sábado, 28 de diciembre de 2013

Dejen salir antes de entrar

Como se va haciendo costumbre, venimos a Madrid a pasar estas fiestas del solsticio de invierno.
Es la ocasión para encontrarnos -a comer y beber- con la familia y con muchos amigos que aquí viven.
También es una oportunidad de reencontrarme con la ciudad en la que nací y en la que viví tantos años, para observar los cambios que van produciéndose en ella.
Siempre he dicho -cosechando pocas simpatías entre mis amigos y amigas más forofos del "Foro"- que Madrid es una ciudad incómoda. Y no solo por las distancias, sino sobre todo por las multitudes, por la cantidad de gente que hay, vayas donde vayas (y no te digo nada en estas fechas señaladas).
Gente que suele ir deprisa y corriendo (vaya donde vaya), cada cual a su bola, sin prestar mucha atención al resto de las personas que, a fin de cuentas, se convierten en obstáculos de esa carrera hacia cualquier parte.
Estos días, viajando en el metro, he vuelto a ser testigo de los empujones para pillar un asiento y de las disputas que ello provoca.
Cuando yo era chico y esta era una ciudad provinciana que alguien definió como "un poblachón manchego", nuestros mayores nos enseñaban que en el metro o el tranvía -porque entonces había tranvías- era obligado ceder el asiento a las personas mayores y a las mujeres embarazadas.
Pero eso es impensable hoy en día y la gente viaja ensimismada en su teléfono, wasapeando o jugando al tetrix, sin levantar la cabeza.
Es solo un síntoma más, que sirve para dibujar la ciudad y a las gentes que la habitan: se pueden tener más y más cosas -autopistas, coches, centros comerciales, teatros musicales, cines y museos, etc.- pero todo eso no nos hace más amables ni más felices.
No es que esta realidad sea exclusiva de Madrid, es que esta ciudad, por sus dimensiones, amplifica y exagera los rasgos que definen nuestra sociedad y nuestro tiempo. Rasgos que, con toda seguridad, comparte con las demás grandes urbes que, en el modelo desarrollista que sufrimos, parecen condenadas a crecer y crecer hasta... ¿donde?
De nuevo en Madrid, en mitad de estas fiestas a mayor gloria del consumismo, vuelvo a pensar en la inevitabilidad y la necesidad del decrecimiento.

viernes, 20 de diciembre de 2013

El Séptimo de Caballería

Cuando era chico nos encantaban las "películas de indios" que, más que ver, bebíamos apasionadamente en las sesiones dobles de los "cines de pipas".
Los indios (apaches, sioux, comanches...) eran malos y crueles -se les veía en la cara, nada más aparecer en la pantalla-  y atacaban sin motivo los ranchos de los pobres colonos.
Luego, con los años, descubrimos que, en la realidad, aquellos "inocentes" vaqueros se apropiaban de las tierras de los indios y los masacraban a la mínima oportunidad.
Pero en aquella época que recuerdo aplaudíamos con entusiasmo cuando, al final de la película, los temibles indios con sus pinturas de guerra rodeaban la caravana de carretas que se dirigía al lejano Oeste y sus flechas llovían sobre aquellas bondadosas familias, y en el último momento llegaba al rescate el Séptimo de Caballería.
Era casi un lugar común de aquellas películas de serie B: cuanto más fea se ponía la cosa, más seguro era que se escucharía a lo lejos el toque de trompeta y aparecerían al galope los buenos para acabar con los malos.
Pienso ahora que esa parte de nuestra educación emocional nos hizo mucho daño, porque parece que estemos esperando la aparición del Séptimo de Caballería para acabar con tanto despropósito, tanto abuso, tanta injusticia como nos rodea.
De otra manera, no se explica la resignación, la sumisión incluso, con la que estamos soportando el expolio de derechos sociales, políticos, económicos... al que, con el pretexto de la crisis, nos está sometiendo la oligarquía económico-política (mientras llena sus bolsillos).
Nadie va a venir a salvarnos. Y, menos mal, porque los salvadores suelen convertirse en dictadores y el remedio acaba siendo peor que la enfermedad.
No, no llegará la caballería al rescate, y cuanto más la esperemos peor va a ponerse la cosa.
La única posibilidad de salir de este agujero en el que pretenden enterrarnos está en nuestras manos, depende de que nos organicemos para defendernos, de que nos neguemos al expolio y rompamos el cerco de la corrupción y el abuso.
Hemos de acabar con esa "ideología de la delegación" que deja las soluciones en manos de otros, y cultivar la cultura de la participación que nos convierte en protagonistas de la historia.
Claro que eso significa que el primer círculo a romper es el de nuestra propia "zona de confort" en la que nos sentimos tan agustito. No nos va a quedar otro remedio que levantar el culo del sillón, dejar un ratito el smartphone y el facebook, para salir a la calle, llenar las plazas de asambleas, unir nuestras manos y organizarnos para construir ese otro mundo posible que solo depende de nosotros y nosotras.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Más pobres

En Cádiz, hasta hace pocos años, las personas que mendigaban eran todas conocidas, personajes integrados en la vida cotidiana de la ciudad, pero ahora se multiplican en las esquinas y las puertas de las iglesias.
Hay muchos más pobres en las calles, durmiendo al raso, compitiendo por una limosna, viviendo de milagro.
En un conteo reciente de la gente que vive en la calle, partiendo de que los albergues para que pernocten las personas sin hogar están a tope, salían más de cien.
Los comedores sociales están al límite de su capacidad.Y eso que no se cuentan a los miles de personas que acuden cada mes a los bancos de alimentos, o a la Cruz Roja, para demandar víveres que les permitan sobrevivir. Están -invisibles- en sus casas, aunque puede que les hayan cortado la luz desde hace muchos meses.
Y es que esos nuevos mendigos son solo la punta del iceberg de la pobreza. Y lo que ocurre en Cádiz es, a escala reducida -porque la ciudad es pequeña- un reflejo de lo que ocurre en todo el país.
La crisis está empobreciendo a una gran parte de la población española. Buena parte de las familias hemos descendido uno o dos escalones en la escala social. Quienes formaban la "clase media-media" ahora no llegan a fin de mes. Quienes constituían la "clase media-baja" están hoy en el límite de la pobreza. Quienes ya eran pobres en la época de las vacas gordas, del consumismo desenfrenado, han alcanzado de golpe la miseria, la carencia de lo básico.
Las investigaciones dicen que hay más de 2 millones de niños por debajo del umbral de la pobreza en España.
Que no nos vengan con cuentos. Esto no es resultado de la fatalidad, ni de una catástrofe natural. No es que hayamos gastado por encima de nuestras posibilidades. No es que se haya volatilizado el dinero que ya no está en los bolsillos de una mayoría de la población, es que ha pasado a los bolsillos de una minoría que es hoy más rica que antes de la crisis.
El llamado "mercado del lujo" en España crecerá este año más de un 15%.
La crisis ha enriquecido a unas pocas personas y ha hecho mucho más ricas a quienes ya lo eran.
Esto no es una crisis, es una estafa, y se llama capitalismo.  

sábado, 12 de octubre de 2013

La mierda la Sole!

Esta semana pensaba escribir algo sobre las dificultades históricas que tenemos las personas "progresistas" para unir fuerzas y trabajar juntas, en lo que a la política toca, pero a ultima hora ha surgido un tema que me invita a volver a opinar sobre la estupidez supina de la clase política que nos gobierna, y que -tal y como lo he comentado alguna vez, y a pesar de la ola de mediocridad y estulticia general que nos inunda- no nos la mercemos (literalmente).
El asunto es que el Ayutamiento de Madrid -con su ínclita alcaldesa "relaxing cup" a la cabeza- ha decidido penalizar con multas de hasta 750 € a las personas que duermen en la calle.
Ya conocíamos, en el propio Ayuntamiento de Madrid y en otras corporaciones, iniciativas para castigar a quienes buscan comida en los contenedores de basura o mendigan por la calle afeando el paisaje urbano.
La alcaldesa de Cádiz, no hace mucho, justificaba la negativa a conceder licencias para vender en un rastrillo de fin de semana que aprovechan muchas personas en paro para sacarse cuatro euros, que "Cádiz no puede convertirse en un zoco".
La conclusión es que a nuestros dirigentes no les molesta la pobreza que afecta a muchas personas, sino que se vea.
Y prefieren criminalizar, reprimir, castigar... que resolver los problemas y atender las necesidades de las personas más golpeadas por la pobreza creciente.
Luego, para colmo de impudicia, no tienen pudor en calcarse peinetas y mantillas, colgarse crucifijos, darse golpes de pecho y presidir procesiones en nombre de los "valores cristianos" que dicen defender.
Mierda apestosa.
Pero, además... ¿a quien se le ha ocurrido la genial idea de combatir la pobreza poniendo multas a quienes no tienen para pagarse un techo y un plato de comida caliente? ¿Están gilipollas? ¿No tienen una sola neurona?
Lo que me indigna no es solo la insensibilidad de quienes, en teoría han de cuidar nuestros derechos y trabajar por mejorar la convivencia en nuestras ciudades. Me saca de quicio la estupidez, la ineptitud, la ignorancia pretenciosa que no se avergüenzan en exhibir.
Volviendo al inicio de esta nota, me dan mucho coraje unas izquierdas incapaces de abandonar sus insignificantes protagonismos de chiringuito para sumar esfuerzos, y me produce un enorme cabreo una
derecha -eso si, unida y disciplinada- "sin complejos" que no se corta en mostrar su rostro más cruel e insolidario.
Ya te digo: vaya mierda!


sábado, 5 de octubre de 2013

¿Cómplices o alternativos?

