viernes, 20 de julio de 2012

En la mani

Miles de personas, en la Avenida de Cádiz, protestando contra los recortes.
He participado en muchas manifestaciones. Ventajas o inconvenientes de peinar canas.
Para pedir el fin de la dictadura, para reclamar la amnistía, por el 1º de Mayo, para defender la salida de la OTAN, para protestar contra la guerra (la que tocara en cada momento), contra la ley de extranjería, para reclamar una vivienda digna, por una democracia real...
No sigo porque se me acaba el papel y no terminaría la lista.
El caso, ya digo, es que me ha tocado salir a la calle muchas veces a levantar la voz con otras gentes.
Y, desde que tengo memoria, he escuchado siempre esa vieja cantinela -que propagan quienes no quieren molestarse o quienes temen a la ciudadanía en las calles- de que "las manifestaciones no sirven para nada". Claro, sera por eso que les gustan tanto a quienes gobiernan.
Una manifestación -sobre todo si es multitudinaria, como las del 19J en toda España- es algo muy especial.
Sirve, de eso hay pocas dudas, para ir transformando conciencias y sumando voluntades, para construir mayorías que -antes o después- producen cambios sociales o políticos.
Pero, además, es una experiencia personal y colectiva de alta intensidad emocional, que nos conmueve, nos excita, nos exalta, nos hace sentir parte de algo grande, de una colectividad poderosa, del "pueblo unido" que "jamás será vencido".
Los gritos y consignas de las manifestaciones son todo un género literario, como ese clásico "pueblo unido" -nunca ha de faltar en una manifestación que se precie- que empezamos a escuchar en el Chile de Allende y se ha universalizado y traducido a mil idiomas, convirtiéndose en patrimonio de toda la humanidad.
Las mejores consignas han de rimar, en ingeniosos pareados que puedan corearse fácilmente, transmitiendo un mensaje claro. Algunos de los últimos hallazgos son el acertado "¡A ti que estás mirando, también te están robando!", el adecuado "¡El próximo parado que sea un diputado!", o el tan gaditano: "¡Que el viento de Levante se lleve a los mangantes!".
Luego, las manifestaciones son entidades vivas y cambiantes. Si te mueves por ellas, de un grupo a otro, descubres distintas emociones y formas de expresión: los bloques compactos que corean disciplinados las consignas, los grupos bullangueros que se acompañan de batucadas y charangas convirtiendo la protesta en una fiesta gozosa, las zonas familiares donde abundan los carritos infantiles y se reparten meriendas, los grupos alternativos que queman  hierbas olorosas y liban de litronas solidarias, los bosques de banderas partidarias y las pancartas oficiales junto a las pancartas caseras, personales e intransferibles, repletas de ingenuo ingenio...
Ayer, una de estas pancartas artesanales deseaba una anticipada "Feliz Navidad a Donald Trump", que traduciremos como "solo habrá Navidad para los millonarios", en línea con la constante alusión a los Reyes Magos, a los que se  vaticinaba un futuro de parados.
En una manifestación de esas que los periódicos llaman "históricas" se reunen y combinan militantes de toda la vida y jovencitos primerizos, perroflautas y yayoflautas, señoras de domingo del brazo de su esposo y parejitas de enamorados que marchan de la mano, grupos familiares y solitarios de paso...
Cuanto más se parecen a la calle, a la mezcla de gente que puebla la vida cotidiana, más auténticas son las manifestaciones.

1 comentario:

  1. Se me ha olvidado un grito -muy gaditano también- escuchado en la mani del otro día: "¡Mariaaaaaaaaaano!.....(y, responde la multitud)¡CAAAAAAAABRÓN!"

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