lunes, 27 de febrero de 2012

Miedo a volar, miedo a cambiar

Ultimamente me acuerdo mucho de aquél "Miedo a volar", la novela erótica de Erika Jong, publicada en los 70, que supuso un bombazo en la sociedad española que despertaba de una dictadura pacata y casposa.
Pero mi recuerdo no tiene que ver con el sexo ni con la aerofobia, sino con los procelosos caminos del cambio social.
El caso es que, desde hace unos meses, andamos impulsando un proyecto que pretende alentar el cambio y la renovación de las organizaciones solidarias, cuya clave fundamental es la idea de sumar fuerzas para hacer posible esa transformación, y por eso lo llamamos "Sinergias".
Así que estamos encontrándonos con distintos grupos de colectivos y asociaciones, en lugares diferentes del Estado Español, para pensar juntos en el presente y el futuro de esas organizaciones de iniciativa social.
Son tres las primeras "conclusiones" personales que -provisionalmente- voy rescatando de esos encuentros.
La primera es sobre la creciente conciencia de la necesidad de un cambio radical (desde las raices) en el tejido asociativo solidario.
Cada vez es más claro, para quienes formamos parte de estos colectivos, que no hay otra alternativa de futuro que no sea la de reinventarnos.
No se trata solo de que la presente crisis económica nos obligue a encontrar nuevos medios, nuevas formas de sostenimiento de nuestras actividades y nuestras organizaciones ante el derrumbre del Estado de Bienestar y de las políticas de subvenciones. Es que también los profundos y vertiginosos cambios sociales han dejado obsoletas nuestras formas de accion, organización, participación, coordinación, comunicación... y los desajustes se hacen cada día más amplios y evidentes.
La segunda conclusión nos habla del miedo.
Las mismas personas que constatamos la necesidad urgente de los cambios manifestamos, al mismo tiempo, miedo a las resistencias, a las rutinas, a las zonas de confort instaladas en las entrañas mismas de nuestras organizaciones: el miedo a cambiar, a arriesgarse, el miedo a volar por horizontes desconocidos.
Si, necesitamos cambiar pero tenemos mucho miedo a hacerlo.
La tercera se refiere a los métodos, a los procedimientos.
Las asociaciones y colectivos sociales hemos perdido, por falta de ejercicio, una gran parte de nuestra "musculatura de cambio": no sabemos cómo hacer los cambios necesarios.
Se suponía que nuestras organizaciones eran, precisamente, "expertas" en impulsar y facilitar cambios sociales, pero cuando nos toca aplicarnos el cuento, cuando llega la hora de cambiarnos a nosotras mismas, nos sentimos incapaces, torpes, sin fuerzas.
Creo que estos tres sentimientos hacia el cambio (necesidad, miedo e incapacidad) se corresponden bien con el "estado de ánimo" socialmente dominante en estos tiempos de crisis.
Pero soy optimista. Pienso que, en la medida que se incremente y extienda la conciencia de la necesidad del cambio, también se debilitarán las resistencias y los miedos. Es una pura cuestión de supervivencia: "renovarse o morir", según la frase que se le atribuye a Unamuno.
Otra cosa son las herramientas para el cambio. Ahí tenemos, sin duda, un desafío: buscar, recopilar, inventar, desarrollar nuevos métodos y técnicas que faciliten los procesos de cambio en las organizaciones solidarias. Que les ayuden a perder el miedo a volar.
En eso estamos. 

sábado, 18 de febrero de 2012

El pueblo unido...

