miércoles, 26 de junio de 2013

El chocolate del loro

Hace algunos meses, la activista Susan George nos ponía en guardia: "ensayan con los españoles para ver cuanto aguantan." Al parecer, somos un laboratorio de experimentación donde se comprueba la capacidad de resistencia de un pueblo al que se le recortan los derechos y los recursos públicos, empobreciendo su nivel y su calidad de vida.
¿Hasta donde resistiremos? ¿Ocurrirá como en el chiste del burro que murió cuando estaba a punto de acostumbrarse a vivir sin comer?
Ya sabíamos de la habilidad del neoliberalismo a la hora de imponer sus "ajustes" utilizando para ello el miedo. Naomi Klein nos lo explicaba en "la doctrina del shock" que puede resumirse, de forma vulgar y grosera, con la frase: "acojona suficientemente al personal y conseguirás que acepte comerse su propia mierda".
Uno de los instrumentos básicos de esta estrategia pasa por la dominación ideológica, por la imposición del pensamiento único, que consiste en que todo el mundo piense de la misma manera, o mejor aún, que nadie piense por cuenta propia.
Así, se logra que quienes viven en la precariedad o la miseria, pierden sus empleos, pierden derechos en relación a la salud, la educación o la vivienda... hagan suyas las formas de pensar de quienes viven en el privilegio, en la acumulación de riqueza y de poder: pobres que piensan como los ricos que les explotan.
Por supuesto, es fundamental contar con la complicidad de los medios de comunicación, especialmente de la televisión, para que repitan machaconamente los mismos mantras: "esto es lo que hay", "no hay alternativa"...
Cualquiera que se resista a esta estrategia, cualquiera que oponga un pensamiento crítico, reclame sus derechos, manifieste su indignación o se resista a los recortes, será rápidamente descalificado como antisistema, radical, demagogo, terrorista, nazi... cualquier etiqueta que sirva para desacreditar al disidente.
Una de las expresiones de esta guerra ideológica es la maniobra de enfrentar entre si a los pobres. Se trata de convencernos, por ejemplo, de que quienes nos quitan el trabajo o ponen en peligro el sistema de salud son los inmigrantes. O hacernos creer que la corrupción y la economía sumergida están entre los fontaneros que no cobran el IVA o quienes reciben un subsidio agrario que no les corresponde. Así, mientras disputamos entre los de abajo, no miramos hacia arriba, hacia quienes reciben subvenciones millonarias para salvar los bancos o las grandes empresas y ocultan al fisco cuentas millonarias en paraísos fiscales, a costa del hundimiento de los servicios básicos.
Traigo a colación estas cuestiones porque creo que nos encontramos ante un "ejemplo de libro" de lo que llamo "el chocolate del loro".
El ministro de educación y cultura, Jose Ignacio Wert, es un reconocido ideólogo neocon y un provocador,  de lo que ha dado abundantes pruebas prestando valiosos servicios al gobierno al desviar la atención pública de los recortes gubernamentales.
El ejemplo más reciente es la "contrareforma educativa" que ha preparado, repleta de medidas como la degradación de la educación pública para financiar la educación privada, la recuperación de la asignatura de religión católica en las escuelas, el recorte de las becas... Cuestiones todas ellas polémicas que suponen un auténtico cambio de modelo educativo y que parecen haber pasado a un segundo plano porque la opinión pública se encuentra entrampada en un debate sobre la "nota media" para el acceso a las becas que el ministro pretende se incremente hasta el 6,5, en nombre de la "excelencia" y la "cultura del esfuerzo".
Los medios de comunicación han salido en su defensa, apelando incluso a argumentos insólitos como que hay alumnas que han aprovechado las "becas para ponerse las tetas".
Pero lo grave, en mi opinión, no es tanto que el ministro, el gobierno y la derecha piensen así -mientras practican o toleran la cultura del pelotazo, el sobresueldo, la corrupción...- sino que hay muchos ciudadanos y ciudadanas de a pie que les seguimos el juego.
Esta mañana escuchaba un coloquio en la radio en el que un joven trabajador acusaba a los estudiantes becados de "pegarse la vidorra" con sus impuestos mientras él tiene que trabajar 9 horas todos los días por una miseria de sueldo (y eso que tiene suerte de tener trabajo). Y veo en las redes sociales muchos debates en los que el personal discute si es justo o no que se otorguen becas a quienes no demuestran esfuerzo por estudiar.
Pobres contra pobres, discutiendo por el chocolate del loro.

2 comentarios:

  1. Hay que ser un pobre muy pobre y un autentico necesitado para votar a quien te desprecia [y lo digo con todo cariño porque la alternativa es ser tonto]

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    1. Pues si, Manel, pero es una situación demasiado común como para no hacerse preguntas sobre ella. Creo que este es uno de los grandes triunfos del sistema: el ideológico, el pensamiento único, hacernos pensar como los poderosos, hacer nuestros sus mismos valores... aquellos que mantienen a los más vulnerables en la exclusión y a la mayoría en la precariedad.
      Y creo que eso nos señala una primera tarea en la tarea de la transformación social: cambiar las percepciones, los valores, las conciencias, reivindicar el pensamiento crítico, desvelar las maniobras de quienes nos quieren sometidos.
      Un abrazo

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