparnos y ocuparnos de otras crisis "menores": el calentamiento global, las hambrunas, el agotamiento energético, la crisis migratoria, el deterioro global de los derechos humanos, etc., no hay tiempo, interés ni recursos para nada más que no sea salvar a los bancos y combatir el deficit.¡Los especuladores y banqueros primero! 
Estos días existe una gran preocupación mediática por la quiebra de Grecia, el fin del Euro, la amenaza de una recesión... y los economistas del FMI empiezan a hablar de "crisis sistémica", cual si fueran perroflautas antisistemas. Nos amenazan con que el sistema se va al garete.
Y yo me pregunto si eso es un drama -y en todo caso para quien- si hemos de tener tanto miedo porque el sistema se colapse, se vaya a la misma mierda, o hemos de celebrarlo con champán.
Seguro que el derrumbe del sistema no será muy cómodo, especialmente para las sociedades que hemos vivido satisfechas en el consumismo y el derroche, pero probablemente será la única posibilidad de construir algo nuevo.
Tal vez sea eso lo que nos lleve a explorar el decrecimiento y a perseguir la Felicidad Interior Bruta.

    lunes, 19 de septiembre de 2011

    Mocos

    Ya se que el título no es muy sugestivo que digamos, pero es que tengo un trancazo desde hace tres días, y solo tengo mocos, y mocos, y más mocos.
    Lo menos llevo gastados 15 paquetes de pañuelos de papel y estoy hasta el gorro de beber agua y -de rebote- pasarme día y noche meando.
    Yo que estaba tan contento con mis baños matinales en la playa, con mis zumos de naranja, con mis ejercicios de Qi Gong... convencido de que -este año si- iba a librarme del catarro.
    Y aquí me tienes, tirado en la cama, congestionado hasta las trancas, invadido por los estornudos, toses... y mocos.
    Cuando estoy acatarrado, especialmente los primeros días, no estoy para nada y para nadie.
    Lo único que me apetece es dormitar -si puedo, a ratos, con agitación febril- y dejar pasar el tiempo (mientras estornudo, bebo agua, meo, toso y me sueno los mocos).
    A cuenta del catarro, he dejado de escribir mi entrada habitual en este blog el viernes pasado, y de participar en unas interesantes jornadas de debate en Valcarcel Recuperado, y de acudir a la manifestación en defensa de los servicios públicos del domingo, y de reunirme con los compañeros de Luz y Sal para hacer nuestro blog colectivo...
    Y es que, ya digo, cuando tengo un catarro, en su fase más aguda, no tengo ganas de hablar, de leer, de hacer nada, de comer... no estoy para nadie.
    Mi mujer -que dice que siempre se lo pego- no quiere acercarse a menos de un par de metros de mi, y se niega a darme besos, abrazos o cualquier otra muestra de cariño (de chingar ni hablamos). El catarro lleva añadida la pena de ostracismo familiar.
    Y luego, eso que dicen de que los catarros duran siete días con medicación y una semana sin ella, o sea, que ya te puedes tomar lo sea que no te queda otra que vivirlo, todo el proceso, paso por paso: el goteo de la nariz, los estornudos, los mocos, la congestión nasal, la voz tomada, la fiebre, el dolor de cabeza, el picor de garganta, la tos de garganta, la tos de pecho...
    Así que me lo tomo con paciencia... y con una aspirina cada seis horas.

