viernes, 27 de abril de 2012

En cada esquina un amigo...

El tío Paco coleaba todavía, chocheando, y aunque su dictadura ya no era tan dura como años atrás, seguía cubriendo el país de tristeza, oscuridad y silencio.
Estaba claro que, si no ocurría un milagro, aquél anciano sanguinario moriría de viejo. Parecía que la pesadilla no iba a acabar nunca. 
En la universidad hacíamos encierros y asambleas interminables, y salíamos a la calle, corriendo delante de los caballos de los grises.
En los barrios, las asociaciones vecinales y las escuelas populares de adultos nos servían para cuestionar la realidad, para aprender a leer y escribir el mundo que soñábamos.
La lucha política consistía en un montón de reuniones clandestinas y en hacer panfletos y carteles -con aquellas terribles imprentas "vietnamitas"- para llenar los buzones y las paredes de gritos de libertad.
Unos meses antes, los militares fascistas de Chile habían acabado con el sueño de Salvador Allende y habían dado un mazazo a nuestros propios sueños.
Por todo eso, cuando amaneció aquel 25 de Abril y escuchamos en la radio que los militares portugueses se habían levantado contra el regimen salazarista reclamando democracia y libertad, no podíamos creerlo.
¡Los militares... que siempre habían sido sinónimo de opresión!
Aquella Revolución de los Claveles no era todavía la nuestra, pero... ¡estaba tan cerca!
Los meses siguientes fueron de peregrinación general. Nuestro destino no era Fátima pero estaba muy próximo y, en caso de necesidad, servía de pretexto en la frontera.
Viajábamos a Portugal para ver y escuchar, para sentir en nuestra propia piel aquello que estaba ocurriendo allí. No queríamos perdérnoslo.
Asistíamos -con los ojos abiertos como platos- a las asambleas, que se multiplicaban en universidades, centros de trabajo, barriadas... y participábamos en todas las manifestaciones. Era fácil adivinar quienes veníamos de España porque, en un gesto reflejo, ocultábamos nuestros rostros de las cámaras de la prensa y la televisión.
También acudíamos a los cines, a ver las películas prohibidas en españa, Zeta, Estado de Sitio, El Gran Dictador, El Ultimo Tango en Paris... y comprábamos libros y discos prohibidos de Elisa Serna, Paco Ibañez, Quilapayún (nos sabíamos de memoria la Cantata de Santa María de Iquique)...
Y discutíamos apasionadamente todo lo que vivíamos en aquellos días, sintiéndonos libres y capaces de cambiar el mundo.
Por todo eso, todavía me emociono cada vez que escucho aquella canción mítica, Grandola Vila Morena, que se convirtió -con los claveles en la boca de los fusiles- en símbolo de aquella revolución hermosa.
Y siento que hoy, más que nunca, vuelve a ser necesario repetirnos que otro mundo es posible, alimentar nuestros sueños, unir nuestras manos y nuestras fuerzas, afirmar la necesidad y la vigencia de la revolución frente a quienes, hoy como ayer, imponen a la mayoría el dolor y la tristeza.

 
Esta nota va dedicada especialmente a los jóvenes y las jóvenes que compartimos sueños y luchas en aquél jóven barrio de Aluche

4 comentarios:

  1. ¿No te parece que lo de la "vigencia de la revolución" es cosa de otro siglo? Pura palabrería.

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  2. Amigo (o amiga) "Anónimo",
    El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice de "revolución":

    1. Acción y efecto de revolver o revolverse.
    2. Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación.
    3. Inquietud, alboroto, sedición.
    4. Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

    Creo que las cuatro acepciones son plenamente vigentes: necesitamos revolvernos, extender la inquietud y hacer crecer el alboroto (y la sedición, si fuera precisa) para producir un cambio -rápido y profundo- (esperemos que no violento) en las instituciones políticas, económicas y sociales de la nación (y del mundo, añado yo).

    El asunto no puede ser de mayor actualidad.
    Gracias por tu aportación.

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  3. Parece que las personas que no les gusta hablar de "revolución", tienen - en realidad- tanta vergüenza de ser tan anodinamente cómplices de una situación de cosas injusta e insoportable, que ni son capaces de decirnos su nombre.

    Sin revolución no hay vida. Una idea nueva nos "revoluciona" TODAS las neuronas. Una emoción inédita, nos "revoluciona" el ritmo cardíaco y la sensibilidad de la piel. Un amigo perpetuo, consecuente, coherente, que nos convoca a mirar más allá de nuestras narices, como Fernando, es un "revolucionario", porque nos ayuda a cuestionar el sentido de nuestras vidas

    Oscar Jara Holliday - San José, Costa Rica.

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    1. Querido Oscar,
      Gracias por tu comentario, por tus palabras hermosas y, sobre todo, por tu amistad.
      Yo también creo que la palabra "revolución" produce una curiosa urticaria a quienes quieren que todo siga igual.
      Lo jodido es cuando muchas de esas personas que reaccionan así son también victimas del sistema injusto.
      Ya me gustaría sentirme un "revolucionario", pero me parece algo muy serio y que compromete mucho, me produce demasiado respeto. En todo caso un eterno y mal aprendiz.
      Un fuerte abrazo.

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