viernes, 20 de diciembre de 2013

El Séptimo de Caballería

Cuando era chico nos encantaban las "películas de indios" que, más que ver, bebíamos apasionadamente en las sesiones dobles de los "cines de pipas".
Los indios (apaches, sioux, comanches...) eran malos y crueles -se les veía en la cara, nada más aparecer en la pantalla-  y atacaban sin motivo los ranchos de los pobres colonos.
Luego, con los años, descubrimos que, en la realidad, aquellos "inocentes" vaqueros se apropiaban de las tierras de los indios y los masacraban a la mínima oportunidad.
Pero en aquella época que recuerdo aplaudíamos con entusiasmo cuando, al final de la película, los temibles indios con sus pinturas de guerra rodeaban la caravana de carretas que se dirigía al lejano Oeste y sus flechas llovían sobre aquellas bondadosas familias, y en el último momento llegaba al rescate el Séptimo de Caballería.
Era casi un lugar común de aquellas películas de serie B: cuanto más fea se ponía la cosa, más seguro era que se escucharía a lo lejos el toque de trompeta y aparecerían al galope los buenos para acabar con los malos.
Pienso ahora que esa parte de nuestra educación emocional nos hizo mucho daño, porque parece que estemos esperando la aparición del Séptimo de Caballería para acabar con tanto despropósito, tanto abuso, tanta injusticia como nos rodea.
De otra manera, no se explica la resignación, la sumisión incluso, con la que estamos soportando el expolio de derechos sociales, políticos, económicos... al que, con el pretexto de la crisis, nos está sometiendo la oligarquía económico-política (mientras llena sus bolsillos).
Nadie va a venir a salvarnos. Y, menos mal, porque los salvadores suelen convertirse en dictadores y el remedio acaba siendo peor que la enfermedad.
No, no llegará la caballería al rescate, y cuanto más la esperemos peor va a ponerse la cosa.
La única posibilidad de salir de este agujero en el que pretenden enterrarnos está en nuestras manos, depende de que nos organicemos para defendernos, de que nos neguemos al expolio y rompamos el cerco de la corrupción y el abuso.
Hemos de acabar con esa "ideología de la delegación" que deja las soluciones en manos de otros, y cultivar la cultura de la participación que nos convierte en protagonistas de la historia.
Claro que eso significa que el primer círculo a romper es el de nuestra propia "zona de confort" en la que nos sentimos tan agustito. No nos va a quedar otro remedio que levantar el culo del sillón, dejar un ratito el smartphone y el facebook, para salir a la calle, llenar las plazas de asambleas, unir nuestras manos y organizarnos para construir ese otro mundo posible que solo depende de nosotros y nosotras.

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