viernes, 23 de marzo de 2012

Decidiendo el voto



El domingo hay elecciones en Andalucía y yo -como he hecho siempre- votaré.
En realidad, lo de limitarse a votar cada cuatro años me parece una perversión de la democracia, que no llega siquiera a ser "representativa" sino, como mucho, "delegada": mucha gente deposita el voto y delega su responsabilidad política -hasta las próximas elecciones- en las personas elegidas.
Pero, aunque me parezcan claramente insuficientes, soy consciente de que en las elecciones se juega mucho, demasiado, como para "pasar" de ello.
Cada elección produce el resultado de un determinado escenario de mayorías y minorías que deciden muchas cosas de la vida cotidiana, la mía y la de mis conciudadanos y conciudadanas.
Es verdad que, cada vez en mayor medida, las decisiones importantes no las toman quienes gobiernan los municipios, las regiones o, incluso, la nación. Descubrimos día a día que son los "mercados" (o sea: las grandes corporaciones, los especuladores financieros, las grandes fortunas...) quienes deciden la marcha del mundo, eso si, con la complicidad o el respaldo de los gobiernos que velan por sus intereses (aunque digan proteger los nuestros, los de todos y todas).
A pesar de ello, sigo pensando que la parcela de lo que se decide en cada comunidad local, regional o nacional, es todavía suficientemente significativa como para no menospreciar su importancia.
Y, además, no se me ocurre como se puede transformar la realidad, construir otro mundo posible, si no es empezando por lo más cercano, cambiando tu barrio, tu pueblo, tu ciudad...
Asi que, por esas razones, aunque sea con poco entusiasmo, sigo votando en cada elección que llega.
Pero cada vez es más complicado lo de decidir el voto.
Un criterio puede ser la afinidad ideológica, el grado de identificación con las ideas defendidas por las distintas candidaturas.
Claro que, últimamente, las campañas electorales están llenas de eslóganes publicitarios, de discursos propagandísticos, y huérfanas de ideas. Y, además, hemos aprendido que una cosa es lo que se dice en los discursos y otra lo que se hace a la hora de gobernar.
Entonces, tal vez, debamos atender a la ética, al compromiso de las diferentes candidaturas con los valores de honestidad, decencia, buen gobierno, transparencia...
Claro que los partidos parecen competir en desfachatez y ponen verde al contrario cuando en sus propias filas abundan los ejemplos de corrupción y abusos de poder.
Bueno, entonces tendremos que observar atentamente los programas, las propuestas concretas que cada partido propugna para dar respuesta a los problemas y necesidades de la gente.
Claro que también hemos aprendido que los programas electorales son papel mojado, que se puede jurar que no se subirán los impuestos para hacerlo al día siguiente de ganadas las elecciones, que se pueden incumplir, sin sonrojarse, todas las promesas hechas.
Quizás no quede otro remedio que comprobar la confiabilidad de las personas, de los diferentes candidatos y candidatas, prestar atención a su trayectoria personal y política.
Claro que los partidos no elaboran sus listas electorales atendiendo a los méritos y la calidad humana y política de sus candidatos. Sus listas son cerradas, confeccionadas por el aparato, por la dirección de cada partido. No se busca el espíritu crítico, la creatividad y la capacidad de liderazgo social, sino que se premian la fidelidad, la subordinación, la disciplina... Así que, en el mejor de los casos, junto a gentes honestas y brillantes aparecen otras muchas mediocres y corruptas, como la experiencia ha venido a demostrar.
En fin, siempre nos quedará la opción de "votar a la contra", para que no salga elegido ese partido que representa -en opinión de cada cual- lo peor del pensamiento y la práctica política. O votar "al mal menor", o sea, a quien previsiblemente hará menos daño o perjudicará menos los objetivos con los que cada cual se identifica.
Así que, el próximo domingo, me dispongo -una vez más- a taparme las narices y depositar mi voto en la urna. Y me temo que este será también el caso de otras muchas personas (de las que votan, que otras muchas se quedarán hastiadas en sus casas).
¿Y esto es lo que, con toda probabilidad -y recurriendo al tópico- llamarán "la fiesta de la democracia" los medios de comunicación?
Pues vaya fiesta de mierda.

4 comentarios:

  1. No me parece justo poner a todos los partidos políticos a la misma altura.
    Hay grandes diferencias, entre el PP y el PSOE o entre el bipartidismo y los partidos menores, y quien no las vea es que está ciego.
    Tu texto le hace un flaco favor a la democracia y favorece al abstencionismo, me parece demagógico.

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    1. Amigo o amiga "anónimo":
      Yo también creo que existen diferencias entre los partidos políticos (por eso no me da igual a quien votar), aunque -lamentablemente- en su manera de entender y practicar la política son muchas más las cosas en que se parecen que las que les diferencian, e incluyo aquí a los que llamas partidos menores y hasta los extraparlamentarios.
      Ese es el objetivo de este texto: defender la necesidad de un cambio radical, amplio y profundo, en los partidos políticos. Creo que tienen que democratizarse, promover en su interior el debate y el pensamiento crítico, la coherencia ética, el liderazgo colectivo, la horizontalidad, la participación... hacer primarias para todos los niveles y puestos de elección, abrir sus listas, ejercitar la escucha activa de la ciudadanía, etc., etc.
      Si no lo hacen,crecerá todavía más el abstencionismo y la desafección ciudadana hacia la democracia, y seguirá creciendo la semilla de un nuevo fascismo.
      No creo que defender ese cambio sea hacer demagogia, por el contrario, creo que quienes se resisten a ese cambio están poniendo en riesgo la democracia.
      Desde el respeto, un saludo cordial.

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    2. yo creo que el abstencionismo lo fomenta la democracia (partidocracia)que se ha construido en este pais, y el funcionamiento de los partidos politicos que tenemos. Entiendo que eso justamente es lo que denuncia el texto, y a pesar de ello propone la necesidad de no rendirse incluso votando

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    3. Si, amigo o amiga Anónimo, creo en el valor del voto, especialmente si va acompañado del compromiso político permanente. Y creo también en la necesidad de los partidos, de las organizaciones políticas... de otros partidos y otras formas de organización política. Me parece que son imprescindibles para transformar la realidad. Por eso admiro a quienes, desde dentro, trabajan por cambiar sus partidos, aunque me siento incapaz de seguir su ejemplo. Estoy convencido de que veremos un cambio profundo en los partidos (y en las personas).
      Gracias por tu comentario y un saludo cordial.

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