sábado, 18 de febrero de 2012

El pueblo unido...

En ocasiones anteriores he llamado la atención de quienes leen este blog acerca del "energumenismo", tan presente en nuestra vidas hispanas: la facilidad con la que nos levantamos la voz, descalificamos a quien no piensa como yo, le mentamos a la madre...
También en estas páginas he lamentado alguna vez las incoherencias de la izquierda, su costumbre inveterada de crecer por la via del fraccionamiento.
Los fanatismos no respetan la diversidad, ni siquiera entre quienes se llenan la boca con la fraternidad y la solidaridad pero solo son capaces de practicarlas con quienes les dan la razón.
Vuelvo a traer estas cuestiones a cuenta de dos episodios vividos esta semana.
El primero es que he terminado de leer la excelente novela de Leonardo Padura, "El hombre que amaba a los perros", que me prestó mi amigo Hilario Sáez (el monofisista errante).
Padura nos cuenta la vida del español Ramón Mercader, enviado por Stalin a Mexico para asesinar a León Trostky en uno de los periodos más oscursos de la historia de la izquierda, cuando las diferencias se resolvían a base de purgas y fusilamientos.
Su lectura me ha vuelto a hacer pensar en tantas y tantas energías cuyo objetivo era la construcción de otro mundo mejor, perdidas en el sectarismo cainita.
El segundo episodio fué hace unos dias, en una concentración de apoyo a Grecia, a su lucha ciudadana por la dignidad frente a la crisis económica que nos impone la codicia de "los mercados".
Erámos poco más de un centenar de personas (las mismas que nos vemos en todas las concentraciones).
Uno de los convocantes invitó a hablar a algún miembro de los sindicatos que andaba por allí. Y éste recordó las manifestaciones previstas para el próximo domigo en protesta por la reforma laboral que se ha perpetrado en nuestro país.
Varios participantes abuchearon al sindicalista, por oportunista y vendido al gobierno, y se formó un pequeño escándalo.
Algunas personas prometieron que no volverían a ninguna concentración más.
Siempre el mismo rollo de la división y la descalificación del otro.
¿Es imposible la unidad de las personas progresistas?
¿No podemos discrepar, ser críticos -y autocríticos-, reconocer y aceptar nuestra diversidad, al mismo tiempo que sumamos nuestras voces y nuestras fuerzas en torno a aquello que nos une?
¿Es necesario -y acaso posible- ser idénticos, coincidir al 100% en la "pureza" particular de cada cual para poder caminar juntos?
¿Nuestro principal adversario es la derecha?

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