sábado, 6 de julio de 2013

Por la mañana temprano...

Se despierta y se sienta en la cama con el cebollón que le produce la medicina para la alergia que toma al acostarse.
Se debate entre el sueño y la vigilia, con la tentación de dejarse caer de nuevo sobre la almohada.
Se incorpora y camina arrastrando los pies hasta el baño.
Allí se sienta a dormitar otro ratito, mientras vacía la vejiga.
Luego, haciendo un esfuerzo, se acerca hasta el lavabo y se moja con agua fría la cabeza y la cara para espabilarse un poco.
Vuelve al cuarto y, con cuidado de no despertar a la mujer que duerme, se pone el bañador y la camiseta. Coge la bolsa con la toalla, preparada desde anoche, y sale silencioso por la puerta.
En el ascensor se ve reflejado en el espejo: los ojos hinchados, la cara abotargada por el sueño. Bosteza.
Sale a la calle y camina hasta la rampa que baja a la playa, mientras ve al fondo el Campo del Sur y el Castillo de San Sebastián, iluminados por los primeros rayos del sol que se va levantando desde Medina Sidonia.
La playa está solitaria y en sombra. Ya han pasado los hombres que la limpian de las huellas de ayer, tan solo queda el que barre cansino la arena de la rampa y las duchas.
Deja, como siempre, la bolsa sobre la Piedra Barco y busca en la arena una zona lisa y firme donde hacer los ejercicios.
Empieza a calentar el cuerpo con la rutina de siempre: abre las articulaciones, mueve el cuello, los hombros, la cintura, las rodillas, haciendo estiramientos...
Ahora, saluda con la mano a Juanjosé, que fue futbolista del Cádiz y el Real Madrid, y va y viene todas las mañanas, de una punta a otra de la playa, caminando ligero.
Vuelve su atención a la respiración y al movimiento.
Con el cuerpo ya despierto, se coloca en la postura del "vacío": inmóvil, con los ojos cerrados, las piernas y los brazos ligeramente abiertos, las palmas de las manos mirando hacia la arena. Respirando tranquilo. Abriendo los oídos a los sonidos del mar. Haciéndose consciente del aquí y el ahora.
Y entonces, después de unos pocos minutos, cuando ya ha encontrado el estado de ánimo propicio, realiza una serie de ejercicios de chi kun, las "8 piezas del bordado", que aprendió hace años en los montes de Navarra y le han acompañado desde entonces.
Conoce bien los movimientos, las posturas, no tiene que pensar en ellas. Puede centrar la atención en la respiración, en la armonía y la lentitud de los movimientos.
De vez en cuando, pasa cerca un corredor mañanero o una pareja de mujeres mayores que caminan por la orilla, pero apenas los siente, atento a sus sensaciones interiores.
Al cabo del tiempo, que pasa ligero, sin sentir, completa la serie de ejercicios y vuelve a la postura del vacío durante unos minutos más, repasando las sensaciones, el calor de los músculos, el fluir de la sangre por todo el cuerpo, la brisa que acaricia su piel...
Entonces se quita la camiseta y la guarda en la bolsa.
Camina hasta la orilla, allí donde los primeros rayos de sol tocan el agua, y va entrando lentamente, dejando que el cuerpo se acostumbre poco a poco.
Luego se zambulle y nada despacio.
Es como si regresara al origen, como si se fundiera con el mar del que todos nacimos un día.
Y goza.

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