sábado, 6 de abril de 2013

Dos fábulas para cambiar de era

Ultimamente, cuando intento compartir con los grupos con los que trabajo algunas ideas sobre cómo abordar el cambio de era al que estamos asistiendo, recurro a dos fábulas que me ayudan en la comunicación.
Y es que las metáforas -que no son otra cosa- resultan una herramienta idónea para compartir ideas complejas, porque son abiertas, permiten la libre interpretación de cada persona, la proyección de sus propios imaginarios, y facilitan la comprensión de la idea, su apropiación.
Esta es la razón por la que los cuentos han sido un vehículo milenario de conocimiento y aprendizaje, desde que los primeros grupos de homo sapiens inventaron el lenguaje para comunicarse y se reunían en torno al fuego a narrar historias.
Del mismo modo, también hoy necesitamos relatos que nos ayuden a entender la extrema complejidad del tiempo presente y los cuentos vienen otra vez en nuestra ayuda, aunque ahora los compartamos en torno a los modernos fuegos donde se reunen las nuevas tribus que son las redes sociales (tal y como yo lo intento ahora, mientras me estás leyendo).
Pues bien, la primera de las fábulas es la del nadador, o la nadadora, que se tira al agua, abandonando la orilla conocida, y bracea en mitad de la corriente del río, sin poder volver atrás, sin saber cuanto falta por llegar al otro lado ni qué le espera en la otra orilla.
Así imagino yo nuestra situación en medio de las profundas transformaciones sociales que estamos viviendo, sin posibilidad de regreso a un pasado conocido y sin vislumbrar aún los perfiles del futuro que nos aguarda, braceando en la incertidumbre.
Si el nadador o la nadadora se deja llevar por la impaciencia pueden agotarse, y si se deja arrastrar por el miedo, este puede convertirse en pánico, paralizarle e impedirle avanzar. Lo más probable es que se ahogue. Necesariamente ha de confiar en sus fuerzas, avanzar a su ritmo y aprovechar la fuerza de la corriente para alcanzar con éxito la otra orilla.  
La segunda de las metáforas, que complementa la anterior, es la del explorador (o la exploradora).
Somos como uno de aquellos exploradores míticos del siglo XIX, un Livingstone o una Mary Kingsley cualquiera, que avanzamos por la selva intrincada sin mapa que nos permita adivinar el camino a seguir, descubriendo el paisaje a golpe de machete, paso a paso, respondiendo a los retos que se nos plantean -un río que vadear, el ataque de una fiera, una siniestra sima...- conforme van surgiendo.
De esa forma imagino que nos toca avanzar hacia el futuro: sin mapas, sin referencias, "haciendo camino al andar" que decía Antonio Machado.
Si nuestro ánimo es temeroso, si tan solo vemos en el horizonte sombras y amenazas, eso nos hará más vulnerables y nuestra marcha será doblemente lenta y difícil. Pero también podemos abordar el camino como una apasionante aventura, con la pasión de descubrir nuevos paisajes, de superar nuevos retos, de aprender nuevas habilidades y destrezas que nos transformen en personas mejores al alcanzar la meta, sea cual sea ésta.
No sabemos como será el mundo que nos aguarda y, probablemente, no será fácil llegar hasta allí, pero tenemos la oportunidad de avanzar hacia el futuro con ilusión y con curiosidad, aprendiendo y disfrutando del camino. Que el viejo y sabio Mercurio, el dios de los caminantes, nos acompañe en el viaje.

4 comentarios:

  1. ¡Que buenas imágenes!
    Si el nadador deja de nadar, se hunde en el agua o le arrastra la corriente. Tampoco puede bracear a lo loco, sin guardar sus fuerzas, porque no sabe lo que durará la travesía.
    Y el explorador ha de estar atento a todo cuanto ocurre a su alrededor, a todas las señales, a todas la oportunidades, y estar dispuesto a volver atrás cuando sea necesario para intentar nuevos caminos.
    Son imágenes muy sugerentes, hilos de los que podemos tirar para llegar a muchas buenas conclusiones.
    ¡Gracias!

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    1. Hola Ana!!
      Gracias por tu comentario.
      Me encanta que hagas tuyas las fábulas y tires del hilo con aportaciones tan interesantes.
      Un abrazo

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  2. Los que me conocen saben bien de mi pasión por cuentos, fábulas, relatos, historias, ... La niña que soy quiere seguir siendo y se siente regalada cuando alguien le relata. Así que gracias, Fernando, por tu regalo. Permíteme que te cuente, yo también:

    Hace unos años me tocó impartir mates a un grupo de 1º de la E.S.O. Me dejaron impactada el primer día, con sus palabras. "Es que yo no puedo con las mates", "Siempre las suspendo" o "Yo no valgo para los números, se me dan mal" eran algunas de las frases. Me sorprendió el poso de rendición con el que las formulaban y salí del aula con el ánimo tocado, pero con la intención de cambiar eso. No sólo hacia la asignatura, sino hacia la vida!
    Al día siguiente, les hablé de mi primer "penco". Fue en mate y tenía su edad. Abrieron los ojos como platos y supongo que pensaron cómo era posible que yo, con ese historial, fuese su "profa" de matemáticas ... Aguanté sus miradas y, sin decir nada más, les repartí este cuento:

    "Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales…. Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
    Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado uno centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
    El misterio sigue pareciéndome evidente.
    ¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?
    Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
    Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿Por qué lo encadenan?”.
    No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
    Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
    El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
    Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
    Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro…..Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
    Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
    Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
    Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
    Jamás, jamás intento volver a poner a prueba su fuerza…."

    "El elefante encadenado" de Jorge Bucay.

    Muchos de aquellos chicos pelean ahora con su acné y otras muchas cosas en Bachiller. Nos cruzamos por los pasillos o en la calle o compartimos mediateka y nos seguimos preguntando por nuestra estacas y nuestras cadenas. Y digo "nos". Y digo bien. Porque aquel día aprendimos todos de aquel pequeño elefante.

    Imagino que ya lo conocías. Aún así, quería contarte ... Porque lo que quiero es pensar en un mundo en el que todos los niños, pequeños y grandes, cuenten con alguien que les cuente! :)



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    1. Gracias, otra vez y otra más, por la historia que nos regalas, Marta!!
      Es fantástica, llena de sabiduría.
      Desde hace muchos años los he utilizado en el trabajo con grupos, y siempre llevo encima algún libro de cuentos, de la tradición sufí, koanes del zen, de las tribus indígenas americanas o de cualquier otra cultura, porque los cuentos han estado presentes en todas las culturas.
      Creo que, más allá de la revolución tecnológica, del cambio de lenguajes y de herramientas, seguimos compartiendo historias y esa es nuestra forma básica de compartir conocimientos.
      Así que es un valor seguro, el de los cuentos, que nos sigue inspirando y acercando a otras personas.
      Me encanta que también coincidamos en el gusto por los cuentos.
      Un fuerte abrazo, Marta!

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