Estaba claro que, si no ocurría un milagro, aquél anciano sanguinario moriría de viejo. Parecía que la pesadilla no iba a acabar nunca.
En la universidad hacíamos encierros y asambleas interminables, y salíamos a la calle, corriendo delante de los caballos de los grises.
En los barrios, las asociaciones vecinales y las escuelas populares de adultos nos servían para cuestionar la realidad, para aprender a leer y escribir el mundo que soñábamos.
La lucha política consistía en un montón de reuniones clandestinas y en hacer panfletos y carteles -con aquellas terribles imprentas "vietnamitas"- para llenar los buzones y las paredes de gritos de libertad.
Unos meses antes, los militares fascistas de Chile habían acabado con el sueño de Salvador Allende y habían dado un mazazo a nuestros propios sueños.
Por todo eso, cuando amaneció aquel 25 de Abril y escuchamos en la radio que los militares portugueses se habían levantado contra el regimen salazarista reclamando democracia y libertad, no podíamos creerlo.
¡Los militares... que siempre habían sido sinónimo de opresión!
Aquella Revolución de los Claveles no era todavía la nuestra, pero... ¡estaba tan cerca!
Los meses siguientes fueron de peregrinación general. Nuestro destino no era Fátima pero estaba muy próximo y, en caso de necesidad, servía de pretexto en la frontera.
Viajábamos a Portugal para ver y escuchar, para sentir en nuestra propia piel aquello que estaba ocurriendo allí. No queríamos perdérnoslo.
Asistíamos -con los ojos abiertos como platos- a las asambleas, que se multiplicaban en universidades, centros de trabajo, barriadas... y participábamos en todas las manifestaciones. Era fácil adivinar quienes veníamos de España porque, en un gesto reflejo, ocultábamos nuestros rostros de las cámaras de la prensa y la televisión.
También acudíamos a los cines, a ver las películas prohibidas en españa, Zeta, Estado de Sitio, El Gran Dictador, El Ultimo Tango en Paris... y comprábamos libros y discos prohibidos de Elisa Serna, Paco Ibañez, Quilapayún (nos sabíamos de memoria la Cantata de Santa María de Iquique)...
Y discutíamos apasionadamente todo lo que vivíamos en aquellos días, sintiéndonos libres y capaces de cambiar el mundo.
Por todo eso, todavía me emociono cada vez que escucho aquella canción mítica, Grandola Vila Morena, que se convirtió -con los claveles en la boca de los fusiles- en símbolo de aquella revolución hermosa.
Y siento que hoy, más que nunca, vuelve a ser necesario repetirnos que otro mundo es posible, alimentar nuestros sueños, unir nuestras manos y nuestras fuerzas, afirmar la necesidad y la vigencia de la revolución frente a quienes, hoy como ayer, imponen a la mayoría el dolor y la tristeza.
Esta nota va dedicada especialmente a los jóvenes y las jóvenes que compartimos sueños y luchas en aquél jóven barrio de Aluche