Siempre he sido un poco bocazas, lo reconozco. No he tenido la prudencia de callarme en muchas ocasiones que lo aconsejaban.
Especialmente en lo que tiene que ver con la percepción de la realidad social he creído que, aunque pudiera estar equivocado, debía decir siempre lo que pensaba, sin hacer concesiones a lo "políticamente correcto".
Probablemente, eso no ha contribuido a ganarme muchas simpatías.
Lo traigo aquí porque esta semana me ha tocado participar en un foro de reflexión con otras personas, dirigentes de distintas ONG y plataformas del llamado Tercer Sector de Acción Social (TSAS), con quienes debatíamos sobre la crisis, la democracia y la ciudadanía.
El debate discurría por una abierta -y justificada- crítica a los actores principales de esta crisis (que es una estafa): los poderes económicos y políticos que contribuyen, por acción u omisión, a que aumenten las desigualdades sociales, se pierdan derechos, se debilite la democracia...
Pero algunas voces nos invitaron a mirarnos al espejo, a pensar en nuestro propio papel en este momento que vivimos, y yo me sumé a esa mirada.
Creo firmemente que las ONG y las entidades del TSAS son piezas claves de la democracia, formas esenciales de la iniciativa social, que han cumplido y cumplen un papel fundamental en la mejora de la realidad, que apoyan y acompañan a personas y grupos especialmente vulnerables, etc., etc. He dicho y escrito mucho en defensa de estas organizaciones solidarias, destacando sus luces, así que no voy a justificarme.
Pero creo también que en España, en los años pasados, las ONG del TSAS, en términos generales y con las excepciones que existen, han sido demasiado complacientes con el poder, del que han estado más pendientes que de la gente, han entendido a las personas con las que trabajan o a las que dirigen sus acciones como usuarias y clientes, se han convertido en entidades prestadoras de servicios, renunciando a transformar la realidad, conformándose con "gestionarla", han competido entre ellas, han hecho suyos los valores, los lenguajes y las prácticas del mercado... han sido "políticamente correctas", cómplices del sistema.
Esto no debiera haber ocurrido nunca, pero en el momento presente no se sostiene.
No caben paños calientes ante la gravedad del tiempo que vivimos. No valen las medias tintas.
Por razones éticas, pero también estéticas, las ONG del TSAS tienen que hacer hoy una profunda revolución en sus formas de acción y de organización que las alejen de los despachos del poder, de las covachas del sistema, y las aproximen a la gente de a pie.
Pero, además, se han hiperinstitucionalizado y burocratizado, se han organizado de forma vertical y jerárquica, han descuidado la participación -interna y comunitaria- con el pretexto de la profesionalidad y la eficacia (como si debieran estar necesariamente en contradicción), se han instalado en sus zonas de confort renunciando a un cambio permanente y participativo de sus estructuras que debe ser una de sus principales señas de identidad.
Si las ONG del TSAS no son capaces de proponer y practicar algo diferente a lo que el sistema impone, si su papel va a a ser la beneficencia y asistencia para gestionar sus residuos, si ello les obliga a ser sumisas con el poder, entonces no son tan necesarias como ellas pretenden. Son solo un apéndice de un sistema injusto. No son parte de la solución, sino parte del problema
Lo que hace imprescindibles a las organizaciones solidarias no son solo, ni por si solos, sus valores, sus discursos. Son sus prácticas, sus formas de hacer y de organizarse, de cooperar, de animar el poder social, de fortalecer la capacidad crítica y la capacidad de respuesta de las personas, los grupos sociales, las comunidades... para construir Otro Mundo Posible.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Elogio de la Alegría Revolucionaria

Dice Nené que las redes sociales son como la "13 Rue del Percebe", que están llenas de ventanitas por las que puedes asomarte -aunque sea fugazmente- a la vida de las otras personas, conocer sus alegrías y sus tristezas, compartir sus intereses y sus sueños.
Antonio Rodríguez de las Heras las compara a una plaza pública donde se reúnen muchos corrillos, y nos movemos de uno a otro, escuchando una frase aquí, dejando una opinión allá.
También dice Antonio que el ciberespacio es un espejo de la "vida real" donde se reflejan las mismas cosas, las mismas personas -con sus virtudes y sus defectos-, sus aventuras vitales, individuales y colectivas.
En estos tiempos oscuros, en medio de esta guerra silenciosa que nos están ganando, cuando el dolor y la tristeza abundan tanto, las redes sociales son -así lo veo yo- un gran invento.
Ya he dicho aquí antes que, sin negar los riesgos y las sombras -que también las tienen-, las redes sociales son para mi una fuente de inspiración, de conocimiento, de comunicación, de descubrimientos, de aprendizaje, de enriquecimiento personal...
Viene al caso de lo que me ha ocurrido estos días pasados: mi hijo Pablo, que lleva un año emigrado en Irlanda, buscándose la vida fuera de un país que le niega -a él y a tantos y tantas jóvenes- el futuro, ha encontrado trabajo allí, lo que le permitirá seguir su camino vital. Y nos lo contó por skype el miércoles. Os podéis imaginar cómo nos alegramos y lo celebramos en casa.
La excitación nos llevó a llamar por teléfono a toda la familia... y a compartir la buena noticia en el feisbu. Y entonces fue la locura: en menos de 24 horas hemos tenido más de 100 "me gusta", que continúan llegando, y un montón de comentarios de felicitación.
Muchos de ellos son de amigos y amigas que conocemos "físicamente", pero otros son de "amigos y amigas" que solo conocemos a través de las redes sociales.
Tengo que decir que con la alegría se ha mezclado inevitablemente la tristeza de tantos y tantas jóvenes sin trabajo -empezando por mi hija carabanchelera, Ana-, por la injusticia de un país con dirigentes incapaces de hacer posible el futuro de las próximas generaciones. Pero no quiero hablar de eso ahora.
Quiero hablar de lo contagiosa que es la alegría, de la necesidad que sentimos -en medio de tanta desesperanza- de buenas noticias, de la cercanía que suscitan las historias personales,de cómo se dispara esa solidaridad básica, esa identificación primaria, cuando alguien comparte sus sentimientos y emociones con/desde el corazón.
Como dice la pintada que rescato -de las redes sociales- en el encabezamiento de esta nota, la alegría es revolucionaria. Necesitamos afirmar la alegría frente a la vida miserable que pretenden imponernos. Gritar -con una sonrisa- que no vamos a renunciar a la felicidad. Que no nos resignamos. Que sus valores, los que han conseguido inocularnos, no van a prevalecer. Que apostamos por la ternura y la solidaridad, y la cooperación y el apoyo mutuo, por el compartir y el cuidado de las otras personas, por el amor y la belleza, por la sencillez y la caricia.
Que no nos robarán la alegría.
Como dice Mario Benedetti en su poema "Defensa de la Alegría":

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos 

viernes, 20 de septiembre de 2013

Qué dirá el santo padre...

Dice mi amigo Jose F. que "no parece muy republicano desear la abdicación de un rey".
Aprovechando el viaje, diré yo que "no parece muy agnóstico desearle larga vida a un papa".
Me acuerdo estos días mucho de aquella canción de Violeta Parra, que nos llegó a través de Quilapayún, y no puedo evitar que se me escape una sonrisa pensando en la úlcera de estómago de monseñor Rouco Varela a cuenta de las cosas que dice este papa Francisco.
Aunque me eduqué en un colegio de curas y hasta quise ser misionero cuando era adolescente, el tiempo me ha traído hasta el agnosticismo.
No creo en ningún dios, aunque me siento una persona espiritual y creo que no todo se reduce a la sola materia, que hay fuerzas que trascienden lo visible, lo tangible, la razón... que existen hilos que nos vinculan a las otras personas, a los animales, a la naturaleza, al universo.
De otra manera no se explicaría -en mi opinión- el amor, el altruismo, la solidaridad, la entrega a las demás personas, la lucha por un mundo mejor...
Respeto sinceramente todas las creencias, aunque tengo un grave conflicto con las religiones y, todavía más, con las iglesias. Mi problema empieza cuando las creencias particulares se convierten en dogma, en imposición, en ley, en poder...
Creo que las religiones y las iglesias han hecho mucho daño a lo largo de la historia, han sido causa de mucha violencia, de mucho sufrimiento, de mucho dolor. Con frecuencia han servido a los poderosos y han ayudado a la sumisión de los débiles.
Ya se que no todo ha sido así, que muchos hombres y mujeres de religión han entregado generosamente su vida por los demás, por hacer un mundo mejor y más justo. Pero, aunque hayan sido muchos, eran la excepción frente a la norma.
Un ejemplo de lo que digo está en nuestra historia reciente, en el papel de la Iglesia Católica, de su jerarquía, durante el franquismo y en su postura en estos años oscuros que vivimos.
Hemos visto a los obispos escandalizarse, llamar a la rebelión por la educación para la ciudadanía, el preservativo, la homosexualidad, el aborto... y callar como muertos ante la pobreza, el desahucio, la guerra, la injusticia, la pederastia... Jesús de Nazaret les hubiera llamado "sepulcros blanqueados" y les hubiera expulsado del templo con el látigo.
Por eso me pregunto que dirán Rouco y sus colegas ante los gestos y las palabras de este extraño papa.
Y, aunque sea agnóstico, le deseo una larga vida para que -ojalá- sea capaz de transformar la Iglesia Católica y hacer de ella un instrumento para construir un mundo mejor.
Amén.
 

