sábado, 7 de julio de 2012

La noche que murió la abuela

La noche que murió la abuela me despertaron los llantos en el pasillo.
Poco después, mamá entró en mi habitación, encendió la luz de la mesilla, se sentó al borde de la cama y, acariciándome el pelo, me dijo: "Miguel, hijo, la abuela se ha muerto".
Mi primera reacción fué de estupor, de desconcierto, pero el rostro desencajado de mamá, su voz quebrada, sus ojos enrojecidos me estremecieron y me eché a llorar.
Ella me abrazó, consolándome, mientras me decía al oido que la abuela estaba ahora en el cielo, con los angelitos, y que cada vez que yo rezara me escucharía desde allí.
Cuando ya me había calmado un poco, me dijo: "ven a darle un beso", me ayudó a ponerme la bata y las zapatillas, y peinó mi pelo revuelto con sus dedos.
La casa estaba llena de gente. La tía Concha y la tía Amparo lloraban abrazadas en la salita, mientras los tíos fumaban silenciosos al fondo del pasillo. Sentados en el comedor había varios parientes viejos que yo apenas conocía.
Todos me abrazaban y besaban, entre lágrimas y lamentos: "pobrecito, que ha perdido a su abuelita".
Papá despedía junto a la puerta a don Rafaél, el médico de la familia, que no había podido hacer otra cosa que certificar aquella muerte inesperada.
Yo me agarraba con fuerza a la mano de mamá, recorriendo el largo pasillo, como si entrara en un mundo desconocido, sin saber qué me esperaba tras la puerta del cuarto de los abuelos.
Todo estaba allí en penumbra, iluminado tan solo por las velas que se repartían por las mesillas y la cómoda.
En un rincón, un cura, vestido con roquete y estola, hablaba susurrando con el abuelo cabizbajo y abatido.
Dos mujeres mayores vestidas de negro, no recuerdo ahora quienes eran, rezaban en voz alta y monótona el rosario, sentadas junto al balcón.
Y tendida en la cama, envuelta en una sábana que solo dejaba ver su rostro, como las momias del libro de historia, estaba la abuela muerta.
Mamá me empujaba hacia ella, mientras repetía: "dale un besito, hijo".
Pero yo sentía mucho miedo y no quería soltar su mano.
"No tengas miedo, está como dormida. Despídete de ella."
Haciendo acopio de valor, empujado a lo inevitable, me arrimé despacio a la cama y acerque los labios a su rostro blanco y afilado.
La piel estaba fría, como una piedra helada.
Hubiera querido salir corriendo de allí, alejarme deprisa de aquél cuerpo sin vida, que ya no era la abuela.
La escena de la muerte de mi abuela, cuando yo tenía 9 años, me ha acompañado toda la vida. Fué la primera vez que me encontré cara a cara con la muerte. Este relato, literario, evoca los sentimientos y emociones de aquella noche.

2 comentarios:

  1. Estimado amigo Fernando, para después de ese ¡noqueo¡ de lo que se va, y no dejar esas huellas, Decía hace un tiempo que, para quienes nos movemos en el arco iris de la percepción interna entre el ser y el hacer, la búsqueda del equilibrio se convierte en un objetivo fundamental. Pero no se trata de elegir, sino de recolocar porque si el exceso de reflexión paraliza, la actividad permanente bloquea.
    Se trata pues de diferenciar y aprovechar los entornos y personas con las que reflexionar hace crecer para ser capaz de transformar esa fuerza creadora donde se necesita dinamizar.
    Un abrazo de des noqueo. Y beso

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    1. Querido Pedro,
      Gracias por estar siempre ahí.
      Sabes que, a veces con muy poco éxito, me paso la vida buscando ese equilibrio del que hablas.
      Seguiremos persiguiéndolo.
      Un besote

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