jueves, 28 de marzo de 2013

El pijama

Hoy me he manchado el pantalón cuando recogía la mesa después de la comida y para echar la siesta me he puesto el pantalón del pijama.
No tengo otro, siempre he dormido con una camiseta cualquiera, pero es el que heredé de mi hermano Carlos que se lo dejó olvidado en su última visita, unos meses antes de su muerte.
Acariciando su tela suave me he acordado de él  pensando cuantas veces se lo habría puesto.
No es que necesite el pijama -como Proust su famosa magdalena- para recordarle, lo hago muy a menudo porque en mi casa son muchas las cosas que me hablan de él: las espinas de pochote que él tallaba y convertía en castillos e iglesias minúsculos, o las camisetas con motivos de Guadalajara que siempre traía en sus viajes, y una en especial -ya muy viejecita- con la imagen del Hombre de Fuego, el mural de Orozco que corona la cúpula del Hospicio Cabañas que visitamos con toda la familia Nuñez. Pero también una preciosa cerámica con una luna sonriente que se ilumina por dentro, y una pequeña calaca de Frida Khalo, y una hermosa caracola de madera pulida que quiso regalarnos en un viaje al lago Chapala, y otro montón de objetos que recuerdan tantos encuentros.
Y, por supuesto, docenas de fotos. Frente a mi mesa de trabajo, en el tablero de corcho donde se van reuniendo las fotos de las gentes queridas (antes de que llegara la fotografía digital), hay muchas fotos en las que estamos juntos, desde aquellas primeras en las que aparecemos jóvenes y embigotados, hasta las más recientes -ya canosos- sentados frente al mar de Cádiz en alguna de sus últimas visitas.
La que más me conmueve es una que le retrata en nuestra casa de Aluche, en Madrid, en aquél viaje de 1992, tras la muerte reciente de Graciela que le dejó hundido y lleno de negras ideas. Me emociona recordarlo porque en aquella ocasión, por primera vez, pude ver el rostro más vulnerable de mi amigo y descubrir que los grandes hombres -y Carlos lo era- son, antes que maestros y líderes, personas tan frágiles como pajarillos. Y eso les hace, paradójicamente, más cercanos y sabios.
Así que, como digo, son muchas las cosas que  me traen continuamente su memoria, igual que esta tarde el tacto suave de su pijama.
Pero seguramente tanto recuerdo no es una casualidad, ni siquiera una broma de su espíritu burlón que -a punto de cumplirse 5 años de su pérdida- continua haciéndose presente para seguir con la chufla que siempre nos traíamos. Probablemente sea un mecanismo de defensa para no sentir tanto su ausencia, para no echarle tanto de menos, para mantenerlo vivo en mi corazón.      

4 comentarios:

  1. Vaya Fernando! Me he enredado dulcemente en ese recuerdo tuyo. Hermosa, muy hermosa la memoria que nos traes, hermosa y ancestralmente humana. Gracias...

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    1. Gracias Manel! Me encanta que te haya enredado este recuerdo, y me sigue fascinando que, cuanto más personales son las entradas, haya más gente que se enganche en ellas. Debe ser que, igual que el pijama y la magdalena, las emociones de los otros nos sirven para revivir las nuestras propias. Que bueno compartir, también, las emociones! Un abrazo

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  2. Cuando una moto me arrancó a mi gran amiga busqué, como tantas veces, consuelo en las palabras. Y, así, me encontró esta frase: "Recordar es una manera de parar el tiempo".
    No estoy de acuerdo. Para mí, recordar es una manera de revivir.
    Y la recuerdo cada día. Y revivo cada charla, cada broma, cada confidencia, su risa, las lágrimas, su coraje, su lucha diaria, sus consejos, su forma de andar, casi corriendo, su ejemplo, su olor, ...
    Era mi abuela. Y la siento en mi sangre. Y siento su esencia en mí. Y la recuerdo hoy con esa dulce ternura en la que torna el dolor, con el tiempo, para no olvidar quién fui, a su lado, y quién quiero ser para que se sienta orgullosa.
    Era una magnífica costurera, entre otras muchas cosas. Nos hacía la ropa. Y esa ropa llevaba su olor. Ponértela era como si te abrazase ...

    ¡Qué fortuna la nuestra, Fernando, haber compartido con personas de este calibre!

    Tú no necesitas el pijama. Y yo no necesito su máquina de coser. Pero la acaricio, de vez en cuando, como tú. Incluso la pongo en marcha para escuchar su traqueteo ... :)
    Es nuestra manera, supongo, de acariciarles a ellos. Y es bonito.

    Gracias por recordar en voz alta.

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    1. Marta, una vez más gracias por compartir tus propias emociones e historias, y por convertir este rincón en un diálogo donde intercambiamos experiencias. Me siento muy afortunado por contar con tus visitas y con tus aportes, que sin duda enriquecen este blog.
      Gracias

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