sábado, 14 de septiembre de 2013

Apuntes para una novela

Tengo un argumento para una novela.
Trata de las peripecias de un joven nacido a comienzos de los 80, en una época en la que todo eran expectativas de un futuro mejor.
Se crió en una familia de clase media, en un barrio periférico de Madrid, aunque luego tuvo que viajar al Sur siguiendo a sus padres que huían del estrés de la capital.
Le costó un poco adaptarse a una nueva ciudad y encontrar nuevos amigos, pero no hay nada que el tiempo no cure.
Estudió una carrera, no por una especial vocación, sino -en cierto modo- porque era lo que se esperaba de él y "para tener un título", que siempre es algo útil.
Tuvo novias y se enamoró de alguna, aunque su historia sentimental no fue demasiado afortunada, tal vez porque no era un chico fácil y tenía un carácter algo enrevesado.
También tuvo algunos trabajos, de camarero, teleoperador... nada relacionado con lo que había estudiado, pero le permitía vivir por su cuenta, pagarse sus birras, un poco de "chocolate" de vez en cuando y aquellos comics que tanto le gustan.
Luego, y aquí viene la parte central de la novela, llega la crisis y se queda bruscamente sin trabajo. Entonces decide subirse en marcha al proyecto de un amigo y emigra con él a Dublín.
Las primeras semanas viven en un hostel muy cutre, pagando su alojamiento con trabajo, hacinados con otros muchos jóvenes, hasta que consiguen salir de allí para compartir un pequeño apartamento con dos brasileños y dos italianos, turnándose para dormir en el sofá.
Entonces llegan meses de patearse la ciudad, repartir currículos por todos lados, acudir a todas las ofertas posibles de empleo... Y, en ese viaje por un territorio desconocido, conoce a otros jóvenes que, como él, se buscan la vida: italianos, polacos, franceses, más españoles... los restos del naufragio europeo.
Y descubren un pub, un sitio muy especial, con una gran mesa de billar, que convierten en su lugar de encuentro. Nuevos amigos y amigas por conocer. Se suceden las escenas de celebración (un cumpleaños lejos de casa, un amigo que se va, otros que llegan...) -con mucha cerveza (Guiness, of course)- en un Dublín frío y húmedo.
Y también hay una historia de amor -no sabemos si "imposible"- con una muchacha étíope refugiada en Irlanda que conoce en un curso de "orientación laboral para inmigrantes". La belleza de la joven le engancha rápidamente, pero en los sucesivos encuentros va descubriendo la gran diferencia cultural que les separa y eso le hace preguntarse muchas cosas. Y siente que está cambiando. Y se pregunta si tendrá que volver, en caso de no encontrar trabajo allí, y qué hará entonces aquí, en España.
Este es, en síntesis, el argumento de la novela.
Se me ocurre que es una historia de nuestro tiempo, que habla de lo que nos está pasando -especialmente a la gente más joven- y que tiene partes tristes, si, pero también otras llenas de ternura, de risas, de amistad, de amor.
No se como acabará la novela, ni siquiera se quién la escribirá ¿Tal vez él mismo?  

viernes, 6 de septiembre de 2013

Vuelo nocturno

Voy volando alto, con los brazos extendidos como alas, deslizándome suavemente en grandes espirales, igual que un buitre, aprovechando los cambios de temperatura de las corrientes de aire.
Desde la altura contemplo todo el paisaje hasta una gran distancia, los cerros y los valles, el río que serpentea entre los chopos, los bosques de carrascas...
Desciendo ahora, muy lentamente, hacia aquella construcción parda que se confunde con el paisaje.
El lugar está rodeado de un muro de piedra con un gran portón de madera frente al cual me poso.
Cruzo la puerta y entro a un amplio patio, cubierto de hierba y grupos de árboles que crean zonas de sombra, al que se abren talleres y salas para realizar todo tipo de actividades artísticas, artesanales, creativas. También hay un amplio espacio diáfano para la meditación, una biblioteca y un lugar para escuchar música.
Ahora camino hacia una esquina del patio para entrar a la casa, excavada en tierra, como un inmenso pozo cubierto por una gran vela de barco, que deja pasar la luz y al mismo tiempo da sombra.
Está formada por tres pisos, unidos por escaleras de madera, que bajan hacia el fondo. En cada piso las habitaciones se disponen en círculo unidas por corredores y barandales de madera asomados al patio interior.
Al fondo del patio/pozo, un jardín con muchas plantas y nuevos rincones para el encuentro. En las épocas más frías se enciende un gran fuego en su centro.
Allí me siento en paz.
Y callo.
(Transcripción de un sueño)

domingo, 1 de septiembre de 2013

Atardeceres y libros

Con razón dice Antonio Rodríguez de las Heras que las vacaciones son, sobre todo, "tiempo".
Tiempo que parece estirarse para "dar tiempo" a todo.
Tiempo para caminar, para viajar, para nadar, para leer, para ver películas, para charlar, para cantar, para observar, para escuchar, para contemplar, para soñar, para dormir, para disfrutar de la amistad, para amar, para aprender, para reir, para comer, para beber, para vagar, para vaguear...
En estas vacaciones que terminan hoy, he vuelto a experimentar esa sensación del tiempo que se alarga, cada día y día tras día. Y, sin embargo, aunque pareciera que hubieran durado mucho, uno no quiere que se acaben nunca las vacaciones.
El cuerpo y el alma se acostumbran a esa relación despreocupada con el tiempo, sin urgencias, sin prisas, sin límites, y resulta muy duro regresar a las rutinas, a los horarios, a las obligaciones.
Rescato, de entre todas las vivencias de este tiempo elástico, dos que regresan -con placer- una y otra vez a mi vida.
Una son los atardeceres, el momento -del que traigo aquí dos ejemplos/imágenes recientes- en que el sol se oculta al final del día.
Me parece una hora mágica, de silencio e introspección, que activa en cada cual la memoria ancestral, la de millones de personas preguntándose -desde los inicios de la historia humana- por el misterio de ese ocaso, en la incertidumbre de un nuevo amanecer.
No sorprende que las culturas primigénias adoraran al sol y le hicieran sacrificios.
Soy incapaz de ignorar un atardecer. Cuando llega esa hora, dejo lo que estoy haciendo y contemplo el gran espectáculo.
Tengo el privilegio de que mi habitación está orientada hacia el oeste, y desde ella -sentado en la cama- se domina el paisaje que encabeza este texto. Pero todos los atardeceres me parecen hermosos y nostálgicos.
La metáfora perfecta del tiempo que pasa... y regresa.
La segunda vivencia son los libros, la lectura.
Soy un lector voraz, a falta de otros vicios mayores. Siempre tengo un libro o dos en mi mesilla de noche o en la bolsa de viaje. Antes los compraba, ahora hago uso de las bibliotecas públicas porque en mi casa ya no caben tantos libros, porque la economía no me permite otra cosa y porque me complace apoyar esos espacios públicos para la cultura en trance de extinción. Todavía no he llegado al libro electrónico.
Pero, en vacaciones, el hábito se convierte en adicción y la madrugada me sorprende leyendo y las siestas se alargan en una vigilia lectora.
Este mes he leído un puñado de novelas: "La canción del jardinero" -protagonizada por una detective india en Bombay- escrita por Kalpana Swaminathan, "El poder del perro" y "Salvajes", de Don Winslow, fascinantes y estremecedoras en su violencia, "El eco negro" y "La caja negra", de Michael Connelly, un maestro del género "negro", por supuesto, "El accionista mayoritario", una de las pocas que me faltaban de Petros Markaris... Y he releido "Asesinato en Prado del Rey", de Manuel Vazquez Montalbán, al que estoy revisitando -con placer- al cabo del tiempo, y "La transmigración de Timothy Archer", la última novela del siempre inquietante Philip K. Dick.
Y para "desengrasar" de tanta novela policiáca, las he combinado con dos lecturas diferentes: "Sintiendo la paz. El arte de vivir conscientemente", de Tich Nath Hanh, un maestro zen vietnamita, y "En el combate por la historia. La república, la guerra civil, el franquismo", de varios autores, editado por Angel Viñas, que me ha llevado a repasar esa época de nuestra historia que sigue tan presente.
Los libros son un vehículo fascinante para visitar otros lugares y otras épocas, conocer otras experiencias, otras miradas... Son -especialmente en vacaciones- otra forma de estirar el espacio y el tiempo.


viernes, 2 de agosto de 2013

Instrucciones de uso

Despertarte a la hora que te lo pida el cuerpo y quedarte en la cama, remoloneando.
Levantarte -sin prisas- y echarte encima cualquier camiseta gastada y unas bermudas viejas.
Hacerte un desayuno de lujo, con su zumito, su fruta, sus tostadas con aceite, su te verde... y tomarlo -despacito- mientras pasan las nubes por la ventana.
Volverte a la cama, o al sillón, o a la sombra de un árbol... a seguir leyendo esa novela apasionante que te tuvo despierto hasta la madrugada.
Dejar que el sopor te gane la partida y echar una cabezadita a media mañana.
Bajarte a la playa, caminar por la orilla y darte un largo baño, jugando con las olas.
Hacer una suculenta comida: una rica ensalada de pasta con salmón, un cuscus con pollo, un arroz con chirlas... disfrutando de cocinar, mientras escuchas -y cantas- viejos boleros.
Comer con los amigos, con tu gente querida, mientras discurre -plácida- la conversación y corre -generoso- el vino.
Abandonarte de nuevo a la lectura -breve- y a la siesta... en el frescor de la alcoba oscurecida.
Despertar y hacerte un te, tomártelo -pausadamente- sentado a la fresca, en el patio.
Caminar -cuando baje la flama- por el campo, sin rumbo, dejándote tentar por los senderos que se abren al borde del camino.
Contemplar -en silencio- como cae la tarde, llega la noche y el cielo se llena de estrellas.
Volver al vino y los amigos, contar muchos chistes, compartir muchas risas.
Jugar una partida de cartas, perderla y que no te importe.
Regresar a la lectura -con fondo de música de jazz- hasta que el cuerpo aguante o se descubra al asesino.
Dejar que el sueño avance ocupando -poco a poco- distintos territorios de tu cuerpo. Abandonarte a él.
Ah!... y aliñarlo todo con muchos abrazos y besos, con cientos de caricias y ternuras, que calienten tu corazón y provoquen -permanentemente- tu sonrisa.