    viernes, 9 de septiembre de 2011

    El Papel Point

    Las tecnologías nos aportan -quien lo duda- muchas ventajas y posibilidades, pero -aunque a veces parezcamos ignorarlo- traen también consigo algunos inconvenientes.
    Por ejemplo, están los problemas de concentración, la dispersión de la atención que conlleva la multiplicación de estimulos.
    O aquello de que las TIC nos acercan a la gente más lejana y nos alejan de la gente más cercana.
    O los riesgos de la "infoxicación", que hace que el exceso de información la vuelva insignificante, irrelevante para quien ha llegado a la saturación.
    O la pérdida de la privacidad y el riesgo de control o manipulación de nuestras ideas, discursos, gustos, intereses...
    Personalmente, me da mucho palo la creciente dependencia en la que se desenvuelven cada vez más amigos y amigas que no pueden vivir sin consultar continuamente su twitter o sin retransmitir su vida en tiempo real informando al resto de la humanidad de donde están, de lo que hacen, de lo que comen...
    Un efecto perverso muy comentado recientemente es el de la pérdida de capacidad de razonamiento complejo y la simplificación de ideas que implica el uso abusivo del Power Point y que ha provocado la constitución en Suiza de un partido político que propone su prohibición.
    Acabo de participar en los Encuentros Internacionales de Juventud de Cabueñes, que se han realizado en los primeros días de septiembre. En las semanas anteriores me encontré ante el dilema de utilizar el ordenador para preparar mi intervención vulnerando así mi autocompromiso de "silencio tecnológico" durante las vacaciones, por lo que opté por realizar un "Papel Point". O sea, busqué folios de colores y rotuladores, y me entretuve en sintetizar los puntos principales de mi exposición.
    Fué muy divertido rotular aquellas ideas -con colores distintos y grafismos llamativos que aprendí en mis remotos años de trabajo como animador turístico- mientras iba rumiándolas, elaborándolas en mi cabeza.
    Mi intención, que luego no pude aplicar totalmente por las condiciones del espacio, era presentar aquellas ideas, hacerlas circular de mano en mano entre las personas participantes y fijarlas luego con masilla autoadhesiva a las paredes, puertas y ventanas de la sala, de manera que acabaran rodeándonos y llenando nuestro entorno visual.
    Era, en fin, una manera de salir del paso -con una cierta elegancia- para disculpar la ausencia del obligado Power Point que no puede faltar en cualquier ponencia o mesa redonda que se precie.
    Mi sorpresa fué descubrir que a las personas jóvenes participantes en aquél encuentro les resultaba simpático, atractivo y sugerente el cambio de código y entraban con gusto al juego del Papel Point.
    La sorpresa se completa cuando mi amigo y compañero Antonio Moreno, coordinador del taller, me envía un mensaje SMS para contarme que las personas participantes han decidido utilizar el Papel Point como "tecnología" para la devolución de resultados en la sesión conjunta de puesta en común de conclusiones con las gentes de los otros encuentros simultaneos que se han desarrollado durante esos días.
    La anecdota viene a cuento de los riesgos de las tecnologías, y en particular el de que acabemos  convirtiéndonos en otra pieza más de la red, del engranaje que recibe y difunde mecanicamente información, que consume mensajes, sin pararse siquiera a degustarlos, a digerirlos, a elaborarlos.
    Creo que la clave está precisamente en la creatividad, en la imaginación, que son cualidades genuinamente humanas de las que carecen las maquinas.
    Y me viene a la cabeza la presentación que, precisamente sobre las TIC y las redes sociales, hicieron en el mismo encuentro Neyda y Olga, mediante una pequeña representación teatral -ayudada con recursos multimedia- en la que desplegaban las ideas principales que querían someter al debate. Fué magnífico.
    Pienso que, lejos de conformarnos con las cómodas rutinas tecnológicas, con el tecno-pensamiento único, hemos de poner a funcionar la imaginación y refrescar nuestras ideas, nuestro discurso, nuestro diálogo, nuestra acción llenándolos de fantasía, poesía, mágia, humor... que nos permitan escapar de los riesgos de empobrecimiento del pensamiento y las relaciones humanas que se esconden, arteramente, tras la fascinación de las TIC.

    viernes, 2 de septiembre de 2011

    En la nube de verano

    En vacaciones el tiempo parece pasar más lentamente, "se dilata sin las fracturas del horario", como dice Antonio Rodríguez de las Heras.
    Pero las vacaciones pasan fugaces como una nube de verano, y nos cuesta un montón volver a las rutinas de la vida reglada.
    Por eso, en este mundo tan propenso a "patologizar" todo lo que se ponga a tiro, ya han etiquetado una nueva patología social, el famoso "síndrome postvacacional", que puede llegar a afectar a más de la mitad de las personas con síntomas como irritabilidad, tristeza, apatía, ansiedad, insomnio, dolores musculares, nauseas, palpitaciones, sensación de ahogo o problemas de estómago.
    En resumen, que no nos hace maldita la gracia volver al trabajo -o al colegio, cuando éramos niños- y quisiéramos prolongar indefinidamente las cálidas sensaciones de las vacaciones.
    Dicen que el sindrome se pasa en pocos días, pero la cosa se complica cuando el mundo y el tiempo al que hemos de regresar -descendiendo de la nube- sigue empantanado en una crisis permanente y aparece repleto de malos augurios e incertidumbres.
    No es que en las vacaciones hayamos podido evadirnos por completo de las miserias del presente, que se las arreglan para colarse por todas las rendijas, pero no parecen tan crudas cuando nuestros ojos están llenos de mar o de montaña, de paisajes hermosos, cuando nuestro ánimo y el de quienes nos rodean es el de sonreir a la vida, gozar del silencio, de la siesta o de la fiesta.
    Por eso, en nuestro deseo de estirar las vacaciones, de mantener vivas sus buenas vibraciones, este tiempo postvacacional es época de buenos propósitos y nos proponemos hacer ejercicio, aprender inglés, escribir un diario, pintar acuarelas... 
    Y por eso, como me descubrió hace algunos años un amigo editor, este es el tiempo de los fascículos, de los cursos por entregas, de las colecciones más exóticas...
    Claro que también es cierto que los buenos propósitos a menudo duran poco y quienes nos apuntamos al gimnasio o iniciamos entusiastas la colección de abanicos o miniaturas de jarrones chinos abandonamos con facilidad el empeño. Conozco algún coleccionista de colecciones inacabadas que podrían servir para contar su biografía postvacacional.
    El caso es que hoy, flotando todavía en la nube del verano, me pregunto como es posible que hayamos caido en la trampa de un mundo al revés, donde el goce y el disfrute de la vida son la excepción mientras que el estrés y el miedo son la regla.