En ocasiones anteriores he llamado la atención de quienes leen este blog acerca del "energumenismo", tan presente en nuestra vidas hispanas: la facilidad con la que nos levantamos la voz, descalificamos a quien no piensa como yo, le mentamos a la madre...
También en estas páginas he lamentado alguna vez las incoherencias de la izquierda, su costumbre inveterada de crecer por la via del fraccionamiento.
Los fanatismos no respetan la diversidad, ni siquiera entre quienes se llenan la boca con la fraternidad y la solidaridad pero solo son capaces de practicarlas con quienes les dan la razón.
Vuelvo a traer estas cuestiones a cuenta de dos episodios vividos esta semana.
El primero es que he terminado de leer la excelente novela de Leonardo Padura, "El hombre que amaba a los perros", que me prestó mi amigo Hilario Sáez (el monofisista errante).
Padura nos cuenta la vida del español Ramón Mercader, enviado por Stalin a Mexico para asesinar a León Trostky en uno de los periodos más oscursos de la historia de la izquierda, cuando las diferencias se resolvían a base de purgas y fusilamientos.
Su lectura me ha vuelto a hacer pensar en tantas y tantas energías cuyo objetivo era la construcción de otro mundo mejor, perdidas en el sectarismo cainita.
El segundo episodio fué hace unos dias, en una concentración de apoyo a Grecia, a su lucha ciudadana por la dignidad frente a la crisis económica que nos impone la codicia de "los mercados".
Erámos poco más de un centenar de personas (las mismas que nos vemos en todas las concentraciones).
Uno de los convocantes invitó a hablar a algún miembro de los sindicatos que andaba por allí. Y éste recordó las manifestaciones previstas para el próximo domigo en protesta por la reforma laboral que se ha perpetrado en nuestro país.
Varios participantes abuchearon al sindicalista, por oportunista y vendido al gobierno, y se formó un pequeño escándalo.
Algunas personas prometieron que no volverían a ninguna concentración más.
Siempre el mismo rollo de la división y la descalificación del otro.
¿Es imposible la unidad de las personas progresistas?
¿No podemos discrepar, ser críticos -y autocríticos-, reconocer y aceptar nuestra diversidad, al mismo tiempo que sumamos nuestras voces y nuestras fuerzas en torno a aquello que nos une?
¿Es necesario -y acaso posible- ser idénticos, coincidir al 100% en la "pureza" particular de cada cual para poder caminar juntos?
¿Nuestro principal adversario es la derecha?

lunes, 13 de febrero de 2012

Pobreza

Ferreres. El Periódico. 8/2/2012
Me acuerdo mucho estos días de lo que le escuché a Aminata Traoré, hace año y medio, cuando nos preguntaba, a cuenta del impacto de la crisis: "y los jóvenes europeos...¿a donde van a emigrar?".
Lo recuerdo porque España ha vuelto a convertirse, en muy poco tiempo, en un país de emigración, y son ya miles los jóvenes que salen cada año a buscarse la vida fuera de nuestras fronteras. Mi hijo Pablo será, si nadie lo remedia, uno de ellos dentro de pocos meses.
Se trata de un terrible indicador del empobrecimiento progresivo al que está sometiendo la crisis económica a las clases medias y bajas del país.
Efectivamente, crece cada año el número de las personas que viven por debajo del umbral de la pobreza, que alcanza al 22% de la población, los comedores sociales y los bancos de alimentos reciben cada vez una mayor demanda de ayuda, más y más ancianos son retirados de las residencias geriatricas porque sus familias no pueden pagarlas y porque la modesta pensión del abuelo o de la abuela sirve para aliviar la penuria en las casas donde escasean otros ingresos.
El impacto de este empobrecimiento es mayor porque, hasta hace muy poco tiempo, vivíamos en el derroche, en la opulencia, en mitad de la fiesta del consumo...para pasar de golpe -como dice el chiste- a una nueva forma de "consumismo": con-su-mismo coche, con-su-mismo abrigo, con-su-mismo par de zapatos...
Pero, lo más sorprendente es que el bienestar de los más ricos, a pesar de la crisis, crece y crece. El mercado del lujo creció en España el pasado año un  25%. O sea, se vendieron más yates, más joyas y más coches de alta gama.
Los bancos más importantes del país redujeron el año pasado un 32% sus beneficios, y solamente ganaron... 15.000 milllones de euros.
O sea, que con la crisis la riqueza no ha desaparecido, lo que ha ocurrido es que se ha repartido de manera aún más injusta: los ricos son hoy más ricos, mientras que los pobres son todavía más pobres. La incertidumbre y la precariedad afectan a más personas.
Eso no evita que se culpabilice a las capas más débiles de la sociedad, a quienes se reprocha "haber vivido por encima de nuestras posibilidades" para justificar los ajustes y recortes en los derechos sociales y en los servicios públicos que vienen a agravar el empobrecimiento general del conjunto de la ciudadanía.
Pero, tal vez, lo peor de todo es nuestro empobrecimiento ideológico, la pérdida de la capacidad crítica, el adocenamiento, la alienación general... que nos lleva a la resignación, a la aceptación callada de este estado de cosas.
Tato Iglesias nos hablaba, cuando estuvo por Cádiz en 2009, de una "clase trabajadora con mentalidad de capitalistas", que piensa igual y tiene los mismos valores, las mismas aspiraciones que aquellos que la explotan y la oprimen.
Sin embargo, es posible que de tanto estirar la cuerda ésta llegue a romperse.
En Grecia ya han comenzado los incendios y los violentos tumultos sociales ante la inaguantable situación de empobrecimiento general que está provocando la crisis financiera.
Y en España, los únicos puestos de trabajo que convocará la Administración del Estado este año serán de policías y fuerzas de seguridad. ¿Por qué será?