viernes, 26 de julio de 2013

Los miedos del poder

El poder es, para entendernos, la capacidad de tomar decisiones que influyan en la vida de otras personas.
Hay una manera generalizada de entender el poder como algo que se obtiene (por la fuerza, por los votos, por delegación de otros más poderosos...), se incrementa y se defiende a toda costa: cuanto más tengas, mejor.
El afán de poder, al parecer, es un "instinto básico" tan poderoso como el sexo. Las personas obtenemos un gran placer del ejercicio del poder. Esto no vale solo para los gobiernos o las grandes corporaciones financieras, vale para todos los niveles de la vida social: hay mucha gente que experimenta una gran satisfacción por el hecho de ser presidente/a de la asociación de vecinos del barrio o jefe de sección en un centro comercial. Como dice el refrán "si quieres saber como es fulanito, dale un carguito".
El ser humano establece pactos, compromisos con otros, se organiza, crea "estructuras" que permitan conseguir más poder y mantenerlo todo el tiempo posible. Así nacieron los ejércitos, las iglesias, los partidos políticos, la mafia, las grandes corporaciones empresariales...
Esas "estructuras de poder" tienen un miedo fundamental: perderlo. Nada hay que les pre-ocupe y ocupe más. Todo vale para conservarlo.
Y una de las principales amenazas para el poder establecido es la participación. Si la gente tiene derecho a saber, a opinar, si puede criticar, cuestionar, discutir... entonces el poder se tambalea.
Así, vemos que incluso aquellas organizaciones más "progresistas", que propugnan -al menos en sus discursos- la participación como principio, cuando llega la hora de la verdad prefieren asegurarse el poder y no ponerlo en riesgo (¿lo has pillado, Susana?).
Esa es una forma de entender el poder muy extendida, si, pero viejuna.
Efectivamente, en los tiempos que corren, quienes se desviven por acumular más y más poder para si y "los suyos" van contra el sentido común y contra la historia.
En mitad de un cambio de era como el que estamos atravesando, el poder, la capacidad de influir, la capacidad de hacer y cambiar las cosas (las más próximas y las globales) está directamente vinculada con la cooperación entre las personas.
Paradójicamente, en la segunda década del siglo XXI, se tiene más poder cuanto más se comparte, cuanto más se distribuye, más se reparte, cuantas más personas interactúan, toman parte en él: "participan".
Esto es algo cada día más evidente en el ámbito de la economía y de la empresa, de la ciencia y el conocimiento, del arte y la cultura... pero también en el de la política y la gobernanza.
La ciudadanía reclama, en todas partes del mundo, más participación, más poder, más democracia.
Nuestros políticos y gobernantes son todavía de otra época pasada, no han entendido esto, creen en principios que ya no valen, que no sirven. Por eso serán inevitablemente arrastrados por el tsunami de la historia.
Están avisados/as.

viernes, 19 de julio de 2013

Propuestas para Protestas

Ayer por la tarde nos "concentrábamos" una docena escasa de personas frente a la sede del PP en Cádiz, dispuestas a protestar por la tomadura de pelo política que sufrimos cada día.
También había cuatro policías en moto y tres secretas, uno de los cuales asomaba vigilante la nariz por la esquina, como el agente secreto Anacleto.
Por poco, casi nos ganan los polis en número.
No hay que deprimirse: en Madrid y en otras grandes ciudades protestaban a la misma hora miles de personas; estamos en verano y en una ciudad con playa; la información no circula bien pese a las redes sociales; tal vez -incluso- se haya abusado de las convocatorias, quemando a la gente que se manifiesta siempre; el personal está desanimado y siente que las protestas no sirven de nada...
Eso sin contar con que ésto es Cádiz y aquí hay que... hay que joderse con la fama de cañera y revolucionaria tras la que se esconde una ciudad conservadora y conformista que solo se moviliza en y por los carnavales. Vamos, aquello de "mucho larala y poco lerele".
De modo que los cuatro gatos que allí nos reuníamos nos preguntábamos -para pasar el tiempo- qué se podría hacer para conseguir que las protestas tuvieran mayor impacto, consiguieran atraer a más -y nuevas- personas, cumplieran su función de denuncia social más allá del número de personas que lograran reunir.
Se nos ocurría -mientras veíamos pasar, toda chula, a la alcaldesa disfrutando del escaso éxito de la convocatoria- que sería divertido hacer una especie de "contra-escrache", en el que nos dedicáramos a lanzarle piropos satíricos: "¡Viva la alcaldesa sobre-saliente!¡Incorrupta!¡Alcaldesa, todos somos contingentes, pero tu eres necesaria!¡Viva la munícipe por antonomasia!" (recordando "Amanece que no es poco")", todo ello entre vítores y aplausos, hasta abrumarla de vergüenza.
También podríamos hacer, llevando al extremo el carácter de "concentración" que tienen muchas de las convocatorias, "concentraciones profundas" en las que la protesta consistiera en sesiones de meditación, en postura de loto, en el mismo lugar de la protesta, frente a la puerta del PP. Además de llamar la atención pública, sería muy útil y relajante para las personas "concentradas".
Aunque la verdad es que no hace falta estrujarse mucho el coco porque cada día aparecen nuevas formas de protesta.
Está, por ejemplo, el movimiento Femen que nació en Ucrania y se extiende por todo el mundo en el que las feministas protestan enseñando sus pechos desnudos, en una vuelta de tuerca del uso sexista del cuerpo de la mujer.
Y está también el Ejercito de Payasos Rebeldes, Insurgentes y Clandestinos, el Clandestine Insurgent Rebel Clown Army, CIRCA, nacido en Gran Bretaña y extendiéndose rápidamente por otros muchos países, que protesta contra la globalización y la guerra "haciendo el payaso", literalmente.
En esa misma línea, están las acciones de la Raspa Indignada, un colectivo surgido del 15M en Bilbao, que convoca "maniperformances" y otras actividades de protesta, pero siempre con humor.
Por hablar de Andalucía, aquí surgió el grupo Flo6x8, que utiliza el flamenco para la protesta contra los recortes, los bancos y otras estructuras de poder, y que han tenido una gran proyección en youtube.
Recientemente, tras las protestas masivas de la Plaza Taksim en Estambul, ha aparecido otra nueva forma de protesta, "El Hombre en Pie" -reflejada en la foto que encabeza esta nota- que utiliza el silencio y la pasividad como forma de protesta y que ha empezado a extenderse por otros muchos lugares de Turquía.
Y son muchos más los ejemplos -seguro que tu que estás leyendo esto conoces alguno- como los del colectivo Consume Hasta Morir, que utiliza la contrapublicidad como herramienta de denuncia, y otras muchas formas de "Artivismo" en las que el arte se funde con la protesta política.
Así pues, parece que el problema de la debilidad de las protestas no es la falta de imaginación -y en Cádiz, no te digo- ni la posibilidad de realizarlas de manera divertida.
Tal vez, lo que nos faltan son ganas de protestar. ¿No?

viernes, 12 de julio de 2013

Memorias de un machista

Cuando han trascendido -estos días pasados- las imágenes de las agresiones machistas en los Sanfermines, eran dos las reflexiones que me provocaban.
La primera, sobre el cinismo que implica criticar -también en los medios de comunicación- las agresiones sexuales en la Plaza Tahrir o las violaciones en la India, fruto del "atraso" de esos países subdesarrollados, mientras se disculpa que arranquen la ropa y toquen las tetas de las tías en Pamplona como un "exceso" derivado del abuso del alcohol. Cualquiera de los sujetos que aparecen en las fotos se sentiría probablemente indignado si se le equiparara con los violadores egipcios o indios, pero pertenecen a la misma especie repugnante.
La segunda reflexión que me planteaba es sobre el fracaso de la educación, en las familias y las escuelas, que no ha conseguido, al cabo de tanto tiempo, de tanto asesinato machista y tanto discurso sobre la igualdad de género, erradicar las actitudes machistas en la juventud de nuestro país. Es desalentador comprobar que el machismo permanece vivo y pujante entre nuestros jóvenes. Un machismo que considera a las mujeres como un mero objeto de placer sexual para los machos.
Pero, después de tranquilizar mi conciencia personal echando balones fuera y poniendo el problema en esos jóvenes y en el fracaso de la educación, dándole algunas vueltas más, el asunto no me parece tan claro.
El problema está en los más jóvenes, si, pero también en los menos jóvenes, en mi mismo, en todos los tíos. Yo también he sido criado en el machismo y, probablemente, aunque no sea -o no quiera ser- consciente de ello, he transmitido muchos de esos valores machistas a mi hijo.
Dicen por ahí que los varones no somos capaces de pensar más que en una sola cosa, siempre la misma. Que el sexo ocupa la totalidad de nuestra actividad intelectual. Seguramente es una exageración, pero también se que en mi historia personal, en las relaciones con los otros tíos, el tema del sexo, de "las tías que nos tiraríamos", ha estado siempre presente.
Es cierto que, con el paso de los años y gracias a la influencia de muchas mujeres que nos han educado a pesar nuestro, hemos ido cambiando un poquito y estas imágenes que hace algunos años nos hubieran hecho sonreír hoy nos producen repugnancia. Pero las raíces profundas del machismo están ahí, en todos los tíos y también -aunque parezca imposible- en muchas tías. E, incluso en los tíos a los que se nos supone un poco más "evolucionados", perviven muchos "micromachismos".
Así que no tengo nada claro como se soluciona esto, aunque, una vez más, se me ocurre que la respuesta empieza por mi mismo, por cada uno de nosotros, por nuestra casa y nuestro entorno más cercano.

sábado, 6 de julio de 2013

Por la mañana temprano...

