domingo, 1 de septiembre de 2013

Atardeceres y libros

Con razón dice Antonio Rodríguez de las Heras que las vacaciones son, sobre todo, "tiempo".
Tiempo que parece estirarse para "dar tiempo" a todo.
Tiempo para caminar, para viajar, para nadar, para leer, para ver películas, para charlar, para cantar, para observar, para escuchar, para contemplar, para soñar, para dormir, para disfrutar de la amistad, para amar, para aprender, para reir, para comer, para beber, para vagar, para vaguear...
En estas vacaciones que terminan hoy, he vuelto a experimentar esa sensación del tiempo que se alarga, cada día y día tras día. Y, sin embargo, aunque pareciera que hubieran durado mucho, uno no quiere que se acaben nunca las vacaciones.
El cuerpo y el alma se acostumbran a esa relación despreocupada con el tiempo, sin urgencias, sin prisas, sin límites, y resulta muy duro regresar a las rutinas, a los horarios, a las obligaciones.
Rescato, de entre todas las vivencias de este tiempo elástico, dos que regresan -con placer- una y otra vez a mi vida.
Una son los atardeceres, el momento -del que traigo aquí dos ejemplos/imágenes recientes- en que el sol se oculta al final del día.
Me parece una hora mágica, de silencio e introspección, que activa en cada cual la memoria ancestral, la de millones de personas preguntándose -desde los inicios de la historia humana- por el misterio de ese ocaso, en la incertidumbre de un nuevo amanecer.
No sorprende que las culturas primigénias adoraran al sol y le hicieran sacrificios.
Soy incapaz de ignorar un atardecer. Cuando llega esa hora, dejo lo que estoy haciendo y contemplo el gran espectáculo.
Tengo el privilegio de que mi habitación está orientada hacia el oeste, y desde ella -sentado en la cama- se domina el paisaje que encabeza este texto. Pero todos los atardeceres me parecen hermosos y nostálgicos.
La metáfora perfecta del tiempo que pasa... y regresa.
La segunda vivencia son los libros, la lectura.
Soy un lector voraz, a falta de otros vicios mayores. Siempre tengo un libro o dos en mi mesilla de noche o en la bolsa de viaje. Antes los compraba, ahora hago uso de las bibliotecas públicas porque en mi casa ya no caben tantos libros, porque la economía no me permite otra cosa y porque me complace apoyar esos espacios públicos para la cultura en trance de extinción. Todavía no he llegado al libro electrónico.
Pero, en vacaciones, el hábito se convierte en adicción y la madrugada me sorprende leyendo y las siestas se alargan en una vigilia lectora.
Este mes he leído un puñado de novelas: "La canción del jardinero" -protagonizada por una detective india en Bombay- escrita por Kalpana Swaminathan, "El poder del perro" y "Salvajes", de Don Winslow, fascinantes y estremecedoras en su violencia, "El eco negro" y "La caja negra", de Michael Connelly, un maestro del género "negro", por supuesto, "El accionista mayoritario", una de las pocas que me faltaban de Petros Markaris... Y he releido "Asesinato en Prado del Rey", de Manuel Vazquez Montalbán, al que estoy revisitando -con placer- al cabo del tiempo, y "La transmigración de Timothy Archer", la última novela del siempre inquietante Philip K. Dick.
Y para "desengrasar" de tanta novela policiáca, las he combinado con dos lecturas diferentes: "Sintiendo la paz. El arte de vivir conscientemente", de Tich Nath Hanh, un maestro zen vietnamita, y "En el combate por la historia. La república, la guerra civil, el franquismo", de varios autores, editado por Angel Viñas, que me ha llevado a repasar esa época de nuestra historia que sigue tan presente.
Los libros son un vehículo fascinante para visitar otros lugares y otras épocas, conocer otras experiencias, otras miradas... Son -especialmente en vacaciones- otra forma de estirar el espacio y el tiempo.


1 comentario:

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