sábado, 28 de diciembre de 2013

Dejen salir antes de entrar

Como se va haciendo costumbre, venimos a Madrid a pasar estas fiestas del solsticio de invierno.
Es la ocasión para encontrarnos -a comer y beber- con la familia y con muchos amigos que aquí viven.
También es una oportunidad de reencontrarme con la ciudad en la que nací y en la que viví tantos años, para observar los cambios que van produciéndose en ella.
Siempre he dicho -cosechando pocas simpatías entre mis amigos y amigas más forofos del "Foro"- que Madrid es una ciudad incómoda. Y no solo por las distancias, sino sobre todo por las multitudes, por la cantidad de gente que hay, vayas donde vayas (y no te digo nada en estas fechas señaladas).
Gente que suele ir deprisa y corriendo (vaya donde vaya), cada cual a su bola, sin prestar mucha atención al resto de las personas que, a fin de cuentas, se convierten en obstáculos de esa carrera hacia cualquier parte.
Estos días, viajando en el metro, he vuelto a ser testigo de los empujones para pillar un asiento y de las disputas que ello provoca.
Cuando yo era chico y esta era una ciudad provinciana que alguien definió como "un poblachón manchego", nuestros mayores nos enseñaban que en el metro o el tranvía -porque entonces había tranvías- era obligado ceder el asiento a las personas mayores y a las mujeres embarazadas.
Pero eso es impensable hoy en día y la gente viaja ensimismada en su teléfono, wasapeando o jugando al tetrix, sin levantar la cabeza.
Es solo un síntoma más, que sirve para dibujar la ciudad y a las gentes que la habitan: se pueden tener más y más cosas -autopistas, coches, centros comerciales, teatros musicales, cines y museos, etc.- pero todo eso no nos hace más amables ni más felices.
No es que esta realidad sea exclusiva de Madrid, es que esta ciudad, por sus dimensiones, amplifica y exagera los rasgos que definen nuestra sociedad y nuestro tiempo. Rasgos que, con toda seguridad, comparte con las demás grandes urbes que, en el modelo desarrollista que sufrimos, parecen condenadas a crecer y crecer hasta... ¿donde?
De nuevo en Madrid, en mitad de estas fiestas a mayor gloria del consumismo, vuelvo a pensar en la inevitabilidad y la necesidad del decrecimiento.

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