Se despierta y se sienta en la cama con el cebollón que le produce la medicina para la alergia que toma al acostarse.
Se debate entre el sueño y la vigilia, con la tentación de dejarse caer de nuevo sobre la almohada.
Se incorpora y camina arrastrando los pies hasta el baño.
Allí se sienta a dormitar otro ratito, mientras vacía la vejiga.
Luego, haciendo un esfuerzo, se acerca hasta el lavabo y se moja con agua fría la cabeza y la cara para espabilarse un poco.
Vuelve al cuarto y, con cuidado de no despertar a la mujer que duerme, se pone el bañador y la camiseta. Coge la bolsa con la toalla, preparada desde anoche, y sale silencioso por la puerta.
En el ascensor se ve reflejado en el espejo: los ojos hinchados, la cara abotargada por el sueño. Bosteza.
Sale a la calle y camina hasta la rampa que baja a la playa, mientras ve al fondo el Campo del Sur y el Castillo de San Sebastián, iluminados por los primeros rayos del sol que se va levantando desde Medina Sidonia.
La playa está solitaria y en sombra. Ya han pasado los hombres que la limpian de las huellas de ayer, tan solo queda el que barre cansino la arena de la rampa y las duchas.
Deja, como siempre, la bolsa sobre la Piedra Barco y busca en la arena una zona lisa y firme donde hacer los ejercicios.
Empieza a calentar el cuerpo con la rutina de siempre: abre las articulaciones, mueve el cuello, los hombros, la cintura, las rodillas, haciendo estiramientos...
Ahora, saluda con la mano a Juanjosé, que fue futbolista del Cádiz y el Real Madrid, y va y viene todas las mañanas, de una punta a otra de la playa, caminando ligero.
Vuelve su atención a la respiración y al movimiento.
Con el cuerpo ya despierto, se coloca en la postura del "vacío": inmóvil, con los ojos cerrados, las piernas y los brazos ligeramente abiertos, las palmas de las manos mirando hacia la arena. Respirando tranquilo. Abriendo los oídos a los sonidos del mar. Haciéndose consciente del aquí y el ahora.
Y entonces, después de unos pocos minutos, cuando ya ha encontrado el estado de ánimo propicio, realiza una serie de ejercicios de chi kun, las "8 piezas del bordado", que aprendió hace años en los montes de Navarra y le han acompañado desde entonces.
Conoce bien los movimientos, las posturas, no tiene que pensar en ellas. Puede centrar la atención en la respiración, en la armonía y la lentitud de los movimientos.
De vez en cuando, pasa cerca un corredor mañanero o una pareja de mujeres mayores que caminan por la orilla, pero apenas los siente, atento a sus sensaciones interiores.
Al cabo del tiempo, que pasa ligero, sin sentir, completa la serie de ejercicios y vuelve a la postura del vacío durante unos minutos más, repasando las sensaciones, el calor de los músculos, el fluir de la sangre por todo el cuerpo, la brisa que acaricia su piel...
Entonces se quita la camiseta y la guarda en la bolsa.
Camina hasta la orilla, allí donde los primeros rayos de sol tocan el agua, y va entrando lentamente, dejando que el cuerpo se acostumbre poco a poco.
Luego se zambulle y nada despacio.
Es como si regresara al origen, como si se fundiera con el mar del que todos nacimos un día.
Y goza.

miércoles, 26 de junio de 2013

El chocolate del loro

Hace algunos meses, la activista Susan George nos ponía en guardia: "ensayan con los españoles para ver cuanto aguantan." Al parecer, somos un laboratorio de experimentación donde se comprueba la capacidad de resistencia de un pueblo al que se le recortan los derechos y los recursos públicos, empobreciendo su nivel y su calidad de vida.
¿Hasta donde resistiremos? ¿Ocurrirá como en el chiste del burro que murió cuando estaba a punto de acostumbrarse a vivir sin comer?
Ya sabíamos de la habilidad del neoliberalismo a la hora de imponer sus "ajustes" utilizando para ello el miedo. Naomi Klein nos lo explicaba en "la doctrina del shock" que puede resumirse, de forma vulgar y grosera, con la frase: "acojona suficientemente al personal y conseguirás que acepte comerse su propia mierda".
Uno de los instrumentos básicos de esta estrategia pasa por la dominación ideológica, por la imposición del pensamiento único, que consiste en que todo el mundo piense de la misma manera, o mejor aún, que nadie piense por cuenta propia.
Así, se logra que quienes viven en la precariedad o la miseria, pierden sus empleos, pierden derechos en relación a la salud, la educación o la vivienda... hagan suyas las formas de pensar de quienes viven en el privilegio, en la acumulación de riqueza y de poder: pobres que piensan como los ricos que les explotan.
Por supuesto, es fundamental contar con la complicidad de los medios de comunicación, especialmente de la televisión, para que repitan machaconamente los mismos mantras: "esto es lo que hay", "no hay alternativa"...
Cualquiera que se resista a esta estrategia, cualquiera que oponga un pensamiento crítico, reclame sus derechos, manifieste su indignación o se resista a los recortes, será rápidamente descalificado como antisistema, radical, demagogo, terrorista, nazi... cualquier etiqueta que sirva para desacreditar al disidente.
Una de las expresiones de esta guerra ideológica es la maniobra de enfrentar entre si a los pobres. Se trata de convencernos, por ejemplo, de que quienes nos quitan el trabajo o ponen en peligro el sistema de salud son los inmigrantes. O hacernos creer que la corrupción y la economía sumergida están entre los fontaneros que no cobran el IVA o quienes reciben un subsidio agrario que no les corresponde. Así, mientras disputamos entre los de abajo, no miramos hacia arriba, hacia quienes reciben subvenciones millonarias para salvar los bancos o las grandes empresas y ocultan al fisco cuentas millonarias en paraísos fiscales, a costa del hundimiento de los servicios básicos.
Traigo a colación estas cuestiones porque creo que nos encontramos ante un "ejemplo de libro" de lo que llamo "el chocolate del loro".
El ministro de educación y cultura, Jose Ignacio Wert, es un reconocido ideólogo neocon y un provocador,  de lo que ha dado abundantes pruebas prestando valiosos servicios al gobierno al desviar la atención pública de los recortes gubernamentales.
El ejemplo más reciente es la "contrareforma educativa" que ha preparado, repleta de medidas como la degradación de la educación pública para financiar la educación privada, la recuperación de la asignatura de religión católica en las escuelas, el recorte de las becas... Cuestiones todas ellas polémicas que suponen un auténtico cambio de modelo educativo y que parecen haber pasado a un segundo plano porque la opinión pública se encuentra entrampada en un debate sobre la "nota media" para el acceso a las becas que el ministro pretende se incremente hasta el 6,5, en nombre de la "excelencia" y la "cultura del esfuerzo".
Los medios de comunicación han salido en su defensa, apelando incluso a argumentos insólitos como que hay alumnas que han aprovechado las "becas para ponerse las tetas".
Pero lo grave, en mi opinión, no es tanto que el ministro, el gobierno y la derecha piensen así -mientras practican o toleran la cultura del pelotazo, el sobresueldo, la corrupción...- sino que hay muchos ciudadanos y ciudadanas de a pie que les seguimos el juego.
Esta mañana escuchaba un coloquio en la radio en el que un joven trabajador acusaba a los estudiantes becados de "pegarse la vidorra" con sus impuestos mientras él tiene que trabajar 9 horas todos los días por una miseria de sueldo (y eso que tiene suerte de tener trabajo). Y veo en las redes sociales muchos debates en los que el personal discute si es justo o no que se otorguen becas a quienes no demuestran esfuerzo por estudiar.
Pobres contra pobres, discutiendo por el chocolate del loro.

viernes, 14 de junio de 2013

Cambiando el mundo..."tacita a tacita"

Al cabo de los años, a la vista de este mundo loco y torcido, cuando pareciera que vamos para atrás, perdiendo conquistas y derechos que creíamos seguros, es fácil preguntarse...¿de qué sirvió tanta lucha?
Para mucha gente, esta pregunta se convierte en coartada perfecta para no hacer nada, para argumentar que el compromiso social y la participación ciudadana son inútiles, cosa de gente ingenua.
Este es sin duda uno de los argumentos desmovilizadores más poderosos que he encontrado a lo largo de mi experiencia de trabajo con los colectivos y grupos sociales: "¿para qué participar y comprometerse?"
Suelo decir, cuando se habla de "cambiar el mundo", que lo difícil es intentar cambiarlo todo de golpe, aquí y ahora, de una sola vez, en un instante.
El secreto está en cambiar el mundo poco a poco, paso a paso, día a día, "tacita a tacita".
No cabe ninguna duda de que muchas personas a lo largo de la historia han cambiado el mundo, lo han hecho mejor, aunque siga habiendo todavía mucho por hacer, muchas injusticias, muchas desigualdades.
¿Cómo serían hoy las cosas si no hubieran peleado todas esas gentes? ¿Cómo serán en el futuro si no peleamos hoy?
Me vienen a la cabeza estas preguntas a la vista de una foto -la que ilustra este texto- que me llega por las redes sociales, en la que se ve a tres mujeres -María Telo, Goya Telo y Pilar Alonso- pegando un cartel en Cantalpino, Salamanca, aquél año terrible de 1936.
Me pregunto qué pensarían entonces aquellas mujeres, en una sociedad -la española- aún más machista entonces, reclamando la igualdad de las mujeres en un pueblo de Castilla. Y qué pensarían las primeras feministas que salieron a la calle cincuenta o sesenta años antes a reclamar el derecho al voto, entre el desprecio y la burla de la sociedad patriarcal, reprimidas violentamente y encarceladas.
Hace unos días, me encontraba con grupos de padres y madres de personas con discapacidad intelectual, preocupados por los recortes presupuestarios que temen supongan el abandono y el regreso a la exclusión de sus hijos e hijas. Yo les recordaba los grandes logros de estos años, el cambio en la percepción social, la dignificación de las personas discapacitadas, la multiplicación de proyectos y servicios que atienden sus necesidades especiales... Les recordaba también que ninguna de esas conquistas fue un regalo, sino el resultado de su lucha y de su empeño. Y les invitaba a recuperar el espíritu reinvindicativo y luchador en el que nacieron sus organizaciones solidarias.
También hace unos días se abría un debate en Twitter, a cuenta del premio del parlamento europeo a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Una tuitera escribía a Ada Colau: "Enhorabuena! Pero el  premio es todo lo que estáis consiguiendo". Yo respondía a la provocación: "¿TODO? Yo creo que están consiguiendo mucho más que lo que somos capaces de ver. Ya me lo dirás dentro de un tiempo".
Y si, yo imaginaba -dentro de unos pocos años- cuando el derecho a la vivienda sea algo efectivo, cuando nadie discuta que no se puede expulsar a nadie de su casa...¿recordaremos entonces la lucha de los cientos, de los miles de personas que se opusieron a los desahucios? ¿Y quien recordará entonces a las cospedales, las aguirres y las cifuentes que hoy amenazan e insultan a Ada Colau y a la PAH?
Si, el mundo se cambia cada día y hemos de agradecer profundamente el esfuerzo generoso de quienes salieron a la calle hace años para conseguir los mejores logros del presente, para construir lo mejor y lo más digno del mundo que hoy vivimos.

viernes, 7 de junio de 2013

Sin querer... el tiempo (reencuentros)

