viernes, 2 de agosto de 2013

Instrucciones de uso

Despertarte a la hora que te lo pida el cuerpo y quedarte en la cama, remoloneando.
Levantarte -sin prisas- y echarte encima cualquier camiseta gastada y unas bermudas viejas.
Hacerte un desayuno de lujo, con su zumito, su fruta, sus tostadas con aceite, su te verde... y tomarlo -despacito- mientras pasan las nubes por la ventana.
Volverte a la cama, o al sillón, o a la sombra de un árbol... a seguir leyendo esa novela apasionante que te tuvo despierto hasta la madrugada.
Dejar que el sopor te gane la partida y echar una cabezadita a media mañana.
Bajarte a la playa, caminar por la orilla y darte un largo baño, jugando con las olas.
Hacer una suculenta comida: una rica ensalada de pasta con salmón, un cuscus con pollo, un arroz con chirlas... disfrutando de cocinar, mientras escuchas -y cantas- viejos boleros.
Comer con los amigos, con tu gente querida, mientras discurre -plácida- la conversación y corre -generoso- el vino.
Abandonarte de nuevo a la lectura -breve- y a la siesta... en el frescor de la alcoba oscurecida.
Despertar y hacerte un te, tomártelo -pausadamente- sentado a la fresca, en el patio.
Caminar -cuando baje la flama- por el campo, sin rumbo, dejándote tentar por los senderos que se abren al borde del camino.
Contemplar -en silencio- como cae la tarde, llega la noche y el cielo se llena de estrellas.
Volver al vino y los amigos, contar muchos chistes, compartir muchas risas.
Jugar una partida de cartas, perderla y que no te importe.
Regresar a la lectura -con fondo de música de jazz- hasta que el cuerpo aguante o se descubra al asesino.
Dejar que el sueño avance ocupando -poco a poco- distintos territorios de tu cuerpo. Abandonarte a él.
Ah!... y aliñarlo todo con muchos abrazos y besos, con cientos de caricias y ternuras, que calienten tu corazón y provoquen -permanentemente- tu sonrisa.