domingo, 12 de octubre de 2014

La Caspa

El término "casta", popularizado por Pablo Iglesias y las gentes de Podemos, ha sido ampliamente adoptado por una ciudadanía indignada que necesitaba palabras -nuevas y viejas- para nombrar a quienes han hecho tanto por la crisis, por la escasez y la precariedad de la mayoría social.
El término designa a ese sector político-económico (con puertas giratorias) que disfruta de privilegios, prebendas e impunidad, que vive -por encima de nuestras posibilidades- del presupuesto público, disponiendo de él como si fuera suyo, que se llena la boca con la democracia y la constitución, saltándoselas a la torera cuando les peta.
Gentes que han creido que estaban por encima del bien y del mal, que podían hacer lo que les diera la gana sin rendir cuentas a nadie.
Y, ya digo, el término ha tenido mucho éxito, a juzgar por el cabreo que les entra, a la casta y la caverna mediática, que pierden los papeles cada vez que se les mienta.
Pero a nuestra casta no la define solamente la mamandurria y la impunidad, la corrupción y la corruptela, también la caracteriza la prepotencia, y la chulería.
Además de chupar del bote y no resolver los problemas y necesidades de la gente que paga sus sueldos, no tienen un ápice de vergüenza ni propósito de la enmienda, por el contrario sacan pecho y, cuando se les recrimina su sinvergonzonería o su ineficacia, dicen aquello de "usted no sabe con quien está hablando".
Los ejemplos son abundantes, y estos días, con la llamada "crisis del ébola" y el escándalo de las tarjetas "black" de Caja Madrid, saturan los canales informativos, parecen ocupar todo el escenario.
Ahí están el consejero de sanidad "bien comido" que culpa a la víctima, o los consejeros de la caja que nunca preguntaron de donde salía el dinero "de libre disposición".
Por eso, creo que a nuestra "casta" le sobra "caspa".
Es una casta cutre, mediocre, chulesca, cateta, grasienta y casposa.
No llegan siquiera a la altura de la "cosa nostra", se quedan en pandilla de mangantes.
Da vergüenza ajena.

viernes, 3 de octubre de 2014

Carta abierta a mis amigos y amigas "progresistas"

Queridas amigas y amigos:

En el pasado nos hemos encontrado muchas veces -en las redes, en los bares, en las manifestaciones callejeras...- quejándonos de la corrupción, de los recortes, de una democracia vacía y formal, de una burocracia ineficaz e ineficiente, de un sistema de reparto de la riqueza y el poder injusto, que beneficia a unas pocas personas y perjudica a la mayoría, quejándonos de la pasividad de una ciudadanía conformista...
Pero los tiempos están cambiando.
Como dice Ada Colau, en nuestros pueblos y ciudades se está produciendo una "revolución democrática".
En muchos lugares de toda España está ocurriendo un fenómeno parecido: personas muy diversas, unas militando en partidos otras no, unas participando en asociaciones y colectivo sociales otras no, hombres y mujeres, de todas las condiciones, de todas las edades, están descubriendo el poder de la unidad, tomando conciencia de que para cambiar esta realidad -en beneficio de la mayoría social- no hay otro camino que no sea trabajar juntas, sumar fuerzas. Y hacerlo con otros valores y maneras distintos a los del pasado: desde el respeto mutuo, la cooperación, el diálogo, la horizontalidad, la participación...
Esta revolución -como todas- no será fácil, exigirá constancia, paciencia, desaprendizajes y nuevos aprendizajes, tolerancia, esfuerzo, compromiso, entusiasmo, avances y retrocesos, no ceder al desánimo... pero es la oportunidad más clara, desde hace mucho tiempo, para cambiar las cosas y empezar a construir entre todas y todos un mundo nuevo, empezando por nuestra propia ciudad.
Así que, nos toca levantarnos del sofá, abandonar nuestra comodidad, nuestros pretextos, nuestras coartadas, y ponernos a trabajar, haciendo un esfuerzo, hombro con hombro, con todas las personas que quieren cambiar la realidad.
Hemos de trabajar en las redes sociales si, pero también en las calles, y en las reuniones y las asambleas.
No hay disculpas. Si en este momento no nos mojamos, asumiendo nuestros defectos, nuestros errores, nuestras contradicciones, pero mojándonos hasta empaparnos, nunca más podremos volver a quejarnos.
Tendremos lo que nos merecemos.
Recibid todo mi cariño.