martes, 30 de octubre de 2012

Más mujeres (cambiando el mundo)


Ya he declarado anteriormente, en este mismo lugar, mi fe en las mujeres.
Me parece una suerte para la humanidad (especialmente para nosotros los varones) y un motivo de esperanza en el futuro que, cada vez más, aunque sea pasito a pasito, ocupen nuevos espacios de influencia.
Si, ya se que los varones -los machos- nos resistimos como gato panza arriba, que no nos resignamos a perder poder, que seguimos empleando la violencia para tratar de apagar su voz, retenerlas en la sumisión, mantenerlas en la invisibilidad. Pero es una lucha perdida.
Más temprano que tarde, las mujeres conquistarán -en todo el mundo- el espacio de igualdad que les pertenece. 
Por eso me alegro tanto de que Malala se recupere bien de sus heridas. Qué bueno. Necesitamos muchas mujeres como ella, abriendo caminos, rompiendo esquemas, cambiando el mundo.
El suyo es un heroismo que ha admirado a todo el planeta. Pero las mujeres nos han acostumbrado desde siempre a un heroismo callado, humilde, sin alharacas.
En todos estos años de trabajo en lo social, recorriendo mil y un lugares, he conocido innumerables ejemplos de ello.
Y estos días pasados, viajando por Galicia, me he encontrado de nuevo con más de esas mujeres, la gran mayoría de las cuales no recibirán nunca ningún reconocimiento público ni tampoco lo esperan, que tras descubrirse y construirse a si mismas -en los cursos de educación de personas adultas, en las pequeñas asociaciones de mujeres- siguen dedicando su vida a ayudar a otras personas, creando comedores populares para las personas sin hogar o las familias más golpeadas por la crisis, inventando pequeñas empresas para jóvenes en riesgo de perderse, reuniendo dineros de aquí y de allá para enviar canastillas y cunas a los orfanatos en Africa.
En eso, entre otras muchas tareas solidarias, ocupaba generosamente su tiempo Ana Mendez España, la madre de mi amigo Hilario, fallecida el pasado año, a la que hace pocos días dedicaban una calle en su pueblo.
Me alegré mucho, por la memoria de Ana y por la satisfacción de sus hijos, y también porque sentí que en ella se celebraban los ejemplos, los testimonios de y tantas tantas mujeres que cambian cada día el mundo, haciéndolo mejor, más habitable.Tacita a tacita. 

2 comentarios:

  1. En estos tiempos aparentemente malos, en los que cada vez parecemos más ciegos, puede parecernos que sólo los avariciosos, los soberbios y los egoístas terminan siendo recordados. La verdad es que es la buena gente quienes sostienen la vida cada día sencilla y discretamente. Tacita a tacita. Gracias Fernando.

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    1. No hay de qué, amigo. Al contrario, gracia a ti por compartir la dulce memoria de tu madre y convertirla en un testimonio de eso que dices: es la buena gente la que sostiene la vida cada día sencilla y discretamente.
      Un fuerte abrazo

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