lunes, 6 de febrero de 2012

Para que nada cambie

Tengo muchos amigos y amigas que militan honestamente en el PSOE. Vaya por delante mi admiración y mi respeto. Y, después, vayan también mis condolencias.
Tras las severas y sucesivas derrotas electorales, soñaban con una catarsis, con una refundación del partido desde sus cimientos, desde sus bases, que le sacara de los vicios adquiridos, de las viejas rutinas, de la acomodación y los excesos burocráticos.
Y eso no solo porque aspiran a volver a ganar elecciones, sino -sobre todo- porque en un momento de transformación social tan profundo como el que vivimos, en medio de una crisis del sistema, de un cambio de época, creen que su partido es necesario para dar respuesta a los importantes desafíos que enfrenta nuestra sociedad y la humanidad toda.
Desde esa convicción idealista, pensaban que el PSOE debía abrirse sin reservas a la participación de militantes y simpatizantes, arriesgarse a la autocritica, apostar por la reflexión colectiva y el debate, por la inteligencia colectiva, atreverse al pensamiento nuevo, a la innovación, a la experimentación de nuevas formas de acción y organización, dejar paso a las gentes más jóvenes...
No parece que ese haya sido el resultado del 38 Congreso del PSOE, al menos a juzgar por las fotos.
Las caras son las mismas, las mismas personas, los mismos discursos.
No tengo nada contra Rubalcaba -es más, me cae simpático, tal vez por afinidad generacional- pero él y la mayoría de las personas que le acompañan en el "nuevo" liderazgo del PSOE son las mismas que han venido gestionando ese partido en los últimos años y las mismas que han liderado la derrota en las urnas.
Y, al menos por el momento, no hemos podido escuchar una sola idea nueva sobre el presente o sobre el futuro.
Se podría pensar que, en el cálculo de algunos dirigentes, la jugada consiste en esperar a que la profunda y prolongada crisis económica que padecemos acabe por pasarle factura a Rajoy y al PP, y que en cuatro años -o, como mucho, en ocho- el electorado, como una fruta madura, vuelva a caer en las manos del PSOE.
Y mientras tanto, "algo debe cambiar para que todo siga igual", como decía Don Fabrizio en Il Gattopardo.
 Me encantaría equivocarme, daría algo por tener que tragarme esta nota, por descubrir que -tras el congreso- se inaugura una nueva época de participación y renovación de las ideas, los discursos y las formas de acción y organización en el PSOE. Porque, desde fuera, yo también creo que necesitamos a ese partido y a sus gentes para transformar el mundo.
En un libro de reciente publicación, Raffaele Simone dice que la izquierda no ha sido capaz de elaborar respuestas a problemas tan graves como la inmigración, la crisis medioambiental, la globalización, la Revolución Tecnológica... que se ha alejado de la gente y de la calle.
Comparto el análisis y la preocupación ante el silencio y la crisis de una izquierda que se resiste a cambiar.