Vuelvo a atravesar el zaguán umbrío de tu casa, para salir al patio luminoso que preside el naranjo, mucho más grande desde la última vez que estuve aquí, como el jazmín, los geranios y todas las plantas que le llenan de verdor.
Tus hijos también han crecido y son hoy dos bellos muchachos, como salidos de una película de Visconti, aunque sus caras y sus gestos siguen siendo aquellos de los niños que jugaban a las procesiones, aporreando cacerolas y cargando taburetes, a modo de pasos, por toda la casa.
Tu tienes ahora el pelo gris, clareando por la coronilla, y tu mujer muestra en su cara la huella del tiempo pasado, sin perder la sonrisa y la mirada profunda que la hacen tan guapa.
Ya digo, el patio, la casa, las gentes que la habitan... sois las mismas, más mayores, más sabias, igualmente acogedoras y cercanas.
Se suceden los abrazos y las risas.
-No has cambiado nada.
-¡Ya! ¡Que más quisiera!
Y gozamos del vino, de la rica cena y de la charla ingeniosa, mientras pasan las horas sin sentirlas.
¡Que bien se está en tu patio! ¡Que disfrute estar juntos!
Me pregunto por qué hemos dejado pasar el tiempo sin llamarnos, sin encontrarnos de nuevo.
Me respondo que así es la vida, yin y yang, luz y sombra.
Y así somos las personas en nuestras relaciones: un delicado equilibrio de sintonías, que se aproximan y se alejan. Sin saber, sin querer.
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La estación de Atocha es un lugar inhóspito y ruidoso.Un enorme hangar gris lleno de vías y de andenes, repleto a cualquier hora de miles de personas que esperan el próximo tren que les lleve a cualquier parte.
No se miran a la cara. Dormitan de pie o sentados -aquellos que han podido conseguir un disputado asiento- o se esconden en un libro o, mejor, en un teléfono móvil tecleando mensajes a quienes les esperan al final de su viaje.
Voy cargado de bolsas y mochila -como siempre- en dirección al viejo barrio de Aluche, donde viví tanto tiempo, para pasar la noche y seguir mañana viaje al Sur, a casa al fin, después de tantos días fuera.
Ya llega el tren, ya hacemos el pasillo para que bajen los viajeros y subimos deprisa para encontrar asiento.
Pero... ese hombre mayor que se está sentando enfrente... esa cara menuda... esa barba canosa...¿será posible? ¿podría ser "el Chirri"?
-¿Fernando? ¿Eres tu? ¿No me conoces? Soy tu amigo, aquél que se fue a Cádiz, hace ya muchos años. ¿Tanto he cambiado?
Y el reencuentro se produce -en un tren de cercanías- y volvemos a traer de la memoria, como si no hubiera pasado el tiempo, los recuerdos de aquellos años que compartimos, cuando aún vivía Franco, inventando asociaciones de vecinos y escuelas nocturnas de adultos, creyendo que íbamos a dar la vuelta al mundo, no como Phileas Foog  sino como un calcetín.
Es cierto que muchos de nuestros sueños de entonces no se cumplieron, pero no hemos de arrepentirnos de ninguno. Somos sus hijos -o sus nietos, tal vez-, fueron ellos los que nos construyeron, los que nos hicieron como hoy somos.
-¿Cómo está Charo? ¿Y tus hijos?
-Pues Pablo está en Dublín, buscándose la vida. Ya sabes... esta crisis de mierda!
Nos despedimos entre abrazos -ya en el viejo barrio- intercambiando direcciones de correo electrónico y promesas de no volver a perder contacto.
Y yo sigo mi camino con una sonrisa en la cara, feliz de haber reencontrado algo valioso que perdí.
Sin saber, sin querer.  

martes, 28 de mayo de 2013

La cara oscura de la luna

Desde mi última entrada, no he tenido mucho tiempo -ni mucho ánimo- para escribir en este cuaderno virtual.
Si que he escrito otras cosas. Por ejemplo, en la página del Proyecto Sinergias, la crónica del encuentro "Regreso al Futuro" que compartimos el 18 de mayo en Sevilla con más de 40 personas, pensando juntas sobre el futuro de las organizaciones sociales. También he escrito -en ese blog más "serio" que es "Apuntes para la Participasión"- una reflexión sobre la "improvisación estratégica" en las organizaciones solidarias, o sea, sobre la manera de responder a los cambios continuos de la realidad sin perder el rumbo, sin desviarse de su misión, que ha tenido una notable repercusión en las redes sociales, digo yo que porque todas las organizaciones andamos en lo mismo: aprendiendo a desenvolvernos en medio de la incertidumbre.
En este tiempo, desde la última entrada, también he viajado por tierras del Norte, en ese deambular -ya cotidiano, al cabo de tantos años- que me lleva a encontrarme con asociaciones y organizaciones de aquí y de allá para compartir sus fortalezas y sus debilidades, para ayudarlas a aclarar sus ideas.
Ya lo contaré más despacio, pero esos viajes me han servido -una vez más- para volver a ver las dos caras de la realidad.
Porque la realidad, como la luna, tiene dos caras.
Hay una cara de la realidad de las organizaciones solidarias que es oscura. Son, por ejemplo, las organizaciones creadas, con mucho esfuerzo y sacrificio, hace ya un montón de años, para responder a necesidades y problemas sociales de los que pasaba olímpicamente el poder, que están hoy duramente golpeadas por la crisis, abandonadas por el Estado, recortados sus recursos, vaciadas del impulso social que las puso en marcha, cansadas, envejecidas... y se preguntan -como en el caso de las asociaciones que trabajan por los derechos de las personas discapacitadas- "¿qué va a ser ahora de los chicos?".
Claro que también hay una cara luminosa de esa misma realidad, y son, por ejemplo, esos cientos de iniciativas sociales que están naciendo cada día y con las que volvimos a encontrarnos en el encuentro de Sevilla, que demuestran que los colectivos y movimientos sociales seguirán existiendo, continuarán transformando el mundo, resurgiendo -con nuevas formas- de las cenizas de las viejas organizaciones.
A pesar de la esperanza que ellas representan, siento que aún no es tiempo para que cristalicen -como las "mil flores" que prometía el presidente Mao- esas nuevas organizaciones que verá el futuro. Todavía estamos en plena descomposición del viejo sistema y los viejos modelos. Estamos viendo solo los balbuceos, las experiencias iniciáticas que nos servirán para aprender, para ir encontrando las nuevas formas de construir un mundo nuevo.
Pero, también la vida personal tiene dos caras.
En estos días, la más luminosa, tal vez, ha sido la presentación en Cádiz del libro Arrobad@s, escrito por mi amiga Lita y mi compañera de vida, Nené, y cuya introducción me correspondió hacer. Fue una tarde hermosa seguida de una hermosa cena entre amigos.
La más oscura, quizás, es el tropiezo de algunos amigos -a los que ya he presentado aquí- que se han encontrado de nuevo en el fondo del pozo por una circunstancia oscura e incomprensible que pone en riesgo su proceso de crecimiento y emancipación personal.
No entraré en detalles, porque la cosa es confusa y delicada, pero si confesaré que -aunque las víctimas principales de esta difícil situación sean mis amigos- para mi también ha sido  un duro golpe. No me acostumbro a empatizar y encariñarme con estas personas machacadas que intentan recuperar sus vidas perdidas, acompañarles en un tramo de su caminar, de su lucha, para verles muchas veces tropezar de nuevo y volver a la calle. Me produce mucha frustración y dolor.
Pero quiero creer que, en esta ocasión, todo se resolverá bien y que volveremos a soñar juntos en una felicidad sencilla y pequeñita, en un mundo diferente que no excluya a los más débiles.
Amen.

domingo, 12 de mayo de 2013

Cuadernos de Viaje

Desde hace casi 20 años he venido escribiendo en pequeños cuadernos con tapas de cartón o de cuero, de colores y tamaños distintos, que se han ido acumulando en los cajones de la mesilla de noche mientras amarilleaban sus hojas.
Entre sus páginas hay viejas cartas, fotos, postales y recortes de prensa, letras de canciones, entradas de cine, billetes de metro...
No son exactamente "diarios", porque no pretenden dar cuenta de lo que me ha ocurrido cada día ni han seguido una cadencia constante.
Son más bien "cuadernos de viaje", que me han acompañado en distintos momentos del camino. Recogen pensamientos, sentimientos, paisajes, personajes... las huellas del viaje.
Me han servido, al menos, para dos cosas: poner en papel las ideas y emociones que cruzaban mi cabeza, y, por otro lado, volver la mirada atrás al cabo de un tiempo, observar mis sentimientos, ayudándome a relativizarlos.
En los cuadernos hay un poco de todo, pero en general tienen una cierta música de fondo melancólica. De ello, algunas muestras:

"Miro tus ojos tristes, heridos de dolor y de cansancio. Veo tus manos grandes, las huellas de la lumbre del cigarro, la cicatriz que revela la ira contenida. Y siento que no hay senderos para alcanzar tu centro, para compartir tu duelo. Me veo a mi mismo, emocionado e impotente, incapaz de aliviar tu desesperanza, absurdo y sonriendo. Quisiera que te invada la paz y la ternura, que se vaya el dolor, que llegue la armonía. Y convoco a la luna y a los astros para que se compadezcan de tu pena". (Septiembre 1997. Una visita a Pablo, enfermo, en Campanillas).

"Hay etapas o escalas en el viaje en las que el corazón y la mirada viajan tranquilos, sin miedo, abiertos y dispuestos a todo, sin bulla, sin ansiedades. El tiempo no cuenta entonces. Pero, otras veces, en otros puntos del camino, en ciertos recodos, el corazón se encoge, llega el desasosiego, la mirada se agita, la inquietud y el miedo estiran el tiempo. ¿Es el lugar o es el viajero? ¿Quien cambia?" (Febrero 2002. Una crisis más)

"Esconderme, huir,desparecer. No ver a nadie, no escuchar a nadie, no tener ninguna tarea, ninguna responsabilidad. Que nadie me llame, ni me busque, ni me pida... He querido seguir como si nada, envuelto en la capa de superheroe, sin mirar cara a cara a la herida, negando los problemas... Y el dolor y la tristeza me llenan ahora. Perdido, confuso y sin fuerzas. Con ganas -muchas veces- de llorar, sin atreverme a hacerlo por miedo a que el dolor y el llanto me ahoguen." (Octubre 2008. Tras la muerte de mi madre, de amigos muy queridos, de mi perro, tras el infarto.)

Sin duda, los cuadernos me han permitido enterrar en papel muchas tristezas, ponerles cara y mirarlas a los ojos. Y me han ayudado, sobre todo, para aprender que la vida, al fin, es una sucesión de momentos, unos buenos otros no tanto -yin y yang-, en la que prevalece aquella máxima del cuento sufí: "también esto pasará".
Hace años que no escribo en los cuadernos, tal vez porque ahora cuento con este "cuaderno virtual" que estás leyendo. Me sirve igualmente para expresar pensamientos, sentimientos y emociones... solo que ahora los comparto contigo que, pasas por aquí de vez en cuando, lees estas notas, y callas o dejas tus palabras, tus comentarios, convirtiendo el soliloquio en una conversación amiga.

sábado, 4 de mayo de 2013

La mala educación

El grupo de fumadores y fumadoras en la puerta del bar ocupan toda la acera y obligan a los transeúntes a bajarse a la vereda para poder pasar.
El fulano "estaciona" su carrito en medio del pasillo mientras su señora comprueba los precios de las conservas de caballa. El personal ha de hacer complicadas maniobras  para avanzar hacia los lácteos.
El perrito va sembrando de minas malolientes la calle. Su dueño mira para para otro lado mientras silba una canción.
La señora espera paciente a que la atiendan en la oficina del banco. El listo aprovecha un momento de despiste para colarse hábilmente sin esperar su turno.
El conductor acelera para pasar el semáforo antes de que empiecen a cruzar los peatones. La abuelita casi muere del susto.
Ese joven escucha la música de su móvil a todo volumen. El resto del autobús intenta leer, pensar, charlar con la persona de al lado...
La mamá deja que su hijito corretee por el vagón interrumpiendo el sueño o la lectura del resto de pasajeros. Estos/as sonríen forzadamente, temiendo que vuelvan a iniciarse los berridos desaforados.
La familia concluye alegre su jornada en la playa. Dejan su "territorio" cubierto de plásticos, latas vacías, pañales usados, colillas... El que venga detrás que lo limpie... o que se aguante.   
Todos estos son ejemplos -reales- de "mala educación" o de personas "maleducadas". Su "mal" reside, fundamentalmente, en la ausencia de toda empatía, la incapacidad para ponerse en el lugar de las otras personas. Les importan un bledo. Primero son ellas y después también ellas.
Y no se te ocurra llamarles la atención, igual te llevas una bronca.
Si cedes el paso, si respetas la cola, si evitas ruidos y molestias al prójimo... eres un "pringao". Hay que ser espabilado, aprovechar las ocasiones, jugar con ventaja siempre que puedas.
Pienso que estos y otros ejemplos de mala educación colaboran tanto a la crispación social como la corrupción política o los abusos del poder. Con toda seguridad no son socialmente tan graves, pero contribuyen poderosamente al "ruido incívico", a la crisis de valores, al deterioro ético de nuestra sociedad.
Pensar en las otras personas, sentirse co-responsable del bienestar colectivo, poner de tu parte para hacer más fácil la convivencia ciudadana... son todos ellos valores necesarios que han de aprenderse, que han de educarse. Y no solo, ni fundamentalmente, en la escuela.

martes, 23 de abril de 2013

Navegando al pie del Moncayo

Imagínate un pueblecito, blanco y ocre, al pie del Moncayo.
En él, una nave luminosa para el aprendizaje y el encuentro.
En ella, docenas de jóvenes -y no tan jóvenes- navegantes sentados en círculo, unidas sus manos y sus corazones.
Vienen de aquí y de allá, de lugares muy distintos y distantes, y se reúnen para compartir una singladura común de sueños, miradas, emociones, abrazos, ideas, sonrisas, acciones... rumbo a la participación social.
Estas gentes -que se declaran habitantes del planeta Utopía- están convencidas de que el mundo necesita cambiar, que no puede soportar tanta desigualdad, tanta opresión, tanta injusticia... pero afirman que solo puede lograrlo si las personas queremos y si lo queremos juntas.
Y ahora gritan al unísono: ¡SI SE PUEDE!
Pero dicen que, para alcanzar esa meta, ese PODER -que transforma el mundo- no basta con QUERER. Es preciso APRENDER a hacerlo y aprender a hacerlo juntas, .
A ese aprendizaje colectivo le llaman Educación para la Participación y lo viven con pasión: ParticiPasión.
Dicen que los caminos de ese viaje-aprendizaje, pasan por el corazón, la mente y el cuerpo... y recorren el arte y el juego... y avanzan por el diálogo, la palabra y la escucha...
Y lo dicen mientras bailan, se abrazan y disfrutan ("zaragosan").
Porque estas gentes afirman la necesidad del compromiso con el sueño de un mundo nuevo, pero sostienen que ese sueño solo se puede construir con alegría, con amor, con caricias y besos, con mimo y con mimos, con ternura.... y hacerlo de la mano, cuidándose mutuamente, tejiendo complicidades... porque si no es así, no merecerá la pena.
En este viaje -como en el de Itaca- la meta se confunde con el camino.


"Cuando emprendas tu viaje a Itaca 
pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias" 
                                  C. Cavafis 


jueves, 18 de abril de 2013

Libre pensamiento y escucha del otro

El otro día, volviendo a ver -emocionado- la magnífica entrevista que Jordi Evole le hizo a Jose Luis Sampedro, entre las muchas lecciones del maestro desaparecido, me llamó la atención su insistencia en la libertad de pensamiento como la clave de bóveda de la democracia y la transformación social.
Sampedro decía que el sistema nos educa para "ser buenos borregos, para no tener pensamiento propio", y decía también que "sin libertad de pensamiento de nada sirve la libertad de expresión".
Creo que el mensaje es particularmente oportuno ante la sostenida hegemonía del pensamiento único ("este es el único mundo posible")  y en un tiempo de fanáticos como el que vivimos, con tanta gente dispuesta a partirle la cabeza a quien haga falta en nombre de una idea, una consigna, un partido, una patria, una religión, un club de fútbol...
En nuestra sociedad actual, en la vida pública, no existe prácticamente el diálogo, solo una sucesión de monólogos, por lo general "gritados", arrojados a la cara del otro. La escucha sigue siendo la gran asignatura pendiente de la convivencia social.
Se parte de la base de que el otro no tiene nada que aportarnos y, muy probablemente, del miedo a que sus razones puedan contaminar las nuestras. Por eso se recurre con tanta facilidad a la descalificación, a la agresión verbal, al insulto en las tertulias de los medios de comunicación y en las redes sociales.
Y esta perversión no es algo que se ejerza contra los antagonistas o los contrarios, sino que se practica también entre los afines. Belen Gopegui, alertaba hace algunos días sobre la "hostilidad horizontal", que se parece mucho a la intransigencia y la exclusión del otro, y hace imposible la acción unitaria.
En la entrevista a Sampedro destacaba también el contraste entre la contundencia crítica de los mensajes y la suavidad de las palabras, su tono mesurado y tranquilo.
Es curioso, los energúmenos están convencidos de que cuanto más levanten la voz más fuerza tendrán sus argumentos, y es justo al contrario.
Yo también creo que es fundamental la libertad de pensamiento, estimular el pensamiento propio, el pensamiento crítico, desconfiando de quienes pretenden imponernos una visión única de las cosas, la suya, sean estos quienes sean.
Se ha criticado mucho el llamado "relativismo cultural", por ejemplo desde las filas de la jerarquía católica y el pensamiento neoconservador, pero lo contrario es etnocentrismo, dogmatismo, pensamiento único, imposición.
Y creo que esa afirmación del libre pensamiento implica también una apuesta necesaria por la escucha mutua y el diálogo, por la negociación y el acuerdo. O sea, por la democracia.
Escribo estas líneas a punto de viajar hacia Torrellas, para participar en el VII Encuentro de Educación para la Participación con un montón de amigos y amigas muy queridos. Y en mi cabeza resuenan estas dos claves fundamentales: aprender a pensar con libertad y aprender a escuchar al otro.

viernes, 12 de abril de 2013

Una de zombis

No entienden nada.
Están ensimismados, recreándose en la contemplación de sus ombligos, entretenidos en sus disputitas domésticas ("Y tú más") y no se enteran del lío que está montado.
Van a imponer una distancia de 300 metros a los ciudadanos y ciudadanas -o sea: SUS representados- que quieran acercarse a reclamar.
Se aislarán -aún más- en la burbuja de cristal para que nada de la realidad circundante les salpique.
No se enteran de que se acaba el viejo mundo de sus politiqueos y sus luchas de poder, que estamos cambiando de era.
Repiten, en sus formas caducadas de hacer política, lenguajes, categorías y paradigmas que ya no significan nada. Disputan como hienas por un puñado de votos mientras la democracia se desangra.
Se escandalizan porque las personas afectadas por los desahucios vayan a su casa, a su calle, a llevar la protesta. Apelan al derecho a la privacidad, a la inviolabilidad del domicilio... mientras consienten con la vulneración sistemática de otros derechos constitucionales: el derecho a la vivienda, al trabajo, a la salud.
Piden respeto para sus hijos y sus familias, mientras legislan y gobiernan contra los intereses y derechos de millones de familias e hijos.
Y no se sonrojan por el derroche de cinismo que todo ello implica. Por el contrario, se sienten incomprendidos y perplejos ante una realidad y una ciudadanía que no alcanzan a entender.
No se enteran de que la propia democracia hace aguas.
La democracia representativa se sostiene sobre un pacto social básico: los grupos y partidos políticos proponen a la ciudadanía un conjunto de propuestas, un programa, que se comprometen a defender, si salen elegidos, en representación de sus electores.
Este principio ha sido sistemáticamente transgredido. En nuestra historia reciente, cuando el gobierno de Zapatero renunció a su programa para seguir las imposiciones de la UE sin convocar nuevas elecciones, y cuando Mariano Rajoy y el PP incumplieron en todos sus términos el programa electoral con el fueron elegidos mayoritariamente.
Resulta irónico, cínico y hasta indecente que se llenen la boca con la democracia pero no tengan problema alguno en traicionarla cuando les viene bien.
El pacto social se ha roto. Han quebrado todas las reglas. Ahora vale todo.
Vivimos bajo el gobierno de la "política zombi", políticos y políticas, partidos que se creen vivos pero están muertos, ahogados en el tsunami del cambio social.
Y ya huelen.

sábado, 6 de abril de 2013

Dos fábulas para cambiar de era

Ultimamente, cuando intento compartir con los grupos con los que trabajo algunas ideas sobre cómo abordar el cambio de era al que estamos asistiendo, recurro a dos fábulas que me ayudan en la comunicación.
Y es que las metáforas -que no son otra cosa- resultan una herramienta idónea para compartir ideas complejas, porque son abiertas, permiten la libre interpretación de cada persona, la proyección de sus propios imaginarios, y facilitan la comprensión de la idea, su apropiación.
Esta es la razón por la que los cuentos han sido un vehículo milenario de conocimiento y aprendizaje, desde que los primeros grupos de homo sapiens inventaron el lenguaje para comunicarse y se reunían en torno al fuego a narrar historias.
Del mismo modo, también hoy necesitamos relatos que nos ayuden a entender la extrema complejidad del tiempo presente y los cuentos vienen otra vez en nuestra ayuda, aunque ahora los compartamos en torno a los modernos fuegos donde se reunen las nuevas tribus que son las redes sociales (tal y como yo lo intento ahora, mientras me estás leyendo).
Pues bien, la primera de las fábulas es la del nadador, o la nadadora, que se tira al agua, abandonando la orilla conocida, y bracea en mitad de la corriente del río, sin poder volver atrás, sin saber cuanto falta por llegar al otro lado ni qué le espera en la otra orilla.
Así imagino yo nuestra situación en medio de las profundas transformaciones sociales que estamos viviendo, sin posibilidad de regreso a un pasado conocido y sin vislumbrar aún los perfiles del futuro que nos aguarda, braceando en la incertidumbre.
Si el nadador o la nadadora se deja llevar por la impaciencia pueden agotarse, y si se deja arrastrar por el miedo, este puede convertirse en pánico, paralizarle e impedirle avanzar. Lo más probable es que se ahogue. Necesariamente ha de confiar en sus fuerzas, avanzar a su ritmo y aprovechar la fuerza de la corriente para alcanzar con éxito la otra orilla.  
La segunda de las metáforas, que complementa la anterior, es la del explorador (o la exploradora).
Somos como uno de aquellos exploradores míticos del siglo XIX, un Livingstone o una Mary Kingsley cualquiera, que avanzamos por la selva intrincada sin mapa que nos permita adivinar el camino a seguir, descubriendo el paisaje a golpe de machete, paso a paso, respondiendo a los retos que se nos plantean -un río que vadear, el ataque de una fiera, una siniestra sima...- conforme van surgiendo.
De esa forma imagino que nos toca avanzar hacia el futuro: sin mapas, sin referencias, "haciendo camino al andar" que decía Antonio Machado.
Si nuestro ánimo es temeroso, si tan solo vemos en el horizonte sombras y amenazas, eso nos hará más vulnerables y nuestra marcha será doblemente lenta y difícil. Pero también podemos abordar el camino como una apasionante aventura, con la pasión de descubrir nuevos paisajes, de superar nuevos retos, de aprender nuevas habilidades y destrezas que nos transformen en personas mejores al alcanzar la meta, sea cual sea ésta.
No sabemos como será el mundo que nos aguarda y, probablemente, no será fácil llegar hasta allí, pero tenemos la oportunidad de avanzar hacia el futuro con ilusión y con curiosidad, aprendiendo y disfrutando del camino. Que el viejo y sabio Mercurio, el dios de los caminantes, nos acompañe en el viaje.

jueves, 28 de marzo de 2013

El pijama

Hoy me he manchado el pantalón cuando recogía la mesa después de la comida y para echar la siesta me he puesto el pantalón del pijama.
No tengo otro, siempre he dormido con una camiseta cualquiera, pero es el que heredé de mi hermano Carlos que se lo dejó olvidado en su última visita, unos meses antes de su muerte.
Acariciando su tela suave me he acordado de él  pensando cuantas veces se lo habría puesto.
No es que necesite el pijama -como Proust su famosa magdalena- para recordarle, lo hago muy a menudo porque en mi casa son muchas las cosas que me hablan de él: las espinas de pochote que él tallaba y convertía en castillos e iglesias minúsculos, o las camisetas con motivos de Guadalajara que siempre traía en sus viajes, y una en especial -ya muy viejecita- con la imagen del Hombre de Fuego, el mural de Orozco que corona la cúpula del Hospicio Cabañas que visitamos con toda la familia Nuñez. Pero también una preciosa cerámica con una luna sonriente que se ilumina por dentro, y una pequeña calaca de Frida Khalo, y una hermosa caracola de madera pulida que quiso regalarnos en un viaje al lago Chapala, y otro montón de objetos que recuerdan tantos encuentros.
Y, por supuesto, docenas de fotos. Frente a mi mesa de trabajo, en el tablero de corcho donde se van reuniendo las fotos de las gentes queridas (antes de que llegara la fotografía digital), hay muchas fotos en las que estamos juntos, desde aquellas primeras en las que aparecemos jóvenes y embigotados, hasta las más recientes -ya canosos- sentados frente al mar de Cádiz en alguna de sus últimas visitas.
La que más me conmueve es una que le retrata en nuestra casa de Aluche, en Madrid, en aquél viaje de 1992, tras la muerte reciente de Graciela que le dejó hundido y lleno de negras ideas. Me emociona recordarlo porque en aquella ocasión, por primera vez, pude ver el rostro más vulnerable de mi amigo y descubrir que los grandes hombres -y Carlos lo era- son, antes que maestros y líderes, personas tan frágiles como pajarillos. Y eso les hace, paradójicamente, más cercanos y sabios.
Así que, como digo, son muchas las cosas que  me traen continuamente su memoria, igual que esta tarde el tacto suave de su pijama.
Pero seguramente tanto recuerdo no es una casualidad, ni siquiera una broma de su espíritu burlón que -a punto de cumplirse 5 años de su pérdida- continua haciéndose presente para seguir con la chufla que siempre nos traíamos. Probablemente sea un mecanismo de defensa para no sentir tanto su ausencia, para no echarle tanto de menos, para mantenerlo vivo en mi corazón.      

viernes, 22 de marzo de 2013

Póngame las pilas, por favor

Ultimamente, cada vez recibo más encargos -para intervenir en jornadas o acciones formativas- que se presentan así: "mira, estamos hartos de tanto lamentarnos y necesitamos que nos pongas las pilas".
Si, parece que -al menos en una parte del tejido asociativo solidario- estamos concluyendo la etapa del duelo, del llanto por la crisis y las lamentaciones por el fin de una era, por el ocaso de un modelo organizativo envejecido, por la pérdida del sostenimiento financiero de papa estado... y está llegando al fin la aceptación de nuestra realidad y con ella la decisión de tirar para adelante y seguir peleando.
Tal vez, ahora nos miramos al espejo y vemos más delgadas nuestras organizaciones, que han tenido que prescindir de mucha gente, de todo lo superfluo, lo que no era imprescindible. Y nos sentimos un poco abandonadas, sin el respaldo de una administración pública que no solo no tiene dinero para ayudarnos sino que  también carece de ideas para poner en pie soluciones alternativas y hasta parece indiferente a las causas sociales que defendemos y representamos.
Pero descubrimos que no estamos solas. A nuestro lado, muy cerca, hay otras muchas organizaciones de iniciativa social a las que antes nos costaba ver siquiera, porque eran "la competencia" con la que disputábamos los recursos, y ahora las vemos como compañeras con las que compartimos necesidades y dificultades pero también territorios y objetivos.
Descubrimos que las personas drogodependientes son a la vez mujeres, y pobres, e inmigrantes, y sufren discapacidades, y viven en los mismos barrios, y respiran el mismo aire contaminado, y han de defender los mismos derechos amenazados, y etcétera, etcétera. Comprobamos así que nos dirigimos a las mismas personas.
Nuestras misiones organizativas, nuestros fines y objetivos son perfectamente complementarios unos de otros, porque la realidad que compartimos es una sola, y en ella están interrelacionados todos los problemas, como lo están inevitablemente las soluciones.
Todas las organizaciones sociales estamos, como se dice, "en el mismo barco", y eso nos permite unir fuerzas y remar juntas, aprovecharnos mutuamente de las capacidades ajenas, compartir recursos, sumar los saberes particulares para multiplicar nuestra inteligencia colectiva que nos hace mucho más fuertes.
Ahora estamos aceptando que dependemos de nosotras mismas, de la gente que formamos las organizaciones y de la gente que nos apoya, y somos al mismo tiempo interdependientes, dependemos unas organizaciones de otras para poder alcanzar nuestros objetivos. Y reconocerlo así nos sirve para cargar las pilas y llenarnos de energía, de fuerza para enfrentar el futuro.
Es cierto que hemos tenido que abandonar una cierta "zona de confort" en la que vivíamos con relativa comodidad, concentradas en nuestros servicios y prestaciones subvencionados, en nuestra tarea subsidiaria de la administración. Es cierto que nos toca re-crear o reinventar nuestras organizaciones, nuestras formas de acción, nuestros recursos, nuestras formas de comunicación con el entorno...
Pero la nueva era que iniciamos está llena de promesas, de búsquedas y descubrimientos, de retos ilusionantes y metas soñadas, que llenan de sangre y pasión nuestras venas organizativas, que nos rejuvenecen.
¡Larga vida a las organizaciones solidarias, que cambiaron el mundo muchas veces y volverán a hacerlo